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MANUEL GONZALEZ PRADA: LA VOZ DEL ALIENTO REVOLUCIONARIO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Donde me estrechen generosas manos,
donde me arrullen tibias Primaveras
ahí veré mi patria y mis hermanos.”´
Manuel González Prada

 

Hasta su muerte será el escritor más genial del Perú, temido y odiado por muchos, rodeado por unos pocos discípulos. Después de su muerte su figura ha venido agigantándose: sus libros siguen haciendo discípulos. Rompió, violentamente, no sólo con las pequeñas mentiras de nuestra civilización, sino también con las grandes. Negó la tradición absolutista española, condenó los privilegios injustos, ridiculizó las academias y las plumas gazmoñas, castigó el optimismo de los tontos, maldijo la cobardía y la concupiscencia. En la prosa González Prada es una de las figuras más importantes del pensamiento moderno hispanoamericano, en la poesía un gran renovador de la métrica.

La protesta de González Prada fue terrible porque golpeaba no contra personas o partidos, sino contra la totalidad del orden vigente. Era anárquico, naturalista, partidario del indio y del trabajador. Su formación mental se había hecho con lecturas de Hegel, Schopenhauer y Nietzsche, un poco de Guyau y Renan, mucho casi todo, de Comte, Spencer, Darwin, Claude Bernard. Rechazó la metafísica y abrazó la ciencia, cuya influencia se nota en su gusto por las metáforas biológicas y físicas. A diferencia de otros cientificistas, sin embargo, colocaba la libertad y la igualdad por encima del orden y la jerarquía, y polemizó con sociólogos positivistas que hablaban de la inferioridad racial de los indios y el fracaso inevitable de los países hispanoamericanos. Acabó por exaltar más que el cientificismo, la idea anarquista. En Marx vio “uno de los grandes agitadores del siglo XIX”, pero se sentía más próximo a Proudhon, Tolstoi y Kropotkin.

José Manuel de los Reyes González de Prada y Ulloa nació en Lima el 5 de enero de 1848 y murió en su ciudad natal el 22 de julio de 1918. Pertenecía a una familia de raigambre aristocrática, pero el poeta peruano se identificó con los obreros y firmaba simplemente como Manuel González Prada. Se dedicó al periodismo y escribió en El Comercio hasta que le echaron por ir contra la línea ideológica del periódico, también publicó en algunas revistas como Los Parias y La Lucha. Tras la guerra con Chile irrumpe en la vida política de su país, denostando contra los regímenes políticos que ensanchaban aún más la crisis nacional en vez de cerrarla. Perú, entre el desorden y la dictadura, se debatía firmemente sujeto a unas estructuras sociales endémicas contra las que lanza González Prada sus prosas y sus versos; ensayos, discursos, poemas, todo se somete a una consigna: “Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra”. Viajó por toda Europa. Fundó el Circulo Literario, embrión del partido Unión Nacional. Al volver de su viaje por Europa (1898) se dedicó a propagar las ideas anarquistas a través de los movimientos anarcosindicalistas.

Al enjuiciar su obra literaria él mismo la define como “propaganda y ataque... hay que mostrar al pueblo el horror de su envilecimiento y de su miseria, nunca se verificó excelente autopsia sin despedazar el cadáver ni se conoció a fondo una sociedad sin descarnar su esqueleto. ¿Por qué asustarse o escandalizarse? La lepra no se cura escondiéndola con guante blanco”. De su prosa, que como su poesía está insuflada de un aliento revolucionario, destacaremos Páginas libres (1894) , artículos que antologizan lo mejor del pensamiento y de un estilo de tintas recargadas. De Paginas libres nos dijo Unamuno. “Es uno de los pocos, de los muy pocos libros latinoamericanos que he leído más de una vez, y uno de los pocos, de los poquísimos de los cuales tengo un recuerdo vivo”.

Su sinceridad le construyó un estilo: no hay , en estos años, ni en España ni en América, una prosa tan tajante como la de González Prada. La importancia del escritor peruano en la literatura hispanoamericana se debe más a su prosa que a sus versos: lo que no significa que sus versos fueran malos, sino que su prosa fue el vehículo de lo que a él más le interesaba que era el pensamiento crítico. Sin embargo, parte de su obra en prosa fue publicada después de su muerte. Entre los títulos más relevantes de su libros en prosa, citamos: Horas de lucha (1908), Bajo el oprobio (1933), Anarquía (1936), Nuevas páginas libres (1937), Propaganda y ataque (1939) y El tonel de Diógenes (1945).

En consonancia con su actitud, su poesía es intelectual y didáctica. Pero lo más notable es la revolución que introduce en el verso español: ritmos desusados, utilización de composiciones foráneas como el rondel francés, la spenserina inglesa o la balata y el extórnelo italianos.

En sus numerosos libros de poesía ataca y denuncia: por ejemplo, el clericalismo en Presbiterianas (1909), excesivamente prosaicas, y en Exóticas (1911), donde se perciben reminiscencias francesas; Libertarias (1938) expone parcialmente el pensamiento político; Baladas peruanas (1935) canta de forma elegíaca el indigenismo; Minúsculas (1901) deja entrever una melancolía romántica, mientras por Trozos de vida (1933) corre una emoción lírica.

González Prada creía que la poesía debía dar ritmos a la inteligencia e imágenes a la comunicación del saber. Pero así como en la prosa renovaba las ideas en el verso renovó las formas. Sus protestas se exaltaban líricamente; su espíritu estudioso lo llevaba a experimentar con la estructura rítmica del verso. Antes del Modernismo no encontramos en lengua española tanta variedad de versos como la que nos ofrece González Prada. Á la manera de Baudelaire cultivó las “correspondencias” entre los sentidos, la “sinestesia” tan preferida por los impresionistas: “En un país extraño”. Y como dijo el poeta peruano: “Yo no seré viajero arrepentido / que al arribar a playas extranjeras / exhale en sus labios un gemido”.


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