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LATIFUNDIOS ANDALUCES


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Y grandes tierras sin riego,
con sed de siembra, con sed
de las manos del labriego.”
Rafael Alberti

 

Al comienzo del tercer milenio, Andalucía arrastra todavía un problema agrario cuyo origen se estima pudiera radicar en la persistencia del latifundismo en la región. La situación andaluza no tiene equivalente en el ámbito europeo, donde la cuestión agraria , en base a la reforma de las estructuras productivas y propiedad de la tierra y al anacronismo del paro agrícola, parece que quedó resuelta hace algunas décadas.

Del problema se es consciente desde que los latifundios, tal como ahora los conocemos, comenzaron a formarse. Pero han sido las valoraciones que del latifundismo se hicieron, en los últimos doscientos años, con perspectiva social y económica, las que abrieron la polémica suscitada en torno al papel y responsabilidad que los latifundios hayan tenido en la irregular evolución del crecimiento y desarrollo económico de Andalucía. Aún así, los ilustrados y liberales trataron de remover los obstáculos que dificultaban el incremento de la producción y la liberalización del mercado de la tierra, dejando intacto, cuando no reforzado, el latifundismo existente. Fueron los grandes cambios acaecidos en las décadas finales del siglo XIX y primeras del XX los que plantearon en su dimensión justa el alcance de la reconversión agraria que habría de acometerse: el incremento poblacional, la mecanización, los fertilizantes, el hundimiento de los precios, etc., y sobre todo la necesidad de incrementar la productividad exigieron a las agriculturas europeas más retrasadas unos cambios en profundidad del sistema productivo, España se incorporó lenta y tardíamente a dicha modernización y las disfuncionalidades que ello provocara se dejaron sentir con mayor intensidad en el valle del Guadalquivir, al no responder, como en otras regiones, las opciones alternativas de la emigración temprana o el trasvase de la mano de obra agrícola hacia actividades industriales en cuantía suficiente. En esa tesitura, en zonas de latifundios, la consecuencia será el paro agrícola.

Han sido múltiples las hipótesis y teorías que han pretendido demostrar, a partir de la génesis y formación de los latifundios, a qué pueda deberse la estabilidad y permanencia del sistema. Es cierto que a su lado también se ha querido ver cómo, del control y monopolio que de la tierra hacen los terratenientes, deriva el fundamento del poder en sociedades de tipo latifundista, al igual que se ha invocado el prestigio social que la propiedad de la tierra conlleva para justificar, en última ratio , la estabilidad y permanencia de dicho sistema.

Dada la naturaleza especial de la tierra, desde el punto de vista social, la excesiva concentración de la misma se convierte en un fenómeno disfuncional por la manera de distribución del producto, por el paro que induce y por el control del poder que desde la tierra se ejerce. Y es invocando tales preceptos como en las etapas reformistas del pasado siglo se ha pedido la liquidación de los latifundios.

Como antaño, en la actualidad ha reaparecido, e incluso se ha agravado el problema del paro agrícola cuando se consideraba como elemento residual de una sociedad agraria tradicional que al fin había logrado modernizarse tras la emigración intensa de las décadas en 1950 y 1960 y el fugaz despegue industrializador del sur que se diera en esos mismos años. Y es en esta perspectiva en la que al latifundismo se le exige que asuma dicho problema y aporte las soluciones adecuadas.

El tema, pues, vuelve donde estaba al principio: ¿es la agricultura, en Andalucía, a causa del sistema de propiedad y explotación de la tierra el factor determinante que limita la reactivación y crecimiento económicos? No parecen que sean solamente los latifundios los únicos responsables del atraso andaluz, pese a ser el elemento diferencial de la región más característico, sino que también debería contemplarse una especie de responsabilidad compartida de la que no estarían exentos los dos estrepitosos fracasos industrializadores emprendidos en el sur, así como la propia acción del Estado. Sin embargo, no es menos cierto que a niveles concretos e inmediatos, es el latifundismo quien, por su propia naturaleza, mantiene la pervivencia del proletariado agrícola y mientras éste subsista el riesgo de paro crónico, que en épocas como la presente, no podrá despejarse fácilmente. Y como dijo el poeta: “Tener el hambre, estar en paro, / muertas las manos caídas, / le cuesta al hombre muy caro”.

 


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