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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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JUAN FRANCISCO MUÑOZ Y PABÓN: LA VOZ DE UN CANONIGO CON CONCIENCIA SOCIAL


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

MAS CARLYLE: LA VOZ DE LA LI“En el tomillar la tiña
y en Cascote los tiñosos;
en Matojos solamente
donde están los buenos mozos.”
Juan Francisco Muñoz y Pabón

 

Las novelas de Muñoz y Pabón, escritor nacido en Hinojos, provincia de Huelva, en 1866, y que fue canónigo de la catedral de Sevilla, ponen de manifiesto la profunda jerarquización existente en el seno de la sociedad andaluza de principios del siglo XX entre las diferentes clases sociales. A este respecto, sus novelas constituyen, desde luego, un testimonio social.

Entre los títulos más relevantes de su obra, copiosa y abundante, aunque dentro de la unidad que le prestaba la personalidad del autor, se cuentan Justa y Rufina (1900), El buen paño... (1900), Paco Góngora (1901), La Millona (1902), Javier de Miranda (1903), Juegos florales (1906), Temple de acero (1918), Oro de ley (1919) y Mansedumbre (1920). Juan Francisco Muñoz y Pabón muere en 1920.

La acción de todas sus novelas –con excepción de las dos últimas- se desarrolla en pueblos situados entre Sevilla y Huelva, de la zona de El Aljarafe, y que son designados con nombres imaginarios.

Juan Valera publicó en El Imparcial un artículo muy elogioso sobre Justa y Rufina, la primera novela de Juan Francisco Muñoz y Pabón, en el que termina alentando al novelista onubense: “Como el señor Muñoz y Pabón es joven aún, nos complacemos en esperar de su ingenio no menos sazonados y abundantes frutos”.

Muñoz y Pabón es el primer novelista andaluz que denuncia las condiciones de vida y trabajo de los jornaleros de esta vieja tierra del Sur. En su novela Paco Góngora, el médico del pueblo describe la situación de los segadores : “Con la hoz en la mano, de sol a sol, sin más sombra que la del ala del sombrero, ni más refrigerio que un trago de agua casi a la temperatura de las fauces; y todo por un pedazo de pan que, ni a aun a costa de tanto esfuerzo ganado, alcanza a hartar a la mujer y a los hijos: ¡pobrecitos!”.

En Juegos florales nos pinta exactamente las condiciones de los trabajadores temporales durante el mes de agosto en la siega: jornada de trabajo de doce horas, condiciones sórdidas de la gañanía donde quedan los hombres por la noche, sin comodidades ni higiene; desnutrición: los trabajadores sólo se alimentaban de gazpacho, y el largo periodo de paro estacional que sigue a la recolección y que llega a veces hasta seis meses. El autor los trata de mártires y da a entender que su vida es un calvario. Sugiere finalmente que estos hombres están en condiciones de esclavitud afirmando que pagan su derecho a la vida con su propia sangre.

Las novelas de Muñoz y Pabón tienen como telón de fondo una pintura del caciquismo. En sus obras encontramos una descripción de la corrupción pública. Nuestro escritor establece una clasificación de los diferentes tipos de caciques a los que divide en tres categorías: los pillos, los tontos y los pillitontos.

Los primeros son, naturalmente, los que aprovechan su cargo para enriquecerse por todos los medios: el autor los compara con los bandoleros andaluces más célebres. Los segundos acaparan el poder por vanidad y gusto del prestigio. Los últimos que aparecen como los más numerosos, tienen a su vez los defectos de los primeros y de los segundos y están ávidos de riqueza lo mismo que de poder.

Se encuentra a lo largo de cada novela de Muñoz y Pabón, pasajes a veces dignos de figurar en una antología, en los que denuncia con fina ironía a los caciques, tomando partido a favor de los humildes que son víctimas de ellos. Y como dijo el poeta: “Cada vez que sale el sol / me acuerdo de mis hermanos, / que sin pan y con fatigas / van a empezar su trabajo”.

 


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