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JOSE RICARDO MORALES: LA VOZ DEL TEATRO DE VANGUARDIA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Escribir es, siempre, dirigirse a alguien desde “uno”.
Pero este “uno” en el destierro ya no es tal, porque
se encuentra escindido, dado que la vida del exilio
adquiere, desde luego, un carácter distinto de la que
nos fuera habitual.”
José Ricardo Morales.

 

José Ricardo Morales es uno de los más importantes nombres  del exilio español del 36, autor del actual teatro de vanguardia. Resulta aleccionador observar como Morales convierte las resistencias y limitaciones del exilio en logros muy rigurosos, al hacer, de su perplejidad  ante el lenguaje, tema central de su teatro; al transformar su “extrañeza” de desterrado en la extrañeza radical que todos sentimos hoy ante nuestro mundo incierto. 

 

José Ricardo Morales Malva nace en Málaga, en 1915, al año se traslada con su familia a Valencia. Cursa el bachillerato en el Instituto Luis Vives de  la ciudad del Turia,  posteriormente estudia Magisterio y más tarde Filosofía y Letras en la Universidad de Valencia.  En la Escuela de Magisterio entra en la F.U.E.,  en la que militó hasta su exilio. En sus años de estudiante estuvo muy vinculado a El Búho, teatro universitario de Valencia, de tendencia antifascista, que dirigía Max Aub. De aquella época es Burlilla de Don Berrendo, Doña Caracolines  y su amante, en un acto, escrita bajo la influencia del teatro  para muñecos de Valle-Inclán y Lorca.

 

Participa en la guerra civil, en la que Morales alcanza el grado de teniente-coronel. Terminada la guerra, Morales emigra,  a bordo del buque Winnipeg, a Chile,  donde llega con su familia, el 3 de septiembre de 1939. Allí acaba la licenciatura e inicia una brillante carrera de profesor universitario, que simultanea con su actividad literaria. Como investigador, es autor de Arquitectónica (Sobre la idea y el sentido de la arquitectura) (1966). Su actividad literaria,  se centra primordialmente en el teatro, y se interrumpe entre 1953 y 1963, para reanudarse después con intensidad creciente y con algunos cambios. Funda junto con el profesor Pedro de la Barra, el teatro experimental de la Universidad de  Chile.

 

 Hasta 1953, Morales, como autor teatral se mueve, fundamentalmente, dentro de la tradición inmediata: Valle-Inclán, Lorca, si bien apunta una temática vigorosamente original. De esta primera etapa es su primer estreno de cierto relieve en la escena comercial: El embustero en su enredo, por Margarita Xirgu, en Santiago de Chile, en 1944. Es de admirar la buena hechura literaria de esta obra, la agilidad del diálogo a la vez culto y popular, el buen trazado de los personajes... Pero nos importa de ella, sobre todo, el que ya aparece aquí el tema del lenguaje; el lenguaje,  con todas las trampas y las emboscadas que es capaz de tender al individuo, hasta destruirle, es el gran tema del teatro de Morales, que lo reencontramos en Bárbara Fidele (1952), en La vida imposible (1955) y,  particularmente, en la que se titula Pequeñas causas.

 

 Completan esta primera etapa  las versiones de Don Gil de las calzas verdes y de La Celestina, que la Xirgu estrena en 1948 y 1949, además de una obra original, El juego de la verdad, que quedaría inédita; de la antología Poetas en el destierro (1943) y  de una colección de clásicos olvidados: “La fuente escondida”.

 

 Después de diez años de silencio, y entre 1963 y 1965, Morales  escribe el drama Los culpables y una preciosa colección de obras en un acto, Teatro de una pieza (1965), en la que Morales, se manifiesta ya como el dramaturgo que es. Teatro de una pieza abre la nueva etapa de madurez, y en ella, avanza con libertad e imaginación, en una línea vanguardista y el tema del  lenguaje, con sus diversas e inherentes implicaciones, cobra ahora toda su trascendencia en un único y constantemente reiterado ámbito dramático: el de un mundo feliz, superdesarrollado, supertecnoógico... y superalienado. En suma, el mundo de hoy, nuestro perro mundo, visto metafóricamente, como un extraño futuro, y a través de un velo de humor que mal encubre la rabia y la esperanza del dramaturgo. Libro unitario, Teatro de una pieza, está considerado una de las aportaciones más sobresalientes del teatro del exilio. La colección se abre con La odisea,  a la que siguen;  La grieta, La teoría y el método, El canal de la Mancha y La adaptación del medio.

 

 La inseguridad acerca de dónde estamos reaparece con insistencia en obras posteriores de Morales, y muy significativamente en Oficio de tinieblas, también en un acto, que consiste en un diálogo en la más completa oscuridad. Citemos ahora a dos obras de extensión normal: Hay una nube en su futuro (anuncio en dos actos y un epílogo)  y Un marciano sin objeto (drama de costumbres, en tres actos), escritas en 1965 y 1967, respectivamente, en las que el autor juega con las nociones de espacio y tiempo, actualizando la ya  clásica del teatro en el teatro. Hemos de destacar, también, a la obras contenidas en el volumen No son farsas. Se trata de las siguientes: Orfeo y el desodorante o El último viaje a los infiernos (artículo de consumo dramático, en tres actos, escrita en 1972), La cosa humana (en un acto, en 1966), El inventario (dos actos, en 1971), El material (un acto, en 1972) y No hay que perder la cabeza o Las preocupaciones del doctor Guillotín (dos actos, en 1973). Entre otros títulos relevantes de su extensa obra dramática, citaremos: La imagen (1975), Españoladas (1982), Teatro en Libertad (1984), Cuatros imposibles (1995) y Teatro mítico (2002).

 

  José Ricardo Morales ha recibido, entre otros reconocimientos, el Premio Pen Club de Chile (1971), Premio Federico García Lorca (1990), Condecoración de la Orden de Isabel la Católica (1995), Medalla Rectoral de la Universidad de Chile (2000),  y ha sido postulado por la Academia Chilena de la Lengua  para el Premio Cervantes, en cuatro ocasiones.

         

 “Yo creía en la libertad –nos cuenta José Ricardo Morales-, y evidentemente mi pensamiento no estaba con la derecha precisamente, pero de ahí a ser partidario de la revolución leninista había mucha distancia.  Los demócratas y los izquierdistas no extremistas también fueron al exilio. Pero siempre en España se creyó que todos éramos comunistas y procedíamos del infierno, cuando yo soy un creyente en la libertad, en el pensamiento y en la cultura”.


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