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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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DEPRESION EN EL NIÑO

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Quedóse el niño muy serio
pensando que no es de verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.”
Antonio Machado

 

En los últimos cuarenta años se ha venido profundizando sobre las trastornos del niño y se ha descubierto que las reacciones depresivas, más o menos transitorias, tienen mayor frecuencia de lo que se había creído hasta ahora.

De la lactancia hasta la preescolar aparecen las crisis de los llantos, los gritos, la enuresis (emisión involuntaria de la orina), el morderse las uñas, los terrores nocturnos, entre otros trastornos.

Desde preescolar hasta la adolescencia, abundan los sentimientos sde inferioridad, ideas e impulsos suicidas y miedos en general a enfrentarse a las dificultades escolares y de otro tipo.

Las formas más leves de la depresión se manifiestan con malestar, nerviosismo y cansancio; en las agudas, el niño se irrita a cada momento o entra en un largo mutismo, tiene muy mal genio, apenas come, duerme muy mal y se muestra apático y abúlico, sin vitalidad, sin interés por nada, incluso por el juego y el trato con sus amigos más cercanos.

A partir de los siete u ocho años y sobre todo en la preadolescencia y adolescencia, el fracaso escolar, la falta de aptitudes muy relevantes por las que el sujeto se siente importante y seguro de sí, y la dificultad para hacer amigos suelen ser la causa de la depresión. Cuando empieza una depresión el niño se siente indefenso, triste e inútil, negativo, con una inactividad casi absoluta, abandona las tareas escolares habituales y presenta síntomas psicosomáticos como sudores, mareos, angustias, miedos irracionales...

Las fuertes discusiones entre los padres, los insultos y descalificaciones frente al niño y las separaciones tormentosas, llenan al niño de angustias, tristezas y, sobre todo, de temor sobre su propio futuro.

Aunque el preadolescente tiende a demostrar menos su aflicción interior y su daño, en distracciones y otras actividades, no significa que no haya depresión y que ésta sea incluso profunda.

En definitiva, el denominador común de la depresión del niño y del adolescente se encuentra en la inseguridad, en el temor al futuro, en la falta de autoestima y también de confianza en sí mismo.

Es primordial que los padres, familiares y otros adultos que convivan con el niño le muestran claramente su amor y comprensión y le transmitan seguridad, dejándole muy claro que su apoyo será incondicional.

Hay que estar atentos a coger al niño en su momento más brillante y digno de elogio y darle a entender que estamos orgullosos de sus esfuerzos y aptitudes. De esta forma aprenderá a autovalorarse. Y es que, como dijo el poeta: “Tienes que desengañarte: / por el camino que vas / no vas a ninguna parte”.

 


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