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ELENA QUIROGA: LA VOZ DEL ARTE DE NOVELAR

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Yo he escrito siempre con libertad
y no hubiera permitido que me la quitaran.”.
Elena Quiroga

 

Elena Quiroga perteneció a la generación de las posguerra. “Creo que todos (los de esta generación) nos caracterizábamos por la sensación de incomunicación, insolidaridad y soledad. Más exactamente: falta de libertad”, dijo en cierta ocasión. La palabra libertad tenía una gran significación para la autora. “He escrito siempre desde mi libertad”, dijo en otra ocasión.

Cuando en la escena literaria española dominaba el realismo social, se le consideraba, con cierta displicencia, una autora culta. Fue Elena Quiroga una de esas escritoras que se revelaron después de la guerra civil, como Carmen Laforet, Ana María Matute o Dolores Medio. Quiroga fue una de las escritoras que cambiaron, frente a la generación anterior, la manera de ver lo femenino, y que intentaron y consiguieron un género que sobrepasaba lo testimonial para adentrarse en lo psicológico.

Elena Quiroga de Abarca nace en Santander el 26 de octubre de 1921. Hija de los condes de San Martín de Quiroga, pasa parte de su infancia en Galicia. Aunque no estudió ninguna carrera universitaria, Quiroga se dejó guiar por su insaciable curiosidad intelectual atendiendo como alumna libre las clases que más le interesaban. Disciplinada y estudiosa, trabajó durante años unas cuatro o cinco horas diarias en sus novelas y o escritos.

Elena Quiroga ganó el Premio Nadal en 1950 con una obra a la que debió durante años su prestigioso literario, Viento del Norte, donde hay algunas resonancias de la Pardo-Bazán. Con Algo pasa en la calle se adentró Quiroga en un universo urbano y abordó temas más candentes, línea que prosiguió con títulos como La careta, La última corrida, Tristura, Escribo tu nombre y Presente profundo, su última novela , de 1973, de tonalidades abiertamente trágicas.

Su producción literaria se centra en los años cincuenta y sesenta, publicó diez novelas en catorce años. El ambiente gallego impregna la mayoría de sus novelas. También ha dejado algunos escritos en gallego.

Fue la segunda mujer –la otra es Carmen Conde- en entrar en la Real Academia Española; elegida en 1983, su discurso de ingreso un año después giró en torno a Alvaro Cunqueiro, de quien fue amiga personal. De su elección dijo Rafael Lapesa al recibirla en la ceremonia de ingreso que “entra en esta casa, no por ser mujer, ni por que es hermosa, linajuda y distinguida, sino sólo por su obra literaria; y en ella se manifiesta el don de sabiduría como conocimiento del alma humana, sagaz observación de lo significativo, rechazo de la desmesura y dominio del arte de novelar”.

Sus últimos años lo vivió a caballo entre el pazo de Nigrán (Pontevedra) y Madrid donde no solía faltar a la reuniones de la Academia. El 31 de agosto de 1995 sufrió una caída en el pazo de Nigrán y se fracturó en la cadera. La muerte le sobrevino el 3 de octubre de 1995, y sus restos fueron trasladados a Villafranca del Bierzo, donde fue enterrada en el mismo panteón que su esposo, el académico de la Historia Dalmiro de la Válgoma.

Elena Quiroga evolucionó desde la estructura muy tradicional de su primera novela, Soledad sonora, hasta la mayor complejidad de las ulteriores, aunque se mantuvo fiel a una temática basada en la introspección, en la creación de personajes solitarios y problemáticos, en el protagonismo femenino. Elena Quiroga ha sido durante años una presencia indispensable cuando se hablaba de novela femenina. Otra cosa es la pertinencia del concepto –más que discutible- y si la misma sensibilidad de la obra está en sintonía con lo que hoy piensan y escriben las más destacadas narradoras españolas. Y como dijo Buero Vallejo: “Era una mujer del pueblo en la Academia”.

 


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