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EMILIO PRADOS: LA VOZ DE SOLO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“-¿Luna tendida en el monte?
-¡Luna de pie sobre el mar!
...Y el corazón, que va y viene
remando en la soledad...”
Emilio Prados


Prados soñaba que navegaba hacia España por el mar de su soledad. Regresaba a España sin saber de que lado iba a quedar su país, si descansando sobre el ayer, si levantando sus brazos al mañana. Así llegaba Emilio Prados hasta España. Cada día al despertar, el poeta malagueño veía que en ese mar tan suyo quedaba hundida y rota la barca de sus sueños.

 

“En febrero de 1939 -escribía Emilio Prados- pasé a Francia y desde este país al de México, en donde después de haber trabajado mucho en algunas empresas editoriales y después de trabajar infinidad de proyectos irrealizados, vivo en la actualidad solo con mi poesía y con mi responsabilidad de hombre en la tierra. ¡20 años casi! separado de mi España, pero viviéndola cada vez con más fuerza profunda. ¿He sufrido mucho? Recuerdo a Federico que me decía de broma siempre “Emilio Prados ¡un hombre que ha sufrido mucho! y recuerdo otra broma de Alberti -¿premonición también?- “Emilio te verás en el exilio” (Buscando el verso dio en lo cierto). Pero es el caso que aquí, hoy, a los 60 años, sigo siendo el niño que comenzó con su “cuerpo ¿aislado? perseguido” y en él estoy, como al nacer, nostálgico de “un no sé que” que a veces tiene forma de España, a veces del mundo entero...”

 

Darío Carmona malagueño, unido a Prados, desde las horas primeras del alumbramiento de la revista Litoral contaba que Emilio era “la desdicha sonriente” porque era un hombre al que le sucedían las grandes tragedias y grandes dramas, pero siempre los tomaba con un sonrisa abierta y nunca se le veía lo que se llamaba triste. “El nadaba mucho -nos decía Darío-, largamente, nadaba despacio, pero muy bien, e iba abrazando a cada medusa -en Málaga le llaman “agua mala”- que veía, la besaba y la abrazaba... y a la vuelta con el ácido fórmico tenía el pecho en carne viva. Pero esto no lo contaba como tragedia. Nos mostraba su pecho y explicaba qué había hecho y seguía su vida”.

 

El 24 de abril de 1962 murió en México este poeta tan malagueño y tan español. Allí se quedó Emilio después de vivir risueñamente -heroicamente- su soledad; una soledad querida, hecha adrede para su poesía y para él. “Yo tengo que vivir y morir solo”, replicaba a quienes se dolían de su solitario existir. Renunció a recorrer el tiempo para quedarse así, dentro de él, a riesgo de ahogarse en su infinitud. Mas encontró el centro de su tiempo, ese centro en que el tiempo se abre hacia adentro y hacia el más allá.

 

Los amigos que le acompañaron hasta el fin no lamentaban sólo la pérdida del extraordinario poeta, el de Vuelta, Mínima muerte, Memoria del olvido, Jardín cerrado, Río natural, La piedra escrita, etc., sino también el hombre bueno de una bondad que extrañaba, por lo inusitada y auténtica.

 

Y es que Emilio vivió su poesía y de su poesía hasta unos extremos difíciles de igualar. Austeridad rayana en la pobreza. Soledad a ultranza, pero sin que una y otra opacaran la luminosidad natural de su espíritu, ni obstruyeran lo más mínimo el generoso fluir de su ser hacia los demás. Porque entre sus rasgos más notables está su conciencia del prójimo; su falta casi total de egoísmo. Y anotemos también que su más delicada atención iba de preferencia a los humildes, a los seres indefensos, principalmente a los niños. Ello le conduce hacia el romancero tradicional, forma poética que considera más adecuada para cantar la miseria de su entorno y la injusticia que siente como algo propio; en especial cuando estalla la revolución de Asturias en 1934 y compone, tras los horrores de la represión, su Llanto de octubre.

 

Emilio Prados nace en Málaga el 4 de marzo de 1899. Viajó por Suiza; estudió en Friburgo y después en Madrid en la Residencia de Estudiantes. Fundador, junto con Altolaguirre, de la revista Litoral. Actuó como promotor y aglutinador de las nuevas corrientes puristas. Fue por medio de su empresa editora como se dieron a conocer los poetas del 27. No conviene olvidar que en los Suplementos de Litoral publicaron sus primeros libros Aleixandre, Altolaguirre, Cernuda y Prados, y sus segundos libros García Lorca y Alberti. Y que fue Litoral donde quedó plasmado el homenaje de la Generación del 27 a don Luis de Góngora, colaborando entre otros, nada menos que Manuel de Falla, Juan Gris y Pablo Picasso.

 

“En plena inquietud y nueva desorientación -decía Emilio Prados-, llegó el año de nuestra guerra, cogiéndome en el territorio de la República donde permanecí fiel a mí mismo y a mi discontinuo descontento”.

 

A partir de Vuelta toda la obra de Prados, presenta una rara y continuada unidad que le convierte en una especie de monólogo casi alucinante. La muerte y la soledad son las entidades que nutren ese monólogo. La nostalgia más tarde, se incorpora a ellas, cuando la tierra y el mar perdidos se hacen presencia obsesionante. “La soledad me persigue -le escribió a José Luis Cano en una carta- con su gran voz sin sonido... Tanto trabajo, tanta miseria, tanta falta de Dios, terminan por matarte... Y así creo que estoy, muerto...”

 

 

Emilio Prados, lírico de la muerte y de la soledad, poco después de su llegada a México, escribió: “Quien quiera estar vivo / empiece a morir”. Y su mar se tendió sobre la arena a esperar...


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