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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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EL SENEQUISMO DE QUEVEDO

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Aquí, para morir, me faltó vida;
allá, para vivir, sobró cuidado:
fantasma soy en penas detenida.”
Quevedo

He aquí a Quevedo: un moralista vivo, un hombre problemático. Se ha dicho de Quevedo que fue el último y el más grande de los humanistas del Renacimiento. Se diría mejor, que el único enteramente humano. Porque tan problemático en él es el humanista como el hombre vivo que lo verifica.

Quevedo, aprendiz de estoico, aficionado al estoicismo., toma de la filosofía moral, del estoicismo, de Séneca, sobre todo, su enseñanza. El acento de toda la poesía, en prosa como en verso, de nuestro Quevedo, es el acento moral del senequismo trágico. “Guía, defensa y consuelo” en las dudas, trabajos y persecuciones, nos dice el poeta, que le ha sido la doctrina estoica; sobre todo con Séneca al que traduce y glosa tan admirablemente. Recordemos lo que nos dijo el propio Quevedo, siguiendo a Séneca: que “la amistad es como la sangre, que acude a la herida sin esperar a que se la llame”. Y así tendremos a nuestro Quevedo, al leerlo, como por tan amigo de la verdad como amigo nuestro.

Nos dice Quevedo: “Díjome la Muerte: ¿qué miras? – Miro –respondí- el Infierno; y me parece que lo he visto otras veces. - ¿Dónde? –preguntó- ¿Dónde? –dije-: en la codicia de los jueces, en el odio de los poderosos, en las lenguas de los maldicientes, en las malas intenciones, en las venganzas...” ( es decir, en el mundo).

Morir es salir de este mundo: dejar de ser en él. Toda la metafísica quevedesca se sustenta de esta verdad; de ese dejar de ser, de ese cansancio; se alimenta, racionalmente, de esa nada; de ese vacío, que la sustenta, la sostiene, la mantiene viva con su angustia, su ansiedad, su constante desilusión y desengaño. “Soy un fue y un será y un es cansado”. Padece su razón Quevedo porque razona su pasión. Y pasión, de dolor o goce, para él, es tan sólo un mundo de muerte, porque pasión no es vida. Como no es verdad la razón. Mundo racional y pasional, el de Quevedo, tiene que acabar, como consecuencia de su propia finalidad moral, en la muerte y el juicio. Más quiero muerte con juicio que vida sin él, nos dice. Porque quiere tener razón y no verdad.

Se dijo de Quevedo, gran espadachín, que llevaba la muerte en la lengua como en la espada, en la punta de la espada, en la punta de la lengua. Una sátira, una burla, un chiste quevedesco, parece una estocada mortal; y lo es, en realidad; porque es siempre un juicio: mortal por serlo; más mortal mientras más certero.

Pero la vida no quiere ser juzgada por la muerte. El juicio racional de la vida humana es siempre juicio final, acaba con ella. No somos juzgados los hombres porque morimos: morimos porque somos o fuimos juzgados. Es el juicio, el acto de juzgar, el que nos mata quitándonos por la razón, por la pasión, la verdad inmortal de la vida.

Quevedo sabe que el delito mayor del hombre es haber nacido, porque ha nacido precisamente, hombre, esto es, mortal. Y su remordimiento se hará conciencia histórica, de hombre y de español. Por esta conciencia dolorosa, se ha dicho, justamente, que Quevedo es el primer español que ha tenido conciencia dolorosa de España; como también el primer humanista, siendo el último, que tuvo conciencia de ser hombre.

Vivimos de la muerte, morimos de la vida. Esto nos dice la razón, según Séneca, según Quevedo. Siempre la muerte –en el recuerdo, en la esperanza-, como la razón juzgadora, condenadora de la vida. Así nos dice el poeta: “Cansada de la edad sentí mi espada / y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuera recuerdo de la muerte”.

 


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