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ANTONIO ESPINA: LA VOZ DEL ARTE LITERARIO

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“El sol es perseguido de cerca por el horizonte.
Envíen Guardia Civil.
Ya casi no queda tarde.”
Antonio Espina

 

Algunos críticos sitúan a Espina, poeta genial, novelista y estupendo ensayista y biógrafo, en la línea que une a Quevedo, Larra y Unamuno. Como ellos, Espina reacciona con indignación ante el medio que le rodea; pero cada uno viste su exasperación con el traje de su tiempo, y a Espina le correspondió una indumentaria cosmopolita. La obra de Espina es una amarga crítica del mundo absurdo, frívolo y sin valores, de la sociedad europea tras la primera gran guerra. El estilo de fuerte raigambre conceptista revela claramente la carga crítica que subyace en unas divagaciones hechas al hilo del ramoniano “nada importa nada”.

Antonio Espina nació en Madrid en 1894. Abandonó la carrera de Medicina para dedicarse al la literatura y al periodismo. Ha sido redactor de los siguientes diarios de Madrid: Vida Nueva, Heraldo de Madrid, El Sol, Crisol y Luz. Colaboró en otros muchos de España y extranjero y varias revistas, entre ellas las siguientes: La Pluma, España, Revista de Occidente y La Gaceta Literaria. El 30 de enero de 1930, el mismo día en que caía la Dictadura de Primo Rivera, aparecía dirigida por Antonio Espina, José Díaz Fernández y Adolfo Salazar, la revista Nueva España. La revista tenía la intencionalidad de cubrir “todo el ala ideológica de las izquierdas” y de mantener una línea de periodismo polémico. Más tarde se incorporó a la dirección Joaquín Arderius. En un principio Nueva España tuvo una periodicidad quincenal; al partir del número catorce, hasta su desaparición, se convirtió en semanario. Entre los colaboradores pueden destacarse: Maria Zambrano, Azorín, Miguel Angel Asturias, Mauricio Bacarisse, Corpus Barga, Juan Gil-Albert, Benjamín Jarnés, Ramón J. Sender y César Vallejo. Durante aquellos años, es cierto que Antonio Espina bulló mucho y militó valientemente y en vanguardia en el arte nuevo.

Excluido caprichosamente, como tantos otros, de la llamada generación del 27 (denominación que quedaba desacertada), Antonio Espina, según Juan Ramón Jiménez, "genial, pero desaprensivo, irónico, quedó solo, asilado, satírico". Escritor independiente, se relaciona, por su independencia misma, con autores como Mauricio Bacarisse y Juan José Domenchina, cercanos a veces al ultraísmo, al creacionismo y al surrealismo, sin que se adhieran plenamente a ninguna de estas escuelas. Los poemas de Espina están escritos con levedad y gracia juguetona, próxima a la desplegada por José Moreno Villa y por Ramón Gómez de la Serna con quien le unieron muchos lazos de afinidad.

El arte de Espina pasa de los versos de su Signario y Umbrales , a las prosas de su Pájaro Pinto, Luna de copas, Luis Candelas, el bandido de Madrid, Romea, el comediante, Ganivet: el hombre y la obra, entre otros libros.

En 1935 fue procesado por publicar, en El Liberal de Bilbao, “El caso Hitler”. Partidario de la implicación del escritor en la política, Antonio Espina militó en el partido de Azaña, "Izquierda Republicana". Fue gobernador civil de Ávila y más tarde de Baleares, ya en los comienzos de 1936. Al terminar la guerra fue condenado a muerte, pero luego le fue conmutada la pena. Inicia así una dolorida y silenciosa posguerra, que termina con un exilio en México.

Vuelto a España, en 1960, vive un particular exilio interior, con algunas colaboraciones en ABC , que firma con el seudónimo de “Simón de Atocha” y en las páginas de la Revista de Occidente, en su segunda época. En estos años reedita El alma Garibay (1964) y El genio cómico y otros ensayos (1965), ambas en Chile y recopilación, ambas, de viejos artículos y pomas. Publicó una historia de la prensa española El cuarto poder, llena de sabrosas reflexiones y cargada de intención política. Solitario, se le veía en alguna tertulia del Café León y a veces en compañía de Francisco Ayala y José Bergamín. Antonio Espina muere en Madrid el 12 de febrero de 1972.

El verso de Antonio Espina admira y asombra por la realidad de su presencia viva –y muerta-; presencia y ausencia corporal. Espina, depura, ciñe los objetos que mira –las imágenes de su pensamiento- apretando su contorno finamente hasta reducirlo a la expresión estricta, precisa, justa , voluptuosamente torturada y definitivamente desnuda –cabal-. Se ha dicho que el verso de Antonio Espina tiene ritmo de chotis: y se ha añadido –por Marichalar- de “chotis encima de un ladrillo”; exacto: la máxima voluptuosidad de la precisión.

Antonio Espina tiene la gran dicha –para él- desdicha para muchos de ser genial; auténtico, espontáneo, inmediato. Y luego: el escribir, el escribir por escribir: el arte literario. Y además –todavía además- el tener talento. Por que si Antonio Espina es un escritor genial, esto no quiere decir que no tenga talento. “Hace falta mucho talento –escribía Gide- para hacerse perdonar aunque sólo sea un poco de genio”. Efectivamente Antonio Espina tiene talento, tiene el talento de ser genial; caso rarísimo, singular en literatura. El talento literario de Espina es dejar pasar todas las espontaneidades geniales de su invención poética; invención verbal absoluta, en prosa y verso, que da al arte de Espina ese sabor de autenticidad, de creación inmediata, de pura poesía.

En el arte de Espina –arte literario, arte de la prosa y el verso- se incorpora la forma de lo imaginado a la expresión verbal, se hace un solo cuerpo con ella de tal modo que se nos ofrece desnudo, simplemente, su arte como un puro y limpio juego –forma- verbal.

El arte literario de Espina es de una finísima piel. El artista se inhibe, escapa, desaparece, para que el arte y sólo el arte –su arte- quede. Y es que, como dijo genialmente nuestro poeta: “El que ama la paradoja, en ella se queda.”

 


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