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MANUEL REINA: LA VOZ SONORA DE LA POESIA COLORISTA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Tus ojos son espejos fulgurantes
que reflejan la hermosa Andalucía
con su pompa, gracia y alegría,
sus campos y sus cielos deslumbrantes.”
Manuel Reina

 

El aburguesado mal gusto que se adueñó de la poesía española de la época relista pudo oscurecer la entrañable y dolorida firma espiritual de nuestra poesía romántica, pero no pudo detener igualmente el espíritu sensual y colorista, el afán de belleza del modernismo que se anunciaba con la poesía de Manuel Reina, Ricardo Gil y Salvador Rueda. Luis Cernuda ha escrito que Reina, Gil y Rueda llegaron a “constituir un modernismo español anterior e independiente del americano”.

Manuel Reina y Montilla nace en Puente Genil, provincia de Córdoba, el 4 de octubre de 1856. Estudia la carrera de Leyes en Sevilla, Granada y Madrid. Funda periódicos y revistas, como la revista política y literaria La Diana, y llega a ser diputado y senador por el partido liberal. Su liberalismo político amenguó con los años abandonando finalmente las filas liberales para engrosar las de Maura. Por último, sin duda cansado y desengañado de la corte, se retiró a su rincón cordobés, y vivió hasta su muerte, ocurrida el 11 de mayo de 1905, en su finca de Campo Real , cerca de Puente Genil. A la muerte de Manuel Reina el poeta gaditano Eduardo de Ory exclamó: “¡Llorad! ¡Todos llorad! Aves y flores: / A vuestro amado, a vuestro gran poeta, / al que tuvo por lira una paleta / coronada de vivos resplandores”.

Entre los títulos más relevantes de su obra poética se cuentan: Andantes y allegros (1877), Cromos y acuarelas (1894), La vida inquieta (1894), La canción de las estrellas (1895), Poemas paganos (1896), Rayo de sol (1898) y su mejor libro, El jardín de los poetas (1899).

Manuel Reina se anticipa a Rubén Darío en la creación de la poesía colorista y sonora, de base sensorial que había de suceder al realismo anterior. Darío decía de él que era “en color, un Fortuny” y alababa su independencia y personalidad , así como su variada adjetivación y sus rimas que “le dieron –según el poeta nicaragüense- un puesto aparte, un alto puesto merecido”. Valera le señaló como “uno de nuestros mejores poetas” y Clarín la calificó de “moderno, modernísimo” . “Yo sentía simpatía por Manuel Reina –escribía Juan Ramón Jiménez-, único de los poetas “mayores” de aquella época que conocí personalmente y lo veía como el parnasiano español de mármol y rosas”.

En el poeta cordobés se halla algo que ya nada tiene que ver con el romanticismo o con el prosaísmo realista; su poseía es colorista y musical. Sus temas, sus ritmos, su afán de belleza –como en Gil y en Rueda- suponen ya una reacción contra el prosaísmo más o menos filosofante, moralizante, positivista o cívico de los poetas inmediatamente anteriores. Su sensualidad, su colorismo, su musicalidad, su evasión hacia la fantasía, son un preludio de lo que ha de ser la plenitud modernista.

No era un desconocedor del parnasianismo francés, que aportó al modernismo español, el afán de hallar la sonoridad como belleza. Y como la mayor parte de los modernistas españoles, alternó los poemas de acusado paganismo con otros de carácter religioso.

Manuel Reina buscó también la belleza en la musicalidad del verso, en nuevas combinaciones estróficas y en ritmos olvidados o no usados hasta entonces. Y en cuanto a lenguaje poético elige un léxico brillante, sorprendente y suntuoso en el afán de expresarlo todo. Las palabras alcanzan en la voz sonora de la poesía colorista de este cantor andaluz el valor que los diccionarios son incapaces de determinar: “Son tus ojos, mi bien, negros diamantes / en los que relumbra el sol del mediodía / ojos llenos de erótica poesía, / de llamas y promesas embriagantes”.

 


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