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ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ: LA VOZ DE LA EXQUISITEZ VERBAL


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.”
Enrique González Martínez

 

Uno de los poemas de los Senderos ocultos (1911) el famoso soneto “Tuércele el cuello al cisne”, indica cómo en la escala de valores del poeta mexicano se invertía la dirección de su exquisitez: no ya hacia el cisne de engañoso plumaje “que da su nota blanca al azul de la fuente, / él pasea su gracia no más, pero no siente / el alma de las cosas ni la voz del paisaje “, sino hacia el sapiente buho “él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta / pupila que se clava en la sombra interpreta / el misterioso libro del silencio nocturno”. Algunos críticos observaron en este soneto ciertas intenciones de manifiesto estético.

Enrique González Martínez nace en Guadalajara, Jalisco, el 13 de abril de 1871 y muere en la ciudad de México el 19 de febrero de 1952. Realiza sus primeros estudios en su ciudad natal en la escuela de su padre. En 1886 ingresa en la Escuela de Medicina donde recibió el título de médico en 1893. Comienza a escribir desde muy joven y publica su primer libro de versos Preludio en 1903. Seis años más tarde ingresa en la Academia Mexicana de la Lengua y en el Ateneo de la Juventud, del que ocupó la presidencia. En Mocorito dirigió la revista literaria Arte. En 1911 se radica en México, donde funda la revista literaria Argos (1912) y más tarde Pegaso. Desempeña varios altos cargos administrativos, subsecretario de Instrucción Pública y Bellas Artes y secretario del Gobierno de Puebla. En 1920 ocupa varios puestos diplomático en Chile, Argentina, España y Portugal A su regreso a México ingresa en el Seminario de Cultura Mexicana y fue miembro fundador de El Colegio Nacional. Fue propuesto para el premio Nobel y presidió la Comisión organizadora del Congreso Continental Americano de Paz.

Por la edad Enrique González Martínez pertenecía al grupo de poetas mexicanos formado por Nervo, Urbina y Tablada; o fuera de México al de Lugones, Valencia y Jaimes Freyre, sin embargo, es a partir de 1910 cuando González Martínez logra sus mejores libros y se convierte en uno de los dioses mayores de los cenáculos. Como Lugones, fue admirado y seguido aun por los jóvenes que, que poco después de 1920, aparecieron rompiendo con los modernistas. Sus dos primeros libros – Preludios (1903), Lirismos (1909)-, eran ya nobles, serios, sinceros. Aunque el autor, retirado en su rincón provinciano, desconfiaba de la secta “modernista” que reinaba en la ciudad de México –y, en efecto, no fue sectario de nadie ni siquiera de Rubén Darío-, sus versos respondían, como los de todos los poetas de su generación, al deseo ¡tan “modernista”! de castigar las formas hasta someterlas a los modelos artísticos que los parnasianos franceses recomendaban. Pero fue en los dos libros siguientes – Silenter (1909) y Senderos ocultos (1911)- donde González Martínez admiró a todos. Otras títulos relevantes son: La muerte del cisne (1915), La hora inútil (1916), El libro de la fuerza , de la bondad y del ensueño (1917), Parábolas (1918), La palabra del viento (1921), El romero alucinado (1925), Poemas truncos (1935), Ausencia y canto (1937), El diluvio de fuego (1938) y El nuevo Narciso y otros poemas (1952).

Poesía lírica, personal, pero el poeta no nos canta los accidentes exteriores de su vida cotidiana, sino una autobiografía decantada, hecha puro espíritu, con la esencia de sus emociones y pensamientos. A fuerza de tanto contemplar y de tanto meterse dentro de sí para meditar en lo que se ha contemplado, se acaba de tener envidia no ya de la música sino al silencio; solo la poesía, que es delicado cuerpo de sonidos, no puede ser silenciosa; entonces González Martínez se vuelve hacia esa porción de la poesía que está casi pegada al silencio: la exquisitez verbal.

No la exquisitez, estetizante, extravertida, ornamental, sino la del recogimiento. “que todo deje en ti como una huella / misteriosa grabada intensamente... “; “que no sé yo si me difundo en todo / o todo me penetra y va conmigo”.

En sus memorias –publicadas con los títulos de El hombre del buho y La apacible locura- González Martínez aclaró que no reaccionó contra Rubén Darío, sino contra ciertos tópicos “modernistas” usados por imitadores de Rubén Darío.

En sus libros no hay saltos sobre el vacío de una estética a otra, sino ascensión por dentro de su modo de ser hacia un arte cada vez más preocupado por los problemas últimos. La desesperanza, el sollozo, la duda y la sonrisa, el angustioso sentimiento de la vida, de la muerte y del tiempo, se depuran en una admirable serenidad. Y como dijo el poeta mexicano. “Sólo tres cosas tenía / para su viaje el Romero: / los ojos abiertos a la lejanía, / atento el oído y el paso ligero”.

 


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