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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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CESAR GONZALEZ RUANO: LA VOZ DEL PERIODISTA POETA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Vino, venció. Fue vencido
en lo que quiso vencer.
Escribió, y en el tintero
dejó lo que quiso hacer
por hacer lo que quisieron
Y se fue.”
César González Ruano

 

Baudeleriano apasionado –fue en su juventud biógrafo de Baudelaire-, amador de las flores del mal estético de cada día, siempre he creído con el poeta, y este es uno de los secretos mayores de su triunfo que la inspiración en caso de existir, le coja trabajando... Viajes, aventuras, casas en Capri, palacio en Cuenca, cafés...; pero la mayor sorpresa de los jóvenes que le admirábamos era verle trabajar en el café con la misma puntualidad de una oficina y sin levantar la cabeza. Escribir todos los días y todos los días muchas horas con destino a una publicación concreta, y tantas veces con el pie forzado de una fotografía recibida, de una crónica encargada, de una entrevista pedida, de una sección abierta, para los folios justos del hueco que le espera. Fue César González Ruano en esto el ejemplo mayor del escritor devorado por el periodismo. César aludió muchas veces a la transformación del oro en calderilla que significa esta manera de trabajar. Nos lo había advertido:”Esta profesión lleva en el tuétano la maldición del olvido”. Pero también le he oído decir de los aciertos, consistencia del estilo, obra que levanta este disciplinado y remero escribir por la honra y mantenencia de cada jornada. Los periódicos y los lectores salen ganando. El escritor, ¿quién sabe? Lope hacía comedias para demandas así, pues más de cientos en horas veinticuatro pasaron de la musa al teatro.

César González Ruano ha conseguido así que ese lujo de la colaboración literaria en los periódicos –ventana cultural, divagación estética, ensayismo- se haya convertido en funcional, periodística pura, pues todos los articulistas que han venido después de él tienen, si quieren permanecer -¡esto es lo bueno!-, mucho de su levedad, pues comentar una noticia se ha ennoblecido de belleza literaria.

César González Ruano nace en Madrid el 22 de febrero de 1903 y en su ciudad natal cursó la enseñanza elemental, así como en Santiago de Compostela la superior, que terminó en Zaragoza y Madrid, donde se licenció en Derecho en 1916, carrera que sólo ejerció un año para cultivar después, con absoluta dedicación el periodismo y la literatura en todos sus géneros. Su fama se debe fundamentalmente a los artículos cortos que escribía habitualmente en el desaparecido café Teide del paseo del Recoletos de Madrid. González Ruano murió en Madrid en 1965.

Ha pertenecido a las redacciones de La Epoca, Heraldo de Madrid e Informaciones, y como corresponsal de A B C, residió en Berlín y Roma. Estuvo varios años en Lisboa y París. En Lisboa como corresponsal de Heraldo de Madrid. Ha colaborado en las revistas españolas Estampa, Nuevo Mundo, Crónica, Mundo Gráfico y La Esfera., así como, en Social, de La Habana, entre otras. Ha obtenido el premio Mariano de Cavia de 1931 y el del Café Gijón , de novelas cortas, por la suya titulada Ni César ni nada. En 1960 le fue concedida una pensión March de Literatura.

González Ruano vino escritor sin desmayo a lo popular del periódico y en lo popular del periódico continuó hasta que le llegó la muerte. Y puso notas humanas y populares cuando su periodismo, sus crónicas de Berlín, Roma y París, le cargó de la responsabilidad de pulsar el acontecer del mundo en los centros neurálgicos heridos. Pero en lo popular se infiltró fácilmente las fantasías del arte, y, lo que ya es más difícil, el otro aristocratismo de su estilo lírico, lleno de vibraciones sutiles, de quintaesencias y primores, de refinamientos y de gracias.

César Gonzáles Ruano ha sido un corresponsal de periódicos en el extranjero o, en todo caso, un colaborador asiduo. El tono poético predomina en toda su obra, sea novela, reportaje, artículo o colección de ellos, aparte de sus poemas propiamente dicho.

Como escritor dramático escribió la comedia poética La luna en las manos (1934). Sus poemas que van desde el ultraísmo a formas más tradicionales, están recogidos en dos libros antológicos: Aún (1934) y Poesía (1944). Sus primeras novelas, entre las que destacan La inmolada (1926), Circe (1935), Manuel de Montparnase (1944) e Invitación al amor (1947), retratan personajes mundanos, a estas siguieron: Ni César ni nada (1951), Los oscuros dominios (1953), Cita con el pasado (1954) y el volumen A todo el mundo no le gusta el amarillo (1961), de trasfondo biográfico. Entre sus restantes obras citaremos sus libros de memorias. Mi medio siglo se confiesa a medias (1951), La memoria veranea (1960) y Diario íntimo (1951-1965) (1970), publicado póstumamente.

Pero de toda su obra, nada tan sugeridor y perfecto como sus trabajos periodísticos, hechos con gracia, no exenta de lirismo, y en los que, entre una sutil ironía, se ajustan y relumbran los detalles como en una pieza de orfebrería. Y como dijo nuestro periodista –sin dejar de ser poeta-: “Y con las cuencas de mis ojos / querrá adivinar tal vez / lo que vi... cuando veía / y yo nunca miré”.

 


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