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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

LA SOLEDAD DE DON JUAN

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Y... siento que el corazón
me halaga esta soledad.”
José Zorrilla

 

Don Juan sin ateísmo dejaría de ser Don Juan. Como Don Quijote sin fe dejaría de ser Don Quijote. Cuando el romanticismo de Zorrilla le devuelve a Don Juan la fe que había perdido –o que nunca había tenido- deja de ser Don Juan. Y esto sucede en un solo instante que es el último de su vida.

Ni Don Quijote ni Don Juan pueden salirse de su historia propia, tuvieron, para ser lo que son, que salirse, absolutamente, de la historia. Si es que alguna vez estuvieron en ella. El lenguaje, el pensamiento de lo absoluto es incompatible con la historia, es antihistórico. Don Quijote y Don Juan vinculan su personalidad humana al anacronismo. Los dos se pronuncian al expresarse en figuras inmortales como enteramente, absolutamente anacrónicas. Don Quijote puede ser Don Quijote porque se sitúa fuera de su tiempo histórico. Su aventura caballeresca lo es, tan de veras como de burlas, por serlo intemporal. Por eso nos parece eterno. Combate por categorías absolutas, intemporales: la verdad, la justicia, el amor, la libertad.

Para Don Juan el tiempo y los tiempos se dominan burlándolos al parecer. Nos sorprende en su comedia originaria la simplicidad de su engaño amoroso, que consiste en prometerles siempre a sus enamoradas el casamiento: en darles palabras de matrimonio. Cosas que éstas creen o fingen creer para no ser engañadas o para tratar de engañar ellas a su fácil engañador. Pero su drama personal no es éste. El sentido dramático de Don Juan no enmascara en el erotismo de sus aventuras la honda y radical motivación que lo decide: que es el tiempo, los tiempos. Todo su donjuanismo radica en el aplazamiento temporal de lo sucesivo: en el “¡Tan largo me lo fiáis!”. Su mismo engaño para la mujer es un aplazamiento al prometerle matrimonio. Juega siempre a crédito contra el tiempo, quien, en definitiva, le gana la partida. En una palabra, Don Juan vive del cuento, porque vive fuera de la historia. Su ateísmo acaba lógicamente en anti-teísmo.

Don Quijote, hombre de mucha fe, no dudó nunca. Pero tampoco dudó nunca Don Juan. Uno y otro nos parece que actúan su vida con esa seguridad que atribuimos al instinto, al que llamamos ciego. También se llama ciega a la fe. Aunque esta ceguera de la fe sea de nuestros ojos cegados por ella: como la del amor. También el amor puede parecernos instintivo. Y drama, en definitiva, de amor es el de Don Quijote como el de Don Juan. Del amor del que dijo Dante “que mueve el sol y las estrellas”. “Estas son horas mías”, clama el intemporal Don Juan cuando increpa la apariencia eterna de las estrellas. Don Juan es absolutamente nocturno. Don Quijote, por el contrario, nos parece, solar. La de Don Quijote, soledad al sol. Por eso a Don Quijote parecería que se le derriten los sesos a los ardientes rayos, como en inolvidable aventura nos contó burlescamente Cervantes.

Las escenas del cementerio de Don Juan Tenorio, de Zorrilla, son de las más conmovedoras, más hermosas, más excelsas efectivamente, de la poesía dramática romántica, española y universal. El público, el pueblo de España, las siente así. Porque siente en la obra de Zorrilla algo tan sencillo y tan hondo como la voz de sus propios cantares. Sobre todo de ese singularísimo cantar que se canta y se baila solo, y se llama de soledad, de soleá.

Hay un canto de soledad en esa sublime escena nocturna del quinto acto del Don Juan Tenorio, de Zorrilla. Por eso la evocamos ahora. Esa soledad que halaga el corazón de Don Juan. Habría tanto que hablar, que es mejor que callemos, para sentir. Para sentir, como don Juan, el halago de una soledad que nos canta al corazón, como al poeta: “ Y... siento que el corazón / me halaga esta soledad”.

 


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