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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LUIS ROSALES: LA VOZ DE LA MEMORIA DEL VIVIR

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“La Creación sigue abierta paso a paso
y tiene en ti un trasplante de alegría ,
la mano eres de Dios, Pablo Picasso,
que hace el mundo de nuevo cada día.”
Luis Rosales

 

Luis Rosales, poeta de la generación del 36, sólo vive desviviéndose. Lentamente se desvive Rosales en su poesía. Desde su juventud, era ya para los amigos “el poeta Rosales” . En el se adivinaba la realización de la poesía como forma de vida. La poesía formaba parte de su realidad. Es decir , la poesía era su condición, su ambiente, su morada. Probablemente por esto Rosales no ha abandonado nunca la poesía, ni la ha sacrificado a otra cosa.

Luis Rosales nace en Granada el 31 de mayo de 1910. En su ciudad natal cursa los estudios primarios y secundarios. Se licencia y doctora en la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, ciudad donde residió y donde murió el 24 de octubre de 1992.

Fue secretario de la revista Escorial. Estuvo también unido al grupo de José Bergamín, en torno a la revista Cruz y Raya. Fue durante años director de la revista del Instituto de Cultura Hispánica Cuadernos Hispanoamericano y de la revista Nueva Estafeta. En 1962 es elegido miembro de la Real Academia Española. Por su obra Rimas (1951) , o btuvo el Premio Nacional de Poesía, por su obra Lírica española (1973), obtuvo ex aequo con Antonio Gallego Morell, el Premio Miguel de Unamuno y por su obra Un rostro en cada ola (984), el Premio Ciudad de Melilla. También ha obtenido el Premio Mariano de Cavia en 1962 y el Premio de la Crítica en 1970. Finalmente, ha sido galardonado con el Premio Miguel de Cervantes en 1982.

Rosales empezó en Abril (1935), su primer libro, escribiendo poesía amorosa: como Garcilaso, como Lope, como Espronceda, como Bécquer, como Salinas; pero luego llegó –como Antonio Machado- a escribir “poesía enamorada”, que no es lo mismo y es más sutil. Algunos estudiosos recuerdan con relación a Abril, al Jorge Guillén de Cántico. Sonetos, décimas, romances octosílabos mostraban su preocupación formal, la búsqueda de un clasicismo del verso y la estrofa, en los que igualmente se instalaba su compañero de la generación del 36, Miguel Hernández. Todos los comentaristas de Abril destacan la presencia religiosa de este primer libro del joven poeta granadino. Religiosidad que también aparece en los poemas juveniles de Miguel Hernández, pero que estaba casi por completo ausente –con la excepción de Gerardo Diego- en los poetas del 27. A este libro le siguió, después de la guerra civil, Retablo sacro del Nacimiento del Señor (1940), de impecable corrección formal y del que publicó en 1964, una segunda versión aumentada.

Pero, quizá sea La casa encendida la obra más importante de Rosales. Se publicó por primera vez en 1949, una nueva versión algo más ampliada, apareció en 1967. La casa encendida es un poema largo, de verso libre, en el que se aproxima a los giros realistas y, a la vez, al superrealismo aumentando su emotividad anterior. Rimas (1951) es más conceptual e intimista. El contenido del corazón (1969) es un magnífico libro de poemas en prosa. Ha escrito también un estudio sobre Cervantes y la libertad (1960), Antología de la poesía heroica española en colaboración con Luis Felipe Vivanco, Primavera y flor de la literatura hispánica (1967), antología en colaboración con Dámaso Alonso y Eulalia Galvarriato. Publicó además: Canciones (1973), Como el corte hace sangre (1974), Diario de una resurrección (1978), Un puñado de pájaros (1979), Un rostro en cada ola (1981) y Oigo el silencio universal del miedo (1984).

Fue en los poetas “puros”, desde Juan Ramón Jiménez a Guillén y a Aleixandre, donde ciertamente tuvo su aprendizaje y devoción Luis Rosales. El buscaba la palabra limpia, la rima absolutamente limpia, la expresión ágil para llegar con toda pureza a la manifestación más clara, más evidente de las más universales certezas del corazón.

“Quiero –escribe Rosales- decir una cosa tan sólo, que creo en la poesía, y lo diré, y lo seguiré diciendo”. Y uno llega al convencimiento de que sin la poesía, Rosales no hubiera podido vivir. “Si es que algo queda –continúa escribiendo Rosales-, en la ceniza de mis palabras será también poesía. Vivir es ver volver. El tiempo pasa; las cosas que quisimos son caedizas, fugitivas se van. Y esto es morir: borrarse de sí mismo”.

Su verso y su prosa son, a sabiendas una viva memoria de lo verdadero, para mantener, como se pueda, “esa memoria del vivir, que es la unidad de nuestra vida personal, la poesía, y solamente la poesía”.


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