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JACINTO OCTAVIO PICON: LA VOZ CON EL SINGULAR ENCANTO DE LA MODESTIA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Flérida, para mí, dulce y sabrosa
más que la fruta del cercado ajeno,
más blanca que la leche y más hermosa
que el prado por abril, de flores lleno;
si tu respondes pura y amorosa
al verdadero amor de tu Tirreno.”
Garcilaso de la Vega

Dulce y sabrosa es considerada la mejor novela de Picón. “Para mí –decía Ruben Darío-, y para todo el que tenga el gusto de lo humano y de lo pulcro, aparece como el fruto preciado fruto de su árbol literario esa Dulce y sabrosa, manzana de Garcilaso, novela de maestro, figuración llena de vida y hechizo”. Picón constituye riqueza apreciable junto a otros narradores de la estatura de Valera, Galdós, Clarín, Emilia Pardo Bazán, Alarcón, Pereda, Coloma, y más próximos a su ideología; José Ortega Munilla, Vicente Blasco Ibáñez o Felipe Trigo. En la personalidad y en la obra de este escritor notable se destacan: su liberalismo en todos los ordenes de la proyección humana, el realismo de impresión que inspira su arte narrativo y su defensa del amor verdadero: “este anhelo de ser querida más que deseada era todo mi afán”, dice una de sus protagonistas.

Jacinto Octavio Picón y Bouchet, hijo de un magistrado de la Audiencia de Madrid, nació en la capital de España el 8 de septiembre de 1852 y murió en ella, el 19 de noviembre de 1923. Estudió Derecho y sirvió un empleo en el Ministerio de Ultramar al que renunció al iniciarse la Restauración. Trabajó como corresponsal literario en El Imparcial, adonde envió crónicas sobre la Exposición Universal de París en 1878, colaborando después en El Correo, órgano político de Sagasta, y en Ilustración Española y Americana, y permaneciendo en la capital francesa hasta el otoño de 1880. Su labor periodística se proyectó también en La Europa y en El Progreso.

Lázaro su primera novela, de 1882, estudia la crisis de un joven sacerdote. Después fueron sucediéndose por este orden: La hijastra del amor, Juan Vulgar, El enemigo, La honrada, Dulce y sabrosa, Juanito Tenorio y Sacramento, su última novela, de 1914.

Fue Picón en 1884 secretario primero de la sección de literatura del Ateneo. En 1900 ingresó en la Academia Española con un discurso acerca del político gaditano Castelar al que contestó Juan Valera. En 1902 ingresó en la Academia de Bellas Artes, donde pronunció un discurso acerca de la escasez del desnudo en el arte español. En 1903 fue elegido, al lado de Joaquín Costa y Nicolás Salmerón, diputado por Madrid, como republicano. Fue Vicepresidente del Patronato del Museo del Prado y Bibliotecario de la Academia de la Lengua. El Gobierno de Francia le otorgó la Encomienda de la Legión de Honor.

El liberalismo de Picón en lo religioso, en lo estético, en lo social y económico, y en lo político se nutre en último término de la savia de la Revolución francesa, a través de los únicos filtros aportados por España: la Constitución de 1812, el liberalismo curtido en la lucha contra la causa carlista, el progresismo, la Gloriosa, la República.

Fue Picón, con eso y con todo un refinado burgués. De la afición de nuestro novelista a la buena cocina, sirva como testimonio la receta que bajo el nombre “Tortilla Jacinto Octavio” presentó Emilia Pardo Bazán en La cocina española moderna, con las siguientes palabras iniciales: “Esta fórmula, obra de renombrado literato español, más que literaria, parece financiera, porque es de lujo”. La complacencia de Jacinto Octavio en describir ropas, muebles, cuadros, grabados, vidrieras, esculturas, delatan justamente al experto en cosas de arte y al intelectual burgués que disfruta poblando su alrededor de objetos bellos o bonitos. Rubén Darío, la describe así: “Hidalgo antiguo con el aspecto de un clubman moderno: dedicado a sus libros viejos para saber y decir cosas nuevas”. Pero nada de esto impidió que fuese Picón un hombre de conciencia lúcida, valiente, y fiel al ideario aludido o al propósito de escribir “luchando, como soldado raso, contra las ideas, casi vencidas, de lo pasado, y a favor de las esperanzas de lo por venir”.

Entre sus cualidades morales, destaca la modestia, al decir de Antonio Maura, compañero suyo de estudios, no de credo político. “Hablaba poco, pero con singular encanto”, y “no tenía repliegues ni reservas; era la personificación sencilla y diáfana de la modestia, de la rectitud, de la lealtad y de la más afable cortesía”. Nunca cejó en su libertad de pensamiento y en su condena expresa al fariseísmo; defendió el derecho de la mujer al amor verdadero, y estuvo siempre al lado de los menesterosos y al servicio de unas ideas políticas. Y como dijo el poeta: “Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro. / Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto, / desprendido y sin peso / por lúcido ya loco”.

 


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