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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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MENÉNDEZ PELAYO: LA INFANCIA PRODIGIOSA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“¡Ah, cuando yo era niño
soñaba con los héroes de la Iliada!”
Antonio Machado

 

Suele denominarse en España al niño precoz, niño prodigioso. Y hasta una simpática comedia de los hermanos Quintero lleva ese título: El niño prodigio. En ella se trata de un niño prodigioso violinista precoz, una especie de Mozart malogrado. Con el sano espíritu popular que alienta en sus mejores comedias, que aviva y alegra la totalidad de su teatro, los Quintero abogan en su comedia por darle al niño lo que es del niño, y al arte lo que es del arte, excluyendo del arte la precocidad natural. Lo prodigioso de la infancia, diremos, es la infancia misma. Y lo prodigioso de la precocidad infantil es su propia afirmación de infancia a través de toda la vida.

En su ensayo “Menéndez Pelayo visto desde su precocidad”., Marañón nos habla de dos clases de precocidades infantiles que denomina: “Precocidad estéril y precocidad creadora”. La que crece y se sublima con la evolución, es la precocidad creadora, y la estéril la que se diluye según avanza la edad. Ni que decir tiene que el punto de vista de Marañón para situar a Menéndez Pelayo es el de la precocidad creadora.

En los libros maestros de Menéndez Pelayo, como desde sus primeros ensayos infantiles precoces, se nos comunica el don divino de la lectura como creación, como poesía. La crítica en los escritos de Menéndez Pelayo es siempre poética, creadora. La madurez de esta obra prodigiosa de Menéndez Pelayo, diríamos paradójicamente que es una madurez de infancia.

El poeta es quien conserva toda su vida un niño, una niñez prodigiosa dentro de sí que le hace ver y sentir el mundo, la vida maravillosamente. Toda la ficción novelesca apasionante de Bernanos afirma ese don espiritual del prodigio creador de la niñez que culmina en sus dramáticas escenas admirables del Diálogo de los carmelitas, con la infantil figurilla inolvidable de Blanche de la Force: Blanca de la Santa Agonía, creación espiritual tan viva que ayudó al poeta que la hizo en su agonía propia. Como si a Cervantes le hubiese ayudado en su agonía –en sus ansias de muerte- su Don Quijote. Lo que es muy posible que sucediera. Sin niñez prodigiosa no hay Divina Comedia, ni Quijote, ni Rey Lear o Fausto posibles. Y menos, zorrillesco Don Juan. La precocidad creadora de que nos habla Marañón, preferimos llamarle nosotros infancia o niñez prodigiosa. Muy singularmente en el caso de nuestro Menéndez Pelayo, este prodigio creador de una perduración infantil durante toda la vida se nos evidencia.

Si como afirmó justamente Azorín debemos a la lectura de Menéndez Pelayo –junto a Costa y Galdós- la conciencia de España, de nuestra España viva, hemos de celebrar que Marañón nos ofreciera este punto de vista de su precocidad infantil, de su don poético, creador de un mundo de lectura maravillosa, para comprenderlo mejor. Leyendo los libros de Menéndez Pelayo, “desde el punto de vista de su precocidad infantil”, como nos dice Marañón –que es desde su don poético de precocidad creadora, de infancia prodigiosa-, se nos transmite ese don mismo, don vivo de maravillarnos, de sorprendernos, de admirarnos verdaderamente, poéticamente, haciéndosenos así de nuevo todo un mundo que es, no fue, mundo español y venidero. Conciencia luminosa de España.


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