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JOSE MARIA DE HEREDIA: LA VOZ DEL GRAN POETA CUBANO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“El alma libre, generosa y fuerte
viene, te ve, se asombra,
menosprecia los frívolos deleites ,
y aun se siente elevar cuando te nombra.”
José María de Heredia

 

El poema Niágara de este gran poeta cubano figura entre “Las cien mejores poesías líricas de lengua castellana”, escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura de los países de habla hispana. Heredia es acaso el poeta americano más conocido, más leído y más comentado en Europa con anterioridad a Rubén Darío; es también el que mejor crítica ha tenido, tanto en España como fuera de ella. Entre los apologistas figuraron hombres como Quintana y Lista.

José María de Heredia y Heredia nace en Santiago de Cuba, el 31 de diciembre de 1803; muere en Toluca (México), el 12 de mayo de 1839. Heredia da muestra de un talento excepcional y precoz: a los ochos años traducía latín y francés; a los diez componía muy buenos versos.

En 1812 pasa a Caracas, en cuya Universidad cursa Humanidades y Filosofía. Cinco años más tarde se gradúa en La Habana de bachiller en Leyes. En 1919 se traslada con su familia a México. Al morir su padre vuelve a la isla natal y practica la abogacía, a la vez que colabora en varios periódicos y revistas, dándose a conocer en toda Cuba. Heredia toma parte activa en los intentos de independencia de Cuba y se ve obligado a huir en un busque rumbo a Boston. Condenado a destierro permanece dos años en Estados Unidos. En 1825 se dirige a México, allí encuentra “alivio a sus males, consuelo a sus penas, un clima semejante al de su patria y una hospitalidad generosa”.

En 1829 vuelve a conspirar contra España. El Gobierno de Cuba le sentencia a pena de muerte. Durante su residencia en México, Heredia desempeña varios cargos: juez, fiscal de la Audiencia, diputado, profesor de literatura e historia, rector del Instituto Literario, etc. El mismo escribió en el prólogo de sus poesías: “El torbellino revolucionario me ha hecho recorrer en poco tiempo una vasta carrera, y con más o menos fortuna he sido abogado, soldado, viajero, profesor de lenguas, diplomático, periodista, magistrado, historiador y poeta, a los veinticinco años”.

Los últimos años del poeta están llenos de sinsabores. Se le posterga de sus cargos y las dolencias que siempre habían minado su organismo se recrudecen. El 2 de mayo de 1839 dicta su última carta. Va dirigida a su madre, y en ella presagia como muy inminente su muerte. Diez días después fallece en Toluca.

La fama de Heredia está vinculada sobre todo a su producción poética. La primera edición de sus poesías data de 1825. La colección completa abarca cerca de ciento treinta piezas, en cinco series: Amatorias, Filosóficas y morales, Varias, Patrióticas y Traducciones e imitaciones.

Sus mejores composiciones han de buscarse en el grupo de Filosóficas y en el de Varias: A la estrella de Venus, Al Océano, Himno al sol, Desengaños y La muerte del toro.

Aunque por su apasionado temperamento pertenecía ya al prerromanticismo por su educación, por sus fuentes de inspiración y por su fondo pertenece más al clasicismo. Liberal convencido que soñaba con la paz, la libertad, la justicia y el progreso, cantó estos temas con verbo tonante, pero no es en ese terreno ni en su nostalgia de una Cuba idealizada donde descuella, sino en la descripción de la naturaleza americana.

La gloria poética de Heredia se cimenta en dos poemas consagratorios: Niágara y En el Teocalli de Cholulu , de corte neoclásico pero dominados por una imaginación y un sentimiento patriótico nuevos. Esta última composición, escrita en la adolescencia (1820), es un poema sugerido por la vista de la gran pirámide azteca: desde su cumbre, dominado por la melancolía, el poeta contempla el espectáculo de las ruinas, compara el monumento al volcán y con tono grandioso describe el paisaje y el pasado indígena.

Lista enumera una serie de virtudes poéticas de Heredia, entre las que sobresale la hondura de sentimientos. Andrés Bello también estampó en el Repertorio americano un juicio sumamente laudatorio, elogiando sobre todo su sensibilidad, imaginación y potencia descriptiva de Heredia. Para Quintana era éste no sólo un gran poeta, sino la honra del suelo americano. El crítico cubano José María Chacón y Calvo dice que, en Cuba, es “el primero y más alto nombre”. La reputación de Heredia sigue ahora tan sólida como en los días en que aparecieron sus versos y cuando el poeta exclamaba: “Dadme mi lira, dádmela, que siento / en mi alma estremecida y agotada / arder la inspiración... “.

 


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