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GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA: LA VOZ DE LA DIVINA TULA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Se vuelve con rostro encendido;
quiere gritar...
Mas yo murmuraba a su oído:
¡Ley es amar!”
Gertrudis Gómez de Avellaneda

 

Para Enrique Piñeyro la obra poética de Tula apelativo con que se conoció en su siglo a Gertrudis Gómez de Avellaneda representa “la fusión hábil y completa del arte clásico, del arte de Quintana y Gallego, con el lirismo de Byron, Lamartine y Victor Hugo”, a quienes tradujo repetidas veces. A este carácter conciliador, en efecto, responde la mayor parte de las odas y las Elegías de Tula, cuyas características más acusadas podrían sintetizarse en las siguientes: vigorosa inspiración, innovaciones métricas, profunda intuición de lo estético y sublime, delicada finura melódica, una armoniosa tendencia musical y, finalmente, un acusado propósito de sinceridad. Su poesía se centra en el tema amoroso y en el religioso. Merecen especial atención poemas suyos como “Ley es amar”, “Paseo por el Betis”, “Amor y orgullo”, “La plegaria de la Virgen”, “A la esperanza”, “A la poesía”, “A él” y “La Cruz”. En ningún género alcanzó la gran poetisa hispano-cubana una tan alta significación.

Gertrudis Gómez de Avellaneda nace en Puerto Príncipe, provincia de Camagüey, Cuba, el 23 de marzo de 1814. Su padre era sevillano y su madre cubana. El padre muere cuando Gertrudis tiene solo nueve años. Desde niña mostró aficiones literarias. En el año 1836 embarcó para España. Residió primero en La Coruña, después en Sevilla y más tarde en Madrid, donde se relacionó rápidamente con las más destacadas figuras de las letras: Espronceda, Quintana y Nicasio Gallego, a quienes precede en la amistad Alberto Lista, que la conoció en Cádiz.

Si existe una vida romántica ésa es la de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Mujer de gran belleza, tuvo una vida amorosa agitada y triste: siendo aún adolescente la quisieron casar, en Cuba, con un adinerado solterón y huyó de su casa, más tarde estuvo a punto de casarse en La Coruña, y en Sevilla, donde fue muy cortejada, comenzaron sus atormentados amores con Ignacio Cepeda; pero en 1844 su nuevo amor era el poeta sevillano Gabriel García Tassara, del que tuvo una hija. En 1846, se casó con Pedro Sabater, diputado en Cortes y gobernador de Madrid, pero enviudó a los tres meses. Entonces se retiró a un convento, pero pronto volvió a la vida social. Al poco tiempo morirá Brehilde, su hija ilegítima. Viuda ya, tornó a los amores con Cepeda, pero duraron poco. En 1855 volvió a contraer matrimonio con el Coronel Verdugo y fueron padrinos nada menos que los reyes. Herido gravemente el coronel Verdugo en una reyerta con un periodista enemigo de Tula, es nombrado por la reina Gobernador de Cuba (1859), para que se reponga, y allí fue a vivir el matrimonio. La Avellaneda escribe su composición, “La vuelta a la Patria”, en Cuba pasa unos años a los que llamará “los años de mi paraíso”.. En el Gran Teatro de la Habana será coronada poetisa en un acto de gala celebrado en 1860. Al morir su marido, la poetisa regresa a España en 1864 y fija su residencia en Sevilla.

Pese a esta agitada vida amorosa, Gertrudis Gómez de Avellaneda no dejaba de cultivar su obra literaria y seguía publicando libros de prosa y de verso y estrenando obras teatrales. Más tarde trasladó su residencia a Madrid, donde murió el 1 de febrero de 1873, completamente olvidada. A su entierro, sólo asistieron una docena de personas entre los que se encontraban Don Juan Valera.

Gertrudis Gómez de Avellaneda llegó a presentar su candidatura a la Real Academia Española pero como a otras mujeres a ésta tampoco le abrió sus puertas.

Escribió varias novelas –quizá lo más endeble de su obra-, entre las que hay que recordar Sab (1841), considerada la primera novela antiesclavista, Espatolino, Dos mujeres Guatimozín, que se inspira en la vida del sucesor de Moctezuma, La velada del helecho o el donativo del diablo y Dolores. Es mejor su teatro que obtuvo grandes éxitos en su tiempo. Sus títulos son numerosos: Saúl, Baltasar, Leoncia, El príncipe de Viana, Egilona, Recaredo y muchos más. A todo ello hay que añadir varios artículos y biografías, entre éstas las de Santa Teresa e Isabel la Católica.

A su sexo lo defendió en una serie de artículos que, con el nombre de La mujer, publicó en 1860. Aunque su feminismo no es beligerante ni agresivo, Gertrudis Gómez de Avellaneda se nos muestra en estos artículos llena de una ironía muy mordaz. Y fue su actitud ante la vida, así como la energía y el brío de su producción literaria, lo que probablemente indujo a Bretón de los Herreros a pronunciar la famosa frase de “es mucho hombre esta mujer”, refiriéndose a ella, la misma que había escrito: “Prodigábanme nombres; / mas yo altanera, con orgullo vano, / cual águila real al vil gusano / contemplaba a los hombres”.

 


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