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LUIS DE GONGORA: LA VOZ ANDALUZA DE PALABRAS VIBRANTES


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

 

“¡Oh excelso muro, oh torres coronadas

de honor, de majestad, de gallardía !

 ¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,

de arenas nobles, ya que no doradas!”

Luis de Góngora

 

 

Cuando el poeta escribe su soneto A Córdoba, se encuentra lejos de su ciudad lejana y amada. “Nunca merezcan mis ausentes ojos”, nos dice Góngora, mientras evoca con los ojos del espíritu sus callejuelas estrechas y silenciosas, en las que nuestros pasos hacen que el silencio sea sonoro. ¿No vio Góngora desde estas calles cordobesas, hace cuatro siglos, este mismo paisaje que seguimos contemplando? El poeta cordobés puso en este soneto a su ciudad su sentido amor, con un fondo de una melancolía, que sentimos al recrearnos en su lectura.

 

“Todos los andaluces somos gongorinos de nacimiento -escribe Rafael Alberti- el más gongorino de los poetas de la generación del 27-, por carta de naturaleza; como se dice. Don Luis de Góngora, al abrir los ojos a este mundo, en la ciudad de Córdoba, ya lo era y, naturalmente, el mejor y más gongorino de todos, pues iba a ser con su apellido el bautizador, no diré de una escuela, sino de una manera de ver y, por lo tanto, de sentir”.

 

Luis de Góngora y Argote nace en Córdoba el 11 de julio de 1561, en el seno de una familia acomodada. Clérigo desde los catorce años y tras sus estudios en Salamanca, es nombrado racionero en la Catedral de Córdoba. En 1617 se ordenó sacerdote para poder ser nombrado capellán en la corte madrileña, donde sostuvo polémicas personales y literarias con Lope de Vega y Francisco de Quevedo. Cargado de deudas y gravemente enfermo regresa a su Córdoba en 1626, donde fallece el 29 de mayo de 1927.

 

La dualidad -y aun la contradicción - que marca su talante vital tendrá un reflejo en su actividad poética. La mirada fustigadora y crítica, cuando no únicamente burlona, se combina con la del poeta de más altos vuelos imaginativos e idealizadores que rara vez ha conocido la literatura mundial. Esos dos mundos se orillan respectivamente en las llamadas composiciones nuevas (en especial letrillas y romances satíricos y burlescos) y en las mayores (es decir, los poemas extensos). El arte gongorino llega a su cima en los dos poemas mayores la Fábula de Polifemo y Galatea y las Soledades. En estos grandes poemas se lleva a un extremo la tradición cultista que empezó con Garcilaso, complicándose ahora profundamente con una agudeza conceptista de suma dificultad. “A Góngora -decía Federico García Lorca- no hay que leerlo, sino estudiarlo”. La sustancia de esta poesía es un paisaje virgiliano y ovidiano cada vez más ricamente variado; el juego de las metáforas evoca detalles coloristas de la materia física, y se combina con la musicalidad de raras palabras hábilmente combinadas y con alusiones difíciles de resolver. Todo se dispone para darnos a entender una visión muy particular de la realidad. “Mientras que todos piden pan -nos vuelve a decir Federico- él pide la piedra preciosa de cada día. Sin sentido de la realidad real, pero dueño absoluto de la realidad poética”. El redescubrimiento de este mundo gongorino fue la hazaña cultural de los poetas de 1927.

 

Y otro gran poeta andaluz de esa generación, Luis Cernuda, nos dijo: “Gracias demos a Dios por la paz de Góngora vencido; / gracias demos a Dios por la paz de Góngora exaltado; / gracias demos a Dios, que supo devolverle (como hará con nosotros), / nulo al fin, ya tranquilo, entre su nada”.



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