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JUAN REJANO: LA VOZ EN LA LEJANIA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Y mañana, amor, mañana
contigo, bajo los cielos
de la patria.
Ay, amor, amor, contigo,
bajo la paz de tus ojos,
en la paz del campo mío.”
Juan Rejano

 


Juan Rejano es un poeta hecho fundamentalmente en el exilio. “Nacieron estas canciones -escribía Juan Rejano-, que agrupo con el título de El Genil y los olivos, por una necesidad de aliviar el alma de tanto y tanto recuerdo como la embriaga, en esta lejanía amarga de España”. Pablo Neruda, el gran poeta chileno, en el prólogo de Memoria en llamas, primer libro de Rejano, nos dejó dicho: “Esto es Juan Rejano lleno de melancolía y de rumores, y éste es su primer árbol en que cada estrella, cada hoja y cada nido guardan los brillos rectilíneos de la conciencia, y los destellos insurgentes de la sangre, y la luz machacada de esta hora de las vidas”.

 

Juan Rejano es un poeta andaluz por los cuatro costados. Nació el 20 de octubre de  1903, en Puente Genil, provincia de Córdoba, donde inició sus estudios, destacando sus atracciones por la música y sobresaliendo como excelente violinista. Prosiguió sus estudios en Madrid. Sus primeros escritos aparecen en las revistas locales Ideales, Bética y Revista Popular. Tras la guerra de Marruecos se establece en Málaga. Su generosa amistad con Emilio Prados, Manuel Altolaguirre y José María Hinojosa encauza su vocación literaria. En Málaga Prados y Altolaguirre editaban la revista Litoral en la que colaboró Rejano. Vuelve a Madrid y publica sus trabajos literarios en revistas como El Estudiante, Postguerra, La Gaceta Literaria y Nueva España. Durante la guerra siguió ejerciendo el periodismo en la zona republicana. En 1939, el exilio primero en Francia, por breve tiempo, y luego en México. Rejano había publicado muy poca poesía en España, hay algunos poemas suyos dispersos por revistas andaluzas de preguerra. En México realiza una intensa labor literaria y editorial. Allí fundó y dirigió, con Miguel Prieto, Lorenzo Varela, Antonio Sánchez Barbudo, Adolfo Sánchez Vázquez y José Herrera Petere, la revista Romance, que adquirió resonancia continental a los pocos meses. Más tarde fue jefe de redacción de la revista ARS y creó, con sus amigos los poetas españoles José Moreno Villa, Prados, Altolaguirre y Francisco Giner de los Ríos, la revista Litoral, como recuerdo transterrado, pudiéramos decir, de aquella otra malagueña que tanta influencia ejerció en las corrientes poéticas de los años 20 al 30. También con el pintor español Miguel Prieto fundó y dirigió la revista Ultramar, en la cual como en todas las anteriores, procuró difundir los valores de la cultura española e hispanoamericana, cosa que también llevó a cabo por medio de cursos especiales sobre literatura en algunas universidades mexicanas y en multitud de conferencias en centros de carácter cultural. En 1947 se le encomienda la dirección del suplemento dominical literario y artístico del diario El Nacional, que ejerce hasta 1957, reincorporándose a ella en 1969. Viajó por Norteamérica y América Central, Europa, África y Asia. Juan Rejano murió en México el 4 de julio de 1976, cuando preparaba su regreso a España.

 

En 1943, Rejano, a sus cuarenta años, ya en México, publica su primer libro de poemas Fidelidad del sueño, que realmente es un volumen compuesto por Memoria en llamas y el propio Fidelidad del sueño.

 

Muchos libros de poesía iban a seguir en los años siguientes (El Genil y los olivos, El oscuro límite, Noche adentro, Cantar del vencido, Canciones de la paz, El río y la paloma, Libro de homenajes, El jazmín y la llama, La tarde, Elegías mexicanas...), todos ellos publicados en México.

 

Hay que esperar hasta 1977, muerto ya el poeta, para que aparezcan en su tierra dos selecciones o antologías de su obra.

 

Como sugiere el título de su primer libro Fidelidad del sueño en Rejano convivía junto al poeta comprometido y solidario, testimonial y militante, el poeta contemplativo e intimista, subjetivo y soñador. Controvertido el destino lírico -como la vida misma- del poeta: entre dos aguas, entre dos tierras, entre dos cielos expectantes, detrás del mundo.

 

Llanto. De ausencia física del hombre desterrado. Llanto del alma. Y ausencia., el gran sentimiento de Rejano. Un español, un andaluz cuya bondad y generosidad no tenían límites, y a quien, en los años amargos del destierro, pocos ganaron en limpieza, en desprendimiento, en sentido de la amistad y de la fraternidad. Su instalación en el mundo era de una perfecta elegancia. Su inocencia inteligente le procuraba el sosiego propio de las criaturas magnánimas, la tolerancia de la compresión, la delicadeza, el pudor del discreto.

 

En endecasílabos la palabra poética de Juan Rejano se hace nostalgia y angustia, un desvivirse no místico, sino profunda y doloridamente humano. “No vivo en ti, no vivo en mí, no vivo / sino ardiendo entre llama y luz da ausencia, / presente sobre el tiempo y la impotencia / de esa raíz que tiene el ser cautivo”, para terminar el mismo soneto con la invocación y la confesión explícitas, apasionadas: “Mírame aquí, lejana España mía, / devanando en tu imagen mi agonía, / madura la pasión , la sangre alerta”.

 

Rejano en su primer libro ya expresa el deseo de morir en España, deseo que no pudo cumplirse: “No quiero aquí morir, que aunque la muerte / gozosa, rumorosa, de tenerte, / rosal oculto, dentro, vida llevo, / este sueño volver quiero al regazo maternal de mi tierra y en abrazo / profundo hacerlo florecer de nuevo”. Deseo que se mantiene durante el largo, amargo y lejano destierro. En su último e inacabado poema, Juan Rejano nos grita: “...España, España / acércame tus labios... Estás a un vuelo de mi sed. Me muero / por besar tus olivos”.

 


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