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LOS HERMANOS QUINTERO: LA VOZ DE LOS NIÑOS SEVILLANOS

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Nacimos entre espigas y olivares;
el uno esperó al otro en la lactancia,
y en el primer pinito de la infancia
ya escribimos comedias y cantares”.
Serafín y Joaquín Alvarez Quintero

El teatro de los Quintero refleja la estampa de una época que, entre risas y lágrimas, suspiros y añoranzas, retrató el vivir de ciertos personajes de un determinado medio social. Casi todo lo que escribieron los Quintero tuvo éxito, pero no tiene valor igual. “Los diálogos son animadísimos y graciosos –escribe Juan Valera-, el lenguaje propio y peculiar del pueblo de por ahí, las figuras bien trazadas y llenas de verdad y vida, y el ambiente todo del cuadro rico y de color local y la luz clara, brillante y poética de Andalucía”. La obra de los Quintero no es una idealización de Andalucía, sino una manipulación descarada de cuanto de profundo y trágico hay en el pueblo andaluz. No se debiera seguir manteniendo el mito de una obra profundamente andaluza en el teatro de los “niños sevillanos”. El andaluz de los Quintero es alegre, jovial, gracioso, no tiene grandes problemas y siempre encuentra soluciones felices a las zancadillas de la realidad.

Los Quintero fueron muy populares y celebrados. Maestros de la alegría y de la gracia, su musa es picaresca. “Estos autores –decía Clarín - son toda una revelación; significan un gran aumento del caudal de nuestro tesoro literario”.

Los Alvarez Quintero nacieron en la sevillana Utrera, Serafín, el 26 de marzo de 1871; Joaquín, el 20 de enero de 1873, los dos murieron en Madrid, en su casa de la calle Velásquez, el 12 de abrid de 1938 y el 14 de junio de 1944, respectivamente.

En 1878 la familia Alvarez Quintero se traslada a Sevilla. Los dos hermanos fueron al Colegio de San Lorenzo. De él pasaron al Instituto de San Isidro, en la calle Cervantes, frente al teatro de igual nombre. Fue en este teatro el estreno de la primera obra, Esgrima y amor, el 30 de enero de 1888. Serafín contaba diecisiete años, Joaquín quince. “La chiquillería del Instituto fue casi nuestro público; el éxito de la obra, caluroso, franco, grande, indiscutible”, recuerdan ellos. Desde entonces la popularidad de los “niños sevillanos” fue inmensa en toda Hispanoamérica.

En 1889, la familia Alvarez Quintero está en Madrid. Aquel mismo año consiguieron estrenar en la Corte. Se la prometían felices con aquel Gilito, puesto en la escena del teatro Apolo. Pero en los cinco años siguientes no consiguieron estrenar nada. Llegó el éxito clamoroso con El ojito derecho (1897) y La buena sombra (1898). Clarín escribió a los autores: “Me he reído hasta ponerme malo. Un sainete como La buena sombra honra al teatro español”.

Entre comedias, sainetes, entremeses, zarzuelas y dramas escribieron doscientas veintisiete obras. Entre las más conocidas citaremos: El genio alegre, El patio, Las flores, El centenario, Doña Clarines, Amores y amoríos, Puebla de las Mujeres, La flor de la vida y Tambor y cascabel. Y entre los dramas: Malvaloca y Cancionera.

El teatro de los Quintero tiene detrás, como tradición, una parte de nuestra literatura moderna; en él, claro, hay elementos de la tradición dramática, pero hay otros que no pertenecen a ella. Entre los dramáticos, por ejemplo, Don Ramón de la Cruz, poniendo a cuenta del ambiente andaluz lo que en sus Sainetes es ambiente madrileño: ambiente geográfico y racial. Pero también entra lo no dramático, y mucho, el costumbrismo romántico y la novela regional de la segunda mitad del siglo XIX.

De temperamento muy diferentes, Serafín era abierto, comunicativo, en tanto que Joaquín era introvertido. Quizá de esta disparidad, surgía la unidad compacta de su obra. Pocas vidas tan unidas, tan estrechamente enlazadas como las de Serafín y Joaquín. La colaboración entre los dos hermanos era total, y su integración era perfecta. Conmovedor ejemplo de una confraternidad literaria y humana que en la vida de las letras no cuenta con muchos antecedentes. Siempre, aún tras la muerte de Serafín, aparecieron sus obras firmadas por ambos. En el primera aniversario de la muerte de su hermano, Joaquín escribió un inspirado soneto: “Vives dentro de mí, muerto divino. / Vas a mi lado como sombra fuerte, / y hasta en tinieblas mi pupila advierte / luz de estrellas que alumbra mi camino...”

Serafín ingresó en la Academia de la Lengua el 21 de noviembre de 1920. Joaquín el 26 de abril de 1925. La ocasión para unir Serafín al nombre de su hermano al momento, lo encontró en la letra “H” que marcaba su nuevo sillón. “Esa letra –dijo- es inicial de la palabra “Hermanos”: dos trazos iguales unido por una fuerte ligadura, sin la cual la letra no es tal letra”. Cuando su hermano ingresó, aludió a tales palabras también en su discurso: “Uno del grupo interrogóle al otro, alzando la voz para que yo no le oyera: “Y ¿cómo vamos a llamar al nuevo Académico? Y el interrogado respondió sin vacilar un momento: “Pues, ¡llámale H!”.

La obra teatral tiene el gravísimo inconveniente de no poder subsistir, ni apenas existir, en cuanto teatro, sin el apoyo y el aplauso del público. La época del teatro quinteriano no es ya la nuestra de hoy, Y el teatro, además, exige siempre obras nuevas mejores o peores que las de ayer, pero nuevas. Pero nadie puede negar que el teatro quinteriano ha sobrevivido a sus autores y me parece difícil que lo que hay de realidad y de gracia en el mismo pierda vitalidad en el futuro. Tal como dijeron los Quintero: “Y hoy como ayer, sencillos escritores / que siguen, a la luz de sus conquistas / sembrando sueños porque nazcan flores”.

 


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