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RICARDO JAIMES FREYRE: LA VOZ MODERNISTA PLENA DE EXOTISMO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Peregrina paloma imaginaria
que enardece los últimos amores,
alma de luz, de música y de flores,
perseguida paloma imaginaria”.
Ricardo Jaimes Freyre

 

Al nombre del poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre puede muy bien vincularse el de Lugones, amigo de aquél, a quien le prologó algún libro, y el de Rubén Darío, con cuya colaboración fundó, en 1892, la Revista de América, de mucha importancia en la difusión del modernismo.

Ricardo Jaimes Freyre, hijo de Julio Lucas Jaimes y de Carolina Freyre nace, en 1866, en Tacna (Perú) siendo su padre cónsul de Bolivia en esta ciudad. Pasa muy joven a Río de Janeiro, y más tarde se afinca en Buenos Aires, incorporado al grupo modernista de Rubén, Lamberti, Lugones, etc. Después de popularizar en la capital argentina el seudónimo de Brocha Gorda como cronista de La Nación, se traslada a Tucumán, donde pasa parte de su vida como profesor de Letras en varios centros oficiales. Allí publica varias obras de carácter histórico: Tucumán en 1810, Historia de la República de Tucumán, El Tucumán del siglo XVI, El Tucumán colonial, Historia del descubrimiento de Tucamán, etc. En 1917 se le extiende carta de ciudadanía argentina; pero cuatro años más tarde sale de su retiro provinciano para Bolivia, donde colabora con el presidente Bautista Saavedra. Desempeña altos cargos: ministro de Instrucción Pública de Relaciones Exteriores, representante de su país en la Sociedad de Naciones, ministro de Bolivia en Chile, en Estados Unidos, en Brasil. En 1926, se presenta candidato a la presidencia de la República; pero, elegido Hernando de Siles, con cuya política Freyre está en desacuerdo, renuncia a su cargo diplomático (1927), y vuelve a la Argentina. Ricardo Jaimes Freyre muere en Buenos Aires en 1933.

Cultiva Freyre una poesía esencialmente “poética”, valga la redundancia, es decir, una poesía desligada de la realidad, mediante la evasión a mundos imaginarios. De aquellas inspiraciones y motivaciones buscadas por el modernismo en lo exótico remoto –lo griego, lo oriental, lo árabe, lo hispano, lo gótico, lo renacentista, lo germánico y hasta lo escandinavo-, prefiere el poeta boliviano estas últimas. Cultor incansable de la forma, Freyre persigue sin descanso la rima difícil, el vocablo nuevo, el giro insólito, sin salirse, no obstante de los cánones admitidos como válidos por la nueva doctrina. Porque Freyre es ante todo un modernista con todas las consecuencias. Pero dentro del modernismo le atrae lo tenebroso, lo lejano, lo extraño: la Edad Media más que el Renacimiento; lo germánico más que lo helénico.

Así le encontramos en su primera obra, Castalia bárbara (1897). Castalia , junto con Prosas profanas (1896), de Rubén Darío, y Las montañas de oro (1897), de Leopoldo Lugones, constituyó el triple acontecimiento, casi simultáneo que ofreció el modernismo al Buenos Aires finisecular. Poesía extraña la de Castalia : por el tema se incardina al sector modernista que busca lo exótico; aquí la mitología escandinava, con personajes arrancados de las viejas leyendas: Odín , la sabiduría; Lok, el mal; Thor; la guerra. Por la forma cae dentro del parnasianismo.

Castalia bárbara tuvo una continuación muy tardía en Los sueños son vida (1917), con mayor interferencia en lo personal y subjetivo. En uno y otro libro, Freyre dejó una curiosa modalidad, dentro siempre del estilo modernista: un modo de poetizar que a veces recuerda por lo fantástico y grandioso, la música de Wagner. Y, en efecto, de “wagnerianos” han sido clasificados estos versos: “Canta Lok a los vientos helados que pasan, / y hay vapores de sangre en el canto de Lok”.

 


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