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GABRIELA MISTRAL: LA VOZ DULCE DE LA TERNURA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Yo no tengo otro oficio,
después del callado de amarte,
que este oficio de lágrimas, duro
que tú me dejaste.”
Gabriela Mistral

Cuanto Gabriela Mistral toca lo convierte en poesía. Honda, verdadera y universal poesía es lo que esta mujer ha escrito, sin considerarlo como un fin en su vida, como una profesión, sino mero accidente en la carrera de la enseñanza a la que se dedicó. Su lírica es una serie de gritos de una alma noble, buena, que los exhala como su aroma una flor, para que después de extasiar a los hombres, o sin que ellos lo noten, suban al cielo.

 

En esta misma época hay en Hispanoamérica una floración de poetisas cuyos nombres más representativos, además de Gabriela Mistral, son: Juana de Ibarbourou, Delmira Agustini y Alfonsina Storni.

 

Extraño caso el de esta mujer chilena, nacida en Vicuña el 6 de abril de 1889, que bajo el seudónimo de Gabriela Mistral destacó de forma especial en la poesía y que antes de publicar su primer libro, tiene por todos los países de su lengua mayor gloria que, incluso, algunos autores clásicos.

 

Antigua maestra rural, Lucila Godoy Alcayaga enseñaba Gramática Castellana e Historia de la Edad Media en el Liceo de los Andes. En sus principios, leía mucho a Rubén Darío y a Juan Ramón Jiménez. De los Andes pasó a Puntas Arenas, como directora del Liceo, de allí a Temuco y enseguida a Santiago.

 

En 1914 se dio a conocer en unos juegos florales de Santiago de Chile. Desde entonces su prestigio fue creciendo. Consiguió el Premio Nobel de 1945 con una breve producción lírica en la que está presente el amor y donde se produce un hecho modernista, la búsqueda pura de la belleza, una belleza que actuará como eje fundamental de la vida de Gabriela, para quien eso no es sólo simple contemplación estética: “tu belleza se llamará también misericordia y consolará el corazón de los hombres”.  Luego viaja a Nueva York, donde muere víctima del cáncer,  el 10 de enero de 1957.

 

Entre sus obras más conocidas se encuentran Sonetos de la muerte, Desolación y Ternura, libros sentimentales originados por un doloroso amor. Tala es una obra de madurez, más seria, más cerebral y abstracta, más próxima a las nuevas tendencias poéticas de vanguardia. En el poemario Desolación (1922) versifica la historia de su amor por un modesto empleado de ferrocarril que se suicidó en 1909.

 

Hebrea de corazón, tal vez de raza, Gabriela Mistral escribe: “Raza judía, carne de dolores, / raza judía, río de amargura...” Habla con ternura delicada de los niños y trata de hacerles sonreír para que no tengan temor: “Duérmete, mi niño, / duérmete sonriendo / que es la Tierra amante / quien te va meciendo”.

 

Acude a la Naturaleza en busca de apaciguamiento, y sabe traducir la armonía universal: “Pinar, tengo miedo / de pensar contigo; / miedo de acordarme, / pinar, de que vivo”.

 

Pero todo eso no es ella. La fuerza de Gabriela Mistral está en su sentimiento del amor y de la muerte. “Si te vas y mueres lejos, / tendrás la mano ahuecada / diez años bajo la tierra / para recibir más lágrimas”. Luego, loca, incendiada, pregunta si nunca, nunca más volverá a verlo, ni en el temblor de los astros, ni en la fontana trémula, ni en la gruta lóbrega y quiere “¡oh!, volverlo a ver, no importa dónde...”

 

Gabriela Mistral tiene una especie de horror a la duda y no conoce la ironía, la sonrisa ambigua del escéptico. En el fondo de su poesía, como en el sentimiento de toda alma exaltada, se toca la idea religiosa y se encuentra a Dios. Ella le habla continuamente, le llama, se postra en sus presencia: “Creo en mi corazón, que cuando canta / hunde en el Dios profundo el flanco herido”.

 

“Nadie olvidará tus cantos a los espinos -escribía Pablo Neruda-, a las nieves de Chile. Eres chilena. Perteneces al pueblo. Nadie olvidará tus estrofas a los pies descalzos de nuestros niños. Nadie ha olvidado tu “palabra maldita”. Eres una conmovedora partidaria de la paz. Por esas, y por otras razones, te amamos”.

 

Gabriela Mistral no fue la primera en romper las tradiciones de la poesía castellana: halló el terreno preparado por toda una evolución que inició Rubén Darío; pero ha dado a su obra un sello que la distingue y que está en el amor intenso y único, del cual derivan todos sus cantos, el cariño a los niños y el sentimiento de la Naturaleza. Su amor es el sol creador de mundos, la inmensa hoguera de donde saltan las chispas y se derraman claridades, el que llega a las cimas y baja a los abismos, calienta e incendia, ilumina y deslumbra. No en vano decía Gabriela Mistral en su Decálogo del artista: “No te será la belleza opio adormecedor, sino vino generoso que te encienda para la acción, pues si dejas de ser hombre o mujer, dejarás de ser artista”.

 


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