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EUGENIO DE OCHOA: LA VOZ DE UN TROVADOR ERUDITO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“De mi amargo desconsuelo
ten piedad querida mía;
oye el canto que te envía
tu rendido trovador.”
Eugenio de Ochoa

 

Ochoa opinaba que la poesía debe brotar espontáneamente del corazón y que no puede lograrse por medio mecánicos y artificiosos; tiene que ser algo más que sonoridad y ropaje exterior; por esto –decía a propósito de los versos de Selgas-, “la bondad del alma es ya por sí la mitad de la poesía, y donde no hay pensamiento, o donde hay superficialidad que es lo mismo, la poesía no existe”.

Eugenio de Ochoa y Montel, nació en Leza, provincia de Guipúzcoa, el 19 de abril de 1815. Al parecer era hijo natural del famoso abate Sebastián de Miñano. La ayuda de Miñano, a quien Ochoa se refería siempre con el nombre de “tío”, le permitió estudiar en el Colegio de Lista, y cuando aquel centreo fue clausurado continuó sus estudios en el Colegio de Santo Tomás y luego en la Escuela Central de Artes y Oficios de París, dedicándose a la pintura, pero una enfermedad de la vista le hizo abandonar este arte.

Ochoa, que había marchado a París cuando tenía solo trece años permaneció en la capital de Francia hasta 1834, y allí vivió las más ruidosas efemérides del romanticismo francés. A su regreso entró en la redacción de la Gaceta de Madrid, de la que Alberto Lista era director, y poco después pudo poner en marcha la publicación de una revista literaria, El Artista, de excepcional importancia para la historia del romanticismo en nuestro país. A pesar de la breve vida que tuvo El Artista (poco más de un año) es una de las revistas del siglo XIX más consideradas tanto por su belleza tipográfica como por la calidad de sus contenidos. Su objetivo no fue otro que popularizar la afición a las bellas artes. Junto al erudito vasco tuvo decisiva participación en la vida de El Artista el pintor Federico Madrazo que tuvo a su cargo la parte ilustrada de la revista. Entre los colaboradores más ocasionales de la revista merecen destacarse Espronceda, Zorrilla, Cecilia Bölh de Faber, Bretón de los Herreros, Patricio de la Escosura, Bartolomé José Gallardo, Juan Nicasio Gallego, García Tassara, Lista, Juan María Maury y Ventura de la Vega.

Ochoa fue uno de los traductores más tenaces que conoció la época romántica. En 1836 publicó su versión de Nuestra Señora de París, en este mismo año tradujo dos obras teatrales de enorme resonancia: Hernani de Victor Hugo, y Antony, de Alejandro Dumas. Entre 1836 y 1837 publicó una colección titulada Horas de invierno, formada por traducciones de relatos breves de escritores famosos de toda Europa. En 1837 Ochoa se trasladó de nuevo a París, donde permaneció hasta 1844. En esos años publicó numerosas obras entre las que destacan: Tesoro del teatro español desde su origen hasta nuestros días (1838), Tesoro de historiadores españoles (1840), Tesoro de novelistas antiguos y modernos, Tesoro de escritores españoles contemporáneos en prosa y verso, Tesoro de los poemas españoles épicos, sagrados y burlescos y el Catálogo razonado de manuscritos españoles existentes en la Biblioteca Real de París.

Ingresó Ochoa en la Real Academia Española como miembro honorario en 1844, a los veintinueve años de edad, y como académico de número en 1847. Ocupó diversos cargos administrativos en los Ministerios de Gobernación, Comercio, Instrucción y Obras Públicas, y Gracia y Justicia, fue dos veces Diputado a Cortes, Director General de Instrucción Pública, y Consejero de Estado desde 1866 hasta la Revolución de Septiembre que destronó a Isabel II.

Había casado Ochoa con la bellísima Carlota de Madrazo, hermana de los pintores, de la que tuvo diez hijos. Su hija Angela falleció a los veintiún años, después de varios meses de horribles sufrimientos, a consecuencia de las quemaduras que se produjo al incendiársele el vestido en un mechero de gas durante un baile. Tan sólo su trabajo, al que se entregó desde entonces con redoblada intensidad permitió a Ochoa sobreponerse a tan dolorosa desgracia familiar. Cuando falleció en Madrid el 28 de febrero de 1872, contando tan sólo cincuenta y siete años, daba la impresión, según informan sus biógrafos, de ser mucho más viejo.

Como autor dramático dio a la escena dos obras: Incertidumbre y amor y Un día del año 1823. En la segunda obra, situada como dice el título, en 1823, enfrenta a los liberales de Cádiz con los absolutistas que abrieron las puertas a los Cien Mil Hijos de San Luis. Compuso también Ochoa dos novelas: El auto de fe (1837) y Los guerrilleros, de la que sólo la primera parte vio la luz en 1855. El auto de fe es una novela liberal, terriblemente liberal, en la que nos cuenta la conocida historia del desgraciado príncipe don Carlos y del “tirano” Felipe II. Hay que notar que el tema de esta novela, que viene directamente de Schiller, va a ser explotado una y otra vez por los novelistas liberales españoles.

Eugenio de Ochoa reunió las poesías en 1841 en un tomo titulado Ecos del alma. “Suspiro de amor” fue una de las composiciones más celebradas de Ochoa por su romántico sentimentalismo, compuesta en octavillas agudas, la estrofa de octosílabos más usada en la época. “Don Alvaro de Luna” y varios romances moriscos representan el tributo de admiración por el romancero.

“A ningún artista moderno, verdadero artista –escribía Ochoa, en el último número de El Artista-, hemos dejado de prodigar estímulos, elogios francos, sinceros, con la verdad del entusiasmo, con la franqueza de la juventud”.

 


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