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ENRIQUE DE MESA Y ROSALES: LA VOZ DEL CANTOR DEL CASTILLA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Sol de mediodía. Castilla se abrasa.
Tierra monda y llana: ni agua, ni verdor,
ni sombra de chopo, ni amparo de casa.
El camino, blanco. Ciega el resplandor.”
Enrique de Mesa

 

La poesía de Enrique de Mesa está enraizada en el terruño castellano, y dentro de él, en región de acusadas lindes, la sierra de Guadarrama, con sus puertos, aldehuelas y pueblecitos serranos. Tan ligada se halla al lugar de su cuna, montañas tierra adentro, y de tal suerte se corresponde la expresión con lo expresado, que no hay en ella palabra vacía, ni voz que no represente un objeto o una emoción directamente llegada al espíritu a través de los sentidos.

La perfección de la poesía de Enrique de Mesa refleja la perfección de aquellos tres viejos maestros de la poesía castellana: Gonzalo de Berceo, nacido en Berceo; el Arciprestre de Hita; de Alcalá de Henares, y el Marqués de Santillana, de Carrión de los Condes.

La poesía de Enrique de Mesa se caracteriza, como la poesía castellana, por el vocabulario, compuesto de voces concretas. En ella cada cosa está designada con su nombre.

El romance añejo y la poesía de moderna de Enrique de Mesa pertenecen, en su aspecto plástico, a la escuela de pintura castellana: la pintura realista. Pintura que nos da los objetos, no solamente como si los viéramos, mas también como si los tocásemos. La poesía de Enrique de Mesa abunda en cuadros plásticos, lo mismo que las gestas del romancero: “La yunta de los bueyes cruza lenta / por los terrones duros del rastrojo, / y la figura del gañán se aumenta / al recortarse sobre el cielo rojo”.

Enrique de Mesa y Rosales nació en Madrid el 9 de abril de 1878, muriendo en la misma capital de España el 27 de mayo de 1929. Desde muy mozo, mostró una decidida inclinación por el cultivo del arte literario.

En 1905 aparece El retrato de Don Quijote, y en 1906, Tierra y alma, con una serie de impresiones de la sierra de Guadarrama. Más adelante, pulido ya su estilo de impecable prosista, y dando prueba de su clasicismo incomparable, publicó Cancionero castellano. El año 1916 logró el premio Fastenrath con El silencio de la Cartuja, verdadero ejemplo de pureza estilística.

Suspendidas un tanto sus labores poéticas, entregóse por completo a la divulgación literaria en continuadas conferencias pronunciadas en el Ateneo de Madrid, dedicándose también a estudios de investigación historicopoética que tuvieron sazonado fruto en un amplio y documentado ensayo dedicado a la poesía y a los poetas en La corte de don Juan II . Años después, en 1928, reanudaba sus tareas de extraordinario rimador con La posada y el camino, nuevo alarde del idioma hispano.

La nota característica, esencial de la poesía de Enrique de Mesa, está en su prieto entronque con los versificadores castellanos de los siglos XVI y XVII, que en la contemplación de la naturaleza y en el puro costumbrismo encontraron los motivos de su inspiración elevada y profunda a la vez. Enrique de Mesa, como el maestro Antonio Machado, a cuya diestra tiene inmediato puesto en la lírica contemporánea española, descubre en las perspectivas y tipos la vieja Castilla toda la recia y magnífica belleza que atesoran las fragosidades serranas y las infinitas lontananzas de la meseta central ibérica, pobladas las unas y las otras por hombres y mujeres excelsamente percibidos y cantados siglos atrás por el Arcipreste de Hita y el Marqués de Santillana.

Enrique de Mesa colaboró en varias revistas, como Helios y Faro, y en los Lunes de El Imparcial. Hizo la crítica teatral en La Correspondencia , La Tribuna y El Imparcial. También colaboró en La Nación y Crítica, de Buenos Aires.

Era Enrique de Mesa empleado del Ministerio de Instrucción Pública, y como tal fue varios años secretario de Museo de Arte Moderno. De este cargo fue destituido por la dictadura de Primo de Rivera y confinado en Soria en enero de 1929, el año de su muerte.

Enrique de Mesa cuidaba incansablemente la perfección de sus versos, que no prodigaba. Y gustaba sobremanera de los vocablos concretos, realistas, vivos, en la boca de zagalas y cabreros, de sabroso regusto castellano. Y como dijo nuestro poeta: “Sé que fui loco . No me arrepiento. / Fui venturoso con mi locura. / Hoy , ya sensato, tan solo siento / la gran tristeza de mi cordura”.

 


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