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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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ANTÓN DE MONTORO: LA VOZ DEL ROPERO DE CORDOBA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“¡O, Ropero amargo, triste
que no sientes tu dolor!
Setenta años que naciste
y en todo siempre dixiste
“ynviolata permansiste”
y nunca juré al Criador.
...................................
y nunca pude matar
este rostro de confeso”.
Antón de Montoro

 

 

En el siglo XV, tras Santillana, Mena y Manrique  hemos de citar al poeta  Antón de Montoro que sobresale del resto por su personalidad, y si bien, no acertó en el terreno de la trovadoresca, fue, sin embargo, el mejor poeta satírico, burlesco y festivo; sus sátiras llenas de dicterios e infundios, eran feroces: entre ellas, la dedicada Al  conde de Cabra porque le mandó y no le dio nada; al comendador Román, que le impugnaba en burlas, o a Torrellas, porque se “fizo contra las damas”. Cuando quiere elevarse a temas épico-trágicos o incluso cortesanos, como en su composición en octavas de arte mayor sobre la Muerte de los dos hermanos comendadores. Montoro fracasa y su inspiración se quiebra. Su vena semiartística y semipopular le salva del amaneramiento, pero no le permite acceder a una poesía culta del rango de la de Mena.

 

Antón de Montoro, conocido también como “el Ropero”, de familia judía, nace en Montoro, provincia de Córdoba, en 1404 y muere en Sevilla hacia 1480. El poeta cordobés vive durante la mayor parte de un siglo en que se agota la Edad Media y se anuncia el Renacimiento en la obra de sus poetas más importantes, abarcando con su larga vida los reinados de Juan II, Enrique IV y el comienzo del de los Reyes Católicos.  Fue sastre o ropero en Córdoba, donde vivió probablemente dirigiendo poesías a los grandes en demanda de ayuda, pero no debió recibir mucha. Su condición de judío converso marcó su vida; jamás renegó de ella, ni siquiera cuando en 1474 estalló un motín popular contra su raza en Castilla y Andalucía; mientras otros conversos “más elevados renegaban de su origen y hacían causa común con los degolladores de su grey”. Antón de Montoro dirigió unas coplas a los católicos pidiendo justicia en nombre de sus compañeros inmolados.

 

Se le han  atribuido a Antón de Montoro, dos de las más desvergonzadas y obscenas composiciones del Cancionero de obras de burlas provocantes a risa, publicado en Valencia en 1519, e igualmente, se le han atribuido Las Coplas del Provincial, en las que  se ejerce la crítica más acerada con que cuenta la literatura española. Sus 149 versos, cuartetas octosílabas, dejan malparados a muchos linajes y apellidos de Castilla, que recurrieron al Santo Oficio para que las persiguiese sin conseguir otras cosa que aumentar su popularidad. Estas coplas infamatorias se basan en una alegoría: el autor describe la corte como un convento al que llega de visita el Provincial. Ante él pasan los más nobles caballeros de Enrique IV, a quienes espeta las imputaciones más violentas, desde sodomía hasta incesto. La pudibundez de los historiadores literarios ha venido maltratando este documento de época, sobre todo Menéndez Pelayo que, indignado, se negó a publicarlo íntegro y arremetió contra el poeta, mero escribano de una sociedad degenerada. La forma, dado el género, no carece de cualidades poéticas ni de agilidad ni de malicia: “Decid , señora marquesa, / ¿cómo os va con el marqués? /  Mas a ya, padre, de un mes / que no como yo en su mesa. / No tengáis pena ninguna, / que si el apetito inflama, / ay está don Juan de Luna / que nunca os falta en la cama”.

 


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