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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

JUAN NICASIO GALLEGO: LA VOZ DEL DEFENSOR DE LA LIBERTAD DE IMPRENTA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“La Paz, sí: ¿no la veis, de fresca oliva
la sien ordena, descender del cielo,
en su diestra agitar cándido velo,
y ahuyentar la Discordia vengativa?”
Juan Nicasio Gallego

 

Gallego, que debió en su tiempo buena parte de su fama a sus condiciones personales, a su mundano atractivo y a su constante presencia en el mundo literario es un poeta al gusto neoclásico, bastante afín a Quintana en la estructura de sus composiciones. Su campo es la elegía , y sus tres obras importantes lo son. Gallego se sirve de toda una retórica conocida, de tono grandilocuente y espectacular, pero a la que el poeta consigue comunicar fuerza y pasión. Sus silvas, de largas estrofas, pero sin versos libres, están montadas con precisión rigurosa y limada hasta el detalle para conseguir la más perfecta musicalidad y armonía. La abundancia de vocabulario retumbante y escenográfico incrusta constantemente elementos de sabor romántico en la marmórea severidad de las estrofas clásicas, por lo que bien puede tenerse a Gallego como poeta de transición entre ambas tendencias. Gallego no era ajeno, sin embargo, a un sentimiento más delicado y suave, menos aparatoso; Díaz Plaja subraya con justicia sus bellos sonetos A Garcilaso y A Judas, muy original este último por la situación escogida, de impresionante patetismo. Podría destacarse también el soneto A mi vuelta a Zamora, en 1807, hondamente nostálgico y algún otro como Los hoyuelos de Lesbia, en la línea de Meléndez.

Juan Nicasio Gallego nació en Zamora el 14 de diciembre de 1777. Estudió en Salamanca filosofía y derecho civil y canónico y se ordenó de sacerdote. En 1805 hizo oposición a una capellanía de honor del rey, quien poco después le nombró director eclesiástico de sus caballeros pajes. Al producirse la invasión francesa se retiró a Sevilla y luego a Cádiz, de cuyas Cortes fue diputado, y desempeñó algunas actividades culturales en la Junta Central. Se distinguió por sus ideas liberales y defendió en las Cortes la libertad de imprenta como miembro de la comisión nombrada para su estudio. Esta actividad política le atrajo la persecución de los absolutistas al regreso de Fernando VII; estuvo preso en una cárcel pública diez y ocho meses y confinado luego en diversos lugares de Andalucía. Al sobrevenir la revolución de 1820 fue repuesto en su cargo de director de pajes y promovido a la dignidad de arcediano de Valencia, pero la nueva reacción de 1823 le atrajo nuevas persecuciones que le obligaron a refugiarse a Francia. A partir de 1828 pudo reintegrarse a Madrid y obtuvo una canonjía en Sevilla, donde residió hasta la muerte de Fernando VII. A partir de esta fecha pudo ya vivir en la Corte, donde permaneció hasta su muerte acaecida en Madrid el 9 de enero de 1853. Durante este periodo desempeñó diversos cargos políticos-culturales, fue elegido en 1839 secretario particular perpetuo de la Academia Española, de la cual era miembro desde 1830, y en 1845 se le nombró senador del Reino.

En Salamanca hizo amistad Gallego con Quintana, Meléndez y Cienfuegos y los demás escritores del grupo, y se dio a conocer muy pronto como poeta, aunque su obra se fue produciendo en forma poco abundante y espaciada. Su primera composición importante fue la oda A la defensa de Buenos Aires (1807), con motivo del fracasado ataque inglés, y al año siguiente los sucesos de mayo le inspiraron su más famosa obra, la oda Al dos de mayo. En orden a méritos le sigue la composición dedicada A la muerte de la duquesa de Frías, incluida en la corona fúnebre que le ofrecieron numerosos poetas al ocurrir su muerte en 1830. Merece también destacarse A la influencia del entusiasmo público en las artes, leída en la Academia de San Fernando, de la que también era miembro Gallego. Y como dijo el poeta zamorano: “La voz de la amistad mis pasos guía”.

 


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