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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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EDUARDO MALLEA: LA VOZ DEL ALMA ARGENTINA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Pálido, amigo callado,
de psiquis, de corazón,
por reflexión, por pasión,
huerto, al más lince, cerrado.
Pero moved a su lado,
bien alto y como presea,
rosa, metáfora, idea....
Tirad a fondo la espada
o dad una campanada.
Y salta el otro Mallea.”
Fernández Moreno

 

“La presencia de este tierra –escribía Mallea- yo la siento como algo corpóreo. Como una mujer de una increíble hermosura secreta, cuyos ojos son el color, la majestad, la grave altura de sus cielos del norte, sus saltos de agua en la selva, cuyo cuerpo es largo, estrecho en la cintura, ancho en los hombros...”

Queramos o no, y pasado el deslumbramiento, a nosotros, hombres del mundo viejo, la Argentina -América- nos da siempre esta noción de cosa nueva.

La Argentina de Mallea vamos a verla en sus autobiografía. Eduardo Mallea nació en Bahía Blanca el 14 de agosto de 1903. Reside en su adolescencia (1914) en Buenos Aires. Visitó en 1934 Centroeuropa e Italia. Perteneció al movimiento Martín Fierro y fue durante muchos años director del suplemento literario de La Nación y colaborador de la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo. Es premio Nacional de Literatura de su país. Su obra es copiosa y está muy difundida. Su primer libro Cuentos para una inglesa desesperada, se publicó en 1926. Ha publicado, además, Nocturno europeo (1935), La ciudad junto al río inmóvil (1936), Fiesta en noviembre (1938), La bahía del silencio (1940), Todo verdor perecerá (1941), Las águilas (1943), Rodeada está de sueño (1944), la trilogía El alejamiento, El retorno, El vínculo (1945 a 1946), Los enemigos del alma (1950), Chaves (1953), Simbad (1957), Las travesías (1961); La barca de hielo (1967), La red (1968), y En la creciente oscuridad (1973). Escribió además varias ensayos como Historia de una pasión argentina (1937) y El poderío de la novela (1965).

Toda su obra novelística está fuertemente teñida de lirismo En la Historia de una pasión argentina, ofrece constantes rasgos personales, singularmente de sus sensaciones de infancia en Bahía Blanca –enfrentada a las dos inmensidades argentinas de la Tierra y el Mar- y la sensación producida por Buenos Aires cuando llega para cursar su bachillerato en el Colegio Nacional de la calle San Martín. Aquí no es ya el espectáculo grandioso de la Naturaleza sacudida por los vientos australes, sino el hormigueo humano de la urbe, introvertida en su complejidad monstruosa. El primer aspecto –el agreste- se advierte especialmente en Todo verdor perecerá; el segundo –el cosmopolita-, en La ciudad junto al río inmóvil.

En Historia de una pasión argentina, su obra capital, está todo Mallea, en vida y en estética. Libro representativo no ya del autor, sino de una actitud trascendente no solo en tanto ambición, sino en tanto problemática literaria. El filósofo argentino Francisco Romero ha llegado a comparar –bien que explicando las diferencias- esta obra con el Discurso del método , de Descartes: “Ambos –dice- nos comunican sus métodos, nos invitan a comprobar la verdad del resultado contándonos como los obtuvieron”.

El método de Eduardo Mallea es –en la apariencia- una simple ordenación de sus recuerdos. La infancia, en Bahía Blanca; la adolescencia, en Buenos Aires. El descubrimiento progresivo de las cosas y de los seres que constituye la asombrosa peripecia de nuestro vivir. Ahora bien: para Mallea, esta peripecia se expone en función de una entidad colectiva cuyo perfil y cuyo destino le obsesionan: la argentinidad.

Tras la Argentina visible, Mallea encuentra la Argentina invisible y auténtica de los hombres apegados a la tierra de ese hombre “grave sin solemnidad; silencioso sin resentimiento; alegre sin énfasis”, al que define “un exaltación severa de la vida”, un denodado e imperturbable esfuerzo creador: “La argentina gente no es abstracción alguna. Tiene cuerpo y tiene alma... La argentina gente está más allá de esa meta por lo que se envejece. En ella cesa la abstracción y empieza algo, con alma y vida. Su camino no es el retorno; su camino es ascensión. Vive de vida... La argentina gente es un poco de voz y un mucho de silencio; está hecha de montaña, de mar, de río, de llanura, y también de un poco de trópico y de un poco de polo... la argentina gente es un modo de escuchar, a la que bien la cabría, el consejo de Machado: “Para dialogar, / preguntad primero; / después ... escuchad”.

Eduardo Mallea, el gran novelista argentino, falleció en Buenos Aires el 14 de noviembre de 1982. Y como dijera magistralmente Mallea: “Anduve por muchos caminos, por muchos albergues, por muchas ciudades. Las cosas que vi me llenaron de emoción reflexiva... he esperado, ansiado, muchas veces escuchado el levantarse casi insensible, pero inteligible y ya como articulado, de todas estas gentes que llevaban en los ojos la imagen universal de una nueva Argentina”.

 


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