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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

LA MENTIRA VERDADERA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Y es que en este mundo traidor
nada hay verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira”.
Ramón de Campoamor

 

Parece mentira que los moralistas sólo distinguiesen tres clases de mentiras, y eso suponiendo que la mentira es todo lo contrario de la verdad, cosa con la que no estamos de acuerdo, pues ya hace tiempo se dijo que “entre la mentira y la verdad se encuentra lo cierto”. ¿O es que podemos hacerlas incompatibles si pensamos que tanto la una como la otra tienen por misión colaborar en la formación de nuestros juicios? Colaboradoras y no enemigas, pues también se ha escrito que “verdad sola es tiranía; mentira sola, también: las dos de la mano, libertad”.

Esto de la mentira y la verdad es cuestión que interesa sobremanera a cuantos no somos dogmáticos, y en consecuencia, a los amantes de esa mentira veraz que es la verdadera poesía. Tanto, que hay una regla de oro para juzgar la calidad de un poeta y sus obras que se formula con estas pocas palabras: “Verdad sola es locura; mentira sola, estupidez; de la mano, genio”.

Volviendo a los moralistas, recordemos que sus tres clases de mentiras son: la dolosa, la jocosa y la piadosa. La dolosa es la que se toma en serio a la verdad, puesto que su razón de ser es negarla, hacerse pasar por ella y, en suma, confundirnos. La jocosa, ya se comprende, es la destinada a hacernos reír, y no parece tener mucho que ver con la moral. La piadosa es, en cambio, la más triste: la que trata de evitar y atenuar el dolor que causaría una verdad.

Pero de la mentira de la que no hablan los moralistas es la mentira poética –o teológica, según Petrarca y Bocaccio- que es, precisamente, la pensada y urdida para decir la verdad. No cualquier clase de verdades, sino las verdades que, de alguna forma, son sublimes, misteriosas, increíbles o las tres cosas a la vez; pues no merece la pena inventar mentiras para decir que el agua moja. En este sentido, todos los mitos son mentiras poéticas y, por ello mismo, hermanas de la verdad, es decir, verdades tan profundas que aparentan no serlo.

¡Qué cantidades de mentiras verdaderas han contado los poetas de todas las culturas y de todas las religiones! Mientras que nos impelen hacia la verdad porque es ella quien las inspira. No mentiras dolosas, jocosas ni piadosas, sino puras y veraces mentiras poéticas. “Cuando no estoy seguro de la verdad –decía el poeta-, miento para asegurarme”. Porque la mentira poética –es decir, toda verdadera poesía- está impregnada por el deseo de la verdad.

Dice el lingüista Rudolf Steiner que “la mentira reside en el corazón del lenguaje” y que “el lenguaje es el principal instrumento de la negación del hombre a aceptar el mundo tal y como es”, y recuerda que, para los griegos, la mentira era un arte. Nietzsche, por su parte, creía que el genio del hombre es su capacidad de mentir, porque es un inventar de experiencias que ni él ni la humanidad han tenido.

Que la mentira resida en el corazón del lenguaje es cosa que no podemos negar, por que el lenguaje con corazón -no el puramente referencial e inanimado- es una invención poética; que el lenguaje se niegue a aceptar el mundo tal y como es significa –o así me parece- que es, cuando tiene corazón, un instrumento para la superación de las apariencias, del supuesto ser del mundo; y ello porque el hombre se resiste a aceptarlo –y aquí de Nietzsche- tal y como es, o parece ser, según los datos de nuestros sentidos.

No nos queda, pues, más salida que la de la verdadera poesía, la de esa sublime mentira en la que la verdad se refleja, inaprensible pero innegable como en un mágico y huidizo espejo. Y como dijo el poeta: “La verdad cuando es verdad / no la parece siquiera; / porque parece mentira / una verdad verdadera”.

 


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