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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LOS ESTEREOTIPOS EN LA POLITICA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Sólo ama realidades esta gente española;
Sancho Panza medita tumbado a la bartola.
Aquí si alguno sueña, consulta a la baraja,
tienta la lotería, espera y no trabaja.”
Ramón del Valle-Inclán

 

Un gran historiador ha dicho que los visigodos no eran españoles, dado que fueron capaces de llamar tirano a Hermenegildo, a diferencia de Felipe II, quien respondiendo al carácter religioso español, lo hizo canonizar. Es completamente ilegítimo decretar que algo es español o no español, en relación a una idea, a un modo de vida, a una persona, etc., porque se atenga o no a un paradigma de espíritu nacional en cuanto tal, carece de toda realidad objetiva.

Los estereotipos son mitos. Las imágenes del propio o de ajenos caracteres que los pueblos manejan no tienen más realidad que la de su innegable fuerza mítica. En tal sentido, no tienen nada de inofensivos. Han servido para configurar el comportamiento político de los países y en este aspecto han operado como factor de integración nacional.

Todo esto ha podido ser así, por lo menos como una fuerza de acción política; pero hoy, en que el análisis positivo de estas cuestiones ha mostrado que esas imágenes dependen de constelaciones de intereses, ya no podemos seguir pensando igual.

Los estereotipos que funcionan dentro de un país, sobre sí mismo y sobre los demás, son productos de ideologías y un arma en manos de los grupos comprometidos en las defensas de éstas, un arma de la lucha política. Cabe sospechar si el mito de la bravura y del desprecio a la vida, formulado como estereotipo nacional, se apoya en intereses belicistas, si el de fideísmo y antirracionalismo en intereses clericales –muy alejados de lo que el catolicismo representa hoy en el mundo-; o el de la sobriedad y los valores de la vida dura y áspera, en la política de bajos salarios, etc.

Hoy, en general, la apelación al “carácter nacional” y el uso de estereotipos en la política es una manifestación de sociedad quietista, estática, sirve a una ideología conservadora, cerradamente tal. Pero no solamente radica en esto su lado peligroso. Pueden ser gravemente perjudiciales para las soluciones internacionales, para la composición y colaboración entre los pueblos. Y resulta así de que son inexactos, tantos los que circulan popularmente, como los que se advierten subterráneamente utilizados en informaciones de organizaciones internacionales, más o menos científicas. En consecuencia, tales imágenes falsean las posibles relaciones entre los pueblos.

En el tipo de sociedad dinámica que se ha impuesto en el occidente europeo, el mito del carácter nacional ha perdido su fuerza. Públicamente, porque no hay ninguna sociedad viva que estime que puede verse limitada, constreñida en su futuro, por la determinación de una parecida imagen de sí misma, dependiente de un complejo de intereses del pasado. Teóricamente, porque frente a esas instituciones falseadas del pretérito, lo único que realmente vale e interesa es el análisis de aquellos factores elementales de la personalidad que en un momento aparecen sobre los individuos de una sociedad, con aquellos otros elementos de la personalidad total que sean más idóneos con vistas a los fines de innovación y desarrollo que se persiguen.

Todo pueblo necesita contar ciertamente con su situación -y por lo tanto, con lo que la historia representa en ella y con los condicionamientos que derivan de la personalidad básica de los individuos-. Tales circunstancias puedan aconsejar proceder de una u otra manera, pero no pueden nunca aducirse para excluir unos fines que se quieren alcanzar, de la perspectiva del porvenir que un pueblo elige. Y como dijo el poeta: “Tanto generalizar / acaba por no ser nada. / Nada de particular”.

 


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