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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LOPE DE VEGA: LA VOZ DEL FÉNIX DE LOS INGENIOS


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Respeta, ¡oh tu peregrino!,
este suelo humilde y llano
que aunque cubre un hombre humano,
tuvo espíritu divino.”
Lope de Vega

 

Posiblemente ningún escritor español alcanzó en vida la fortuna crítica que glorificó a Lope de Vega. Sus obras fueron conocidas en todo el continente europeo y pasaron a las Américas. Y la huella de Lope está en los primeros autores de su siglo. Su retrato figuraba en muchas casas. Su nombre, sus versos, sus frases, salían a relucir a todas horas, en cualquier lugar. Su nombre servía de módulo para ponderar lo extraordinario. Se decía “una casa Lope”, “un coche Lope”, “una joya Lope”. Y una parodia del Credo, popularísima dentro y fuera de España, y prohibida por la Inquisición, comenzaba así: “Creo en Lope todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra...”

El “casi milagro” de la vida de Lope y la conmoción que provocó su muerte, fueron recogidos y publicados por el poeta Juan Pérez de Montalbán. En estos elogios figuran ciento cincuenta y tres autores. De los firmantes bastará con citar, para dar idea de la importancia de esta corona poética, el príncipe de Esquilache, Luis Vélez de Guevara, Francisco de Rojas, Antonio Solís, Gabriel Bocángel, Gaspar de Avila...

En Italia, un escritor excelente, Fabio Franchi, que estuvo en Madrid, en 1630, con el único objeto de conocer a Lope, “para asegurarse si era hombre o dios” , le dedicó su libro Essequie poetiche, en el que se reúnen ciento cuatro composiciones en verso y prosa, tributo admirable consagrado a Lope por los poetas y dramaturgos italianos.

Tirso de Molina, hace una impresionante apología de Lope. Calderón de la Barca, tan limitado siempre en sus elogios y en sus admiraciones, cuantas veces citó a Lope lo hizo con admiración. Quevedo alabó en toda ocasión a Lope. Miguel de Cervantes aclamó siempre al Fénix en verso como en prosa: “Llovió otra nube al gran Lope de Vega, / poeta insigne, a cuyo verso o prosa, / ninguno le aventaja ni aun le llega”.

Lope, el libre Lope, ya a fines del siglo XVII, sufre con un profundo olvido su delito de haber abierto las ventanas de nuestro teatro y haber sido dueño de todos los estilos y de todas las artes. En el siglo XVIII ya no queda ni su sombra en la escena. Reina una empelucada situación. Se declara más que se dice.

Renace Lope, que para eso es Fénix, cuando pasa la nube del clasicismo. Le vuelve al teatro español la sangre al cuerpo y cuando llega el romanticismo ya es una llama.

A mediados del XIX empiezan a descubrirse unos a otros, los estudiosos, el genio portentoso de Lope y comienza una incesante bibliografía, un afán de desentrañar a Lope, de fijarlo.

Ya no es sólo el aplauso del vulgo –al que Lope buscó hablándole en su propio idioma-, sino el aplauso general del sabio. Y en este coro no son los españoles los menos apasionados,, clarividentes, certeros entusiastas. Lista, Mesonero, Hartzenbusch, Castro, ... inician el cortejo. Menéndez Pelayo vuelca en Lope todo su ingente saber. Menéndez Pidal, Rodríguez Marín, Icaza, Américo Castro, Astrana Marín, Manuel Machado... Azorín –como siempre- halla nuevos perfiles. Y Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Valbuena Prat, Sainz de Robles.. ahondan y lustran, ofrecen a Lope sus propios brillos, para hacerle más radiante o para esclarecerle, sin olvidar a Ramón Gómez de la Serna, revividor de Lope.

Si hubo alguna vez un poeta a quien su nación, no sólo debe su drama, sino una literatura, lo fue, sin duda, Lope de Vega. No sólo poseía todas las dotes que son necesarias al eminente lírico y épico como al dramático: espíritu flexible y vigoroso, facilidad de penetrar profundamente en la naturaleza y en la vida humana, sensibilidad ardiente, elevación de la fantasía y de la inteligencia, sino que adornaban además en supremo grado todas las prendas que caracterizan a los grandes dramaturgos, como el conocimiento más profundo de los hombres y de sus inclinaciones, el sentido más perspicaz para comprender las pasiones, juntamente con su inagotable imaginación e inventiva, delicada reflexión y el tranquilo y penetrante golpe de vista para trazar y desarrollar un plan dramático...

Una gran parte de las bellezas del teatro de Lope se debe a sus condiciones de poeta genial que con extraordinaria habilidad sabe situar una cantar popular o una letra inventada en el mismo centro, en el lugar adecuado de la acción dramática. Y en ello radica, vivamente, su auténtica popularidad. Por eso quiso unificarlo todo, amorosamente, sincronizando, al modo de lo popular español, la historia y la poesía. “Todo en Lope se resuelve en poesía –decía Azorín-, y todo se resuelve en poesía en el mundo. La sensualidad de Lope no es, en último término, sino una forma de poesía. Y quitarle a Lope, con un piadoso baño lustral, esa sensualidad, sería tanto como cegarle su rico minero de inspiración constante y fluida. No lo hagamos. Dejen en paz los filisteos a Lope”.

Pocos autores clásicos se hallan tan entroncado con el pueblo de hoy como este Lope nuestro, cada día evocado, cada día redescubierto, cada día reincorporado y cada vez más sorprendente, inconcebible y deslumbrador. Y es que, como dijo Unamuno: “El que es hombre de su patria y de su tiempo, es de todos los tiempos y todas las patrias”.

 

 


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