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AGUSTÍN MORETO: LA VOZ DEL PRINCIPAL REFUNDIDOR TEATRAL


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es
“Ella, en fin, por no amar ni sujetarse,
quiso morir primero que casarse.
Agustín Moreto.

 

 

Agustín Moreto, es uno de los dramaturgos más leídos y representados en la historia del teatro español. Pertenece al grupo calderoniano, aunque con características propias que lo alejan en cierto modo de Calderón. Durante mucho tiempo, se sabía poco de su vida, ya que corrían abundantes datos falsos sobre ella en relación a supuestos lances amorosos, un hipotético crimen en la persona de Baltasar Eliseo de Medinilla, o su entierro, tras el arrepentimiento final, en el Pradillo del Carmen, donde se sepultaba a los ajusticiados; todo esto hacía más comerciales su comedias.

 

Con Agustín Moreto llegamos a un extremo del barroco, pues se entregó no tanto a la invención cuanto al perfeccionamiento de temas recibidos; en su época, ha de tenerse en cuenta, que era lícito refundir temas originales de otros autores: el problema, el oficio literario estribaba no en la originalidad argumental, sino en el tratamiento. Y Moreto perfecciona los temas inventados por otros. El carácter imitativo y refundidor del teatro de Moreto ha planteado graves problemas bibliográficos, tanto para la atribución de sus obras como para la delimitación de las fuentes.

 

Hoy se sabe que Agustín Moreto y Cabaña, o Cavana, según el firmaba,  nació en Madrid el 9 de abril de 1618, en el seno de una familia de origen italiano dedicada al negocio de ropavejería. Estudió en Alcalá de Henares desde 1634 a 1637, graduándose en Artes en 1639. Tomó ordenes menores en 1642 y obtuvo un beneficio en la iglesia de Móndejar, de la diócesis de Toledo, aunque siguió  viviendo en Madrid. Hacia fines de 1649 perteneció a la  titulada Academia de Madrid o Castellana.  A partir de 1657 entró al servicio del cardenal de Toledo Don Baltasar de Moscoso, que le confió la dirección del hospital de San Nicolás, de esa ciudad, destinado al socorro de los pobres. Agustín Moreto fallece en Toledo el 28 de octubre de 1669, siendo enterrado en la capilla de la Escuela de Cristo, en la Parroquia de San Juan.  En su testamento dejó todos su bienes a los pobres. En vida sólo  publicó una  Primera parte (1654), que incluye 12 obras; debido a la popularidad de su obra proliferaron durante los siglos XVII y XVIII numerosas obras atribuidas a él falsamente.

 

En la actualidad su  abundante producción se divide en dos partes: teatro religioso y teatro profano. Del primero apenas si merece la pena alguna dramatización de hagiografías o temas bíblicos, como Santa Rosa del Perú, El más ilustre francés, La cena del rey Baltasar, El bruto de Babilonia, La vida de San Alejo, de escasa textura religiosa, pues a la hora de poner sus personajes sobre las tablas, Moreto los hace respirar, no como santos ni valores religiosos, sino como verosimilitudes diarias, como burgueses, sin llegar empero al laicismo de un Juan Ruiz de Alarcón.

 

En cuanto a las piezas profanas admiten varias subdivisiones: comedias de intriga, de interés novelesco, de carácter, de ideas, etc., entre las que sobresalen,  El desdén con el desdén, El lindo de don Diego , El caballero, El licenciado Vidriera,  Las travesuras de Pantoja, No puede ser..., El parecido en la corte, Amor y obligación, Industrias contra finezas, Lo que puede la aprensión, etc.,  hallándose en este grupo las famosas. Aunque también abordó el teatro histórico en obras como Los jueces de Castilla, La fuerza de la ley, El valiente justiciero. Finalmente, citaremos algunos de sus entremeses, como Los cinco galanes, Los sacristanes burlados, La reliquia y El hijo del vecino.

 

Si hubiera que definir a Moreto en una palabra, “ingenio” sería la más idónea a la esencia misma de su labor. Carece de originalidad, de fuerza, de inventiva, de dramatismo, pero se mueve con indecible soltura en las escenas leves, en loa apuntes costumbristas regidos por la gracia y la elegancia, por el “savoir faire”, en una palabra. La falta de inventiva creadora le convierte en la el principal refundidor teatral de su época (y quizá del teatro en general). La originalidad de su teatro radica en la actualización del teatro anterior: lo pule, eliminando intrigas y personajes accesorios, con lo que consigue una mayor unidad estructural, profundizando en los caracteres de los personajes centrales, agilizando los diálogos con gracia y finura de salón, y cambiando lo chocarrerías de los “graciosos” por fina ironía cargada de filosofía vulgar (el personaje del “gracioso” alcanza verdadero protagonismo en algunas de sus obras: por ejemplo, Polilla, en El desdén con el desdén).

 

Las dos obras que mejor definen el teatro de Moreto son El desdén con el desdén y El lindo de don Diego. Entre las fuentes de la primera se han citado cuatro obras. Celos con celos se curan, de Tirso, y tres de Lope, La vengadora de las mujeres, La hermosa fea, Los milagros del desprecio. Lo de menos son las fuentes ante este fruto equilibrado, teatralmente perfecto. De ahí que lo imitasen entre otros, Moliere, Carlo Gozzi, Lesage, etc.

           

El lindo de Don Diego es una caricatura satírica del petimetre donjuanesco: la obra deriva de El Narciso en su opinión, de Guillén de Castro, en varias escenas e incluso en algunos tipos; sin embargo, a la tosquedad del valenciano opone Moreto una frescura y animación  que hacen del petimetre  una figura teatral personalísima.

 

En cuanto los valores líricos de su teatro, el denominador común de la “mediocritas” persiste: el lirismo queda rebajado considerablemente; se adentra hacia la intimidad de los personajes y no se traduce en textos poético , aunque si cabe destacar el sentido musical del autor. Y como dijera, uno de sus más célebres personajes: “Con amor o sin amor, / yo en fin, casarme no puedo: / con amor, porque es peligro; / sin amor, porque no quiero”.

 


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