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FEDERICO MUELAS: LA VOZ DEL CANTOR DE CUENCA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

 

“Cuenca, en volandas de celestes prados
de peldaño en peldaño fugitiva.
Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan, mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.
¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca, cierta y soñada, en cielo y río.”
Federico Muela.

 

No hay una hojita siquiera, de la arboleda de las Hoces conquenses, que no tiemble al recordar las voz del cantor de Cuenca. Canto que se repite sin cesar entre la piedra y el cielo de su alta y honda Cuenca, la espera y esperanza de su vida en perpetuo estado de gracia poética. Federico Muelas decía: “Venero a la tierra donde nací: Cuenca”. Apenas esto, es la breve antología de su gran obra poética y siempre escribe con inicial minúscula la palabra poeta. “Cada día me siento más impotente -escribía Federico- para saber lo que es la poesía y para precisar los caminos por donde vamos a ella”.

 

Federico Muelas nació en Cuenca en 1910. “Soy escritor y poeta -nos decía Federico-. También tengo las licenciaturas de Farmacia y Derecho y estudios incompletos en otras disciplinas. Periodista, frecuentador de estudios de radio y televisión, lector de locuras y razones y coleccionador de papeles. Me gusta andar caminos a trasmano y dialogar con quienes nadie habla. Tengo amigos que no me envidian y sé algunas cosillas raras que me hacen feliz. No sé ganar dinero”. Pero, especialmente, vivió enamorado de Cuenca hasta su muerte, acontecida el 25 de noviembre de 1974.  Publica algunos libros: Aurora de voces altas, Vuelo y firmeza, Rodando en tu silencio, Cantando entre cielo y sangre, Llanto en el umbral, Juglaría, Postigo de la sombra, Ardiente huída, El libro de las arengas, Los míos. Fue el fundador de la revista literaria El Bergantín y el fundador de la Asociación Española de Farmacéuticos de las Letras y las Artes, de la que fue su primer presidente. Para Federico, el auténtico boticario tiene que llevar la poesía dentro de sí mismo.

 

Muelas es el poeta de los villancicos y un enamorado de misterio de la Navidad. En cierta ocasión, en un convento de Madrid, pronunció el Pregón de la Navidad. Tanto se entusiasmó el poeta conquense, que se extendió mucho más de lo debido. Al siguiente año, otro poeta, para recordar al pregonero del año anterior le dedicó esta cuarteta: “En el portal de Belén / habló Federico Muelas. / Al terminar, las pastoras / eran ya todas abuelas”.

 

Sería muy difícil situar a Federico Muelas en el cuadro de nuestra lírica. Le da lo mismo parecerse a Lope que a Salinas, a su compañeros de generación que ser un juglar para la ocasión del villancico. Muelas domina el verbo, la expresión y la forma. Recientemente se han reunido, bajo el título de Poesía secreta, los libros Ardiente huida y El libro de las arengas. “Escritos ambos en los años cincuenta - escribe Carlos Morales en la introducción-, comparecen, en primer lugar, como la principal prueba de cargo de la tan discutida aproximación del lírico conquense a las vanguardias del surrealismo, aspecto en un caso único en el contexto de la generación del 36, que en el que habitualmente ha sido ubicado por la historiagrafía literaria contemporánea”.

 

Siendo un enamorado de las reboticas, por ser fuente de diálogos y conversaciones, donde se vertieran las frases más ingeniosas, autorizadas o agudas, en aquel ambiente del brasero y mesa de camilla mantuvo una tertulia que denominó “el Ateneo”, a la que acudían en grata convivencia los escritores y poetas españoles de más significación, entre ellos García Nieto, Cela, Toral, Sánchez Maza, etc.

 

El poeta se encontraba allí donde hubiese que ser amigo de algo o de alguien, como lo demuestra el hecho de figurar como amigo de las campanas, habiéndose fotografiado debajo de una de descomunal tamaño justo con otros compañeros que se habían encaramado también en lo alto de un campanario.

 

Su poesía se siente hermana de toda poesía verdadera, sin otras pretensiones que las de la autenticidad con que cada verso fue escrito, vivido íntegramente, pensado en el momento justo de su necesidad para el poeta.

 

Su soneto de piedra a Cuenca no tiene que envidiar al soneto de mármol de Córdoba de Góngora. La Cuenca del soneto de Muelas es “aventura de cielos despeñados”. El amor a Cuenca inspiró su poesía y Cuenca es en buena parte una invención suya para la gente capaz de sentir calofrío -¡qué palabra tan suya es calofrío!- ante la contemplación de las románticas Hoces que dan realce a una ciudad encantada, con casas durmiendo en el aire, hechas de piedra y de nubes. Y como dijo el poeta: “¡Cuenca,  cristalizada en mis amores!”

 

 

 


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