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FRANCISCO DE RIOJA: LA VOZ DEL POETA DE LAS FLORES


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Pura, encendida rosa,
émula de la llama,
que sale con el día,
¿cómo naces tan llena de alegría,
si sabes que la edad que te da el cielo
es apenas un breve y veloz vuelo?”
Francisco de Rioja

 

Ninguna de las composiciones poéticas de Francisco de Rioja es tan conocida y tan bella, como la de A la rosa que figura entre “Las cien mejores poesías líricas de la lengua castellana” , escogidas por Menéndez Pelayo, entre lo mejor de la literatura española antigua y moderna.

Francisco de Rioja nace en Sevilla en 1583 en el seno de una humilde familia. Se inicia desde bien temprano en la profesión clerical y conecta con los círculos cultos de la ciudad, particularmente con el taller-estudio del pintor Pacheco. También en su juventud se granjea la amistad de don Gaspar de Guzmán, futuro conde-duque de Olivares, quien, con el acceso al trono de Felipe IV en 1621, afirma definitivamente su poder como gran valido, reclamando en seguida a la corte a su amigo como consejero y abogado de cámara. Allí le viene al poeta sevillano una sucesión de cargos (bibliotecario del rey, cronista de Castilla, consejero de la Inquisición) que traducen la protección real de que gozó. Acompañó al conde-duque al destierro; volvió luego a Sevilla y más tarde a Madrid, donde murió en 1659.

Frente a esa biografía externa, nos encontramos con un poeta intimista que canta a la paz interior y al reposo. Escribió Rioja unos treinta sonetos amorosos y algunos menos de carácter filosófico, cuyo tema capital es la brevedad de la vida e inestabilidad de la fortuna. Varios de ellos se dirigen a árboles o plantas – A la vid, A unos álamos blancos, A un fresno-: algunos al Guadalquivir; dos, muy notables A las ruinas de la Atlántida y A Itálica, que testimonian la afición por las ruinas, aun no siendo suya la famosa Canción a las ruinas Itálica. El gusto por los motivos arqueológicos y el recuerdo de viejas ciudades destruidas se evidencia en muchos pasajes de su obra; así el soneto acabado en este terceto: “Pues la ínclita Sagunto, por sufrida, / más que a sus fuertes muros y a su gente, / debe a la adversidad su alta memoria”.

Con mayor maestría que el soneto maneja Rioja, sin embargo, la silva. Son notables la dirigida Al verano, en que invita a aprovechar el tiempo en el trabajo, y le ruega que se detenga para demorar la llegada de otras estaciones, unidas a la destrucción y el dolor; Al fuego, A la riqueza. Pero ninguna tan justamente famosa como las silvas A la rosa, Al clavel, A la rosa amarilla, A la arrebolera, por las cuales ha merecido Rioja ser llamado el “poeta de las flores”. De acuerdo con su propósito moral, el poeta aprovecha la fugacidad de su hermosura para elevarla a símbolo de lo caduco de la vida y de la gloria humana. Pero junto a la reflexión moralizadora, la poesía de Rioja es un canto permanente a la belleza inmediata, hábilmente reflejada en unos versos llenos de cromatismo.

La silva dedicada A la arrebolera (o dondiego de noche, cuyas flores se abren al anochecer y se cierran a la salida del sol) supone la síntesis del pensamiento poético de Rioja: la felicidad está en no aspirar a sobrepasar los límites fijados por la naturaleza. Y es que, como dijo el poeta sevillano: “Y tú, admirable y vaga, / dulce honor y cuidado de la noche, / si la llama y color el sol apaga, / ¿cuál mayor dicha tuya / que el tiempo de tu edad tan veloz huya?: / no es más el luengo curso de los años / que un espacioso número de daños”.

 


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