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LOPE DE RUEDA: LA VOZ DEL PADRE DEL TEATRO ESPAÑOL


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es


“Ahora, por cierto, ¡qué cosas vemos en
esta vida, que ponen espanto! Las aceitunas
no están plantadas, y ya las hemos visto reñidas.”
Lope de Rueda

 


Lope de Rueda fue el verdadero creador del teatro español, a quien Moratín consideraba merecedor de que se le llamara “el padre del teatro español”. Ya en 1544 tenía escrito su primer paso, piececilla de una sola escena, completamente original de carácter cómico y en prosa corriente, verdadera invención suya. Según dijo Cervantes que recordaba en su vejez haberle visto cuando muchacho, “en el tiempo de este célebre español todos los aparatos de un autor de comedias se encerraban en un costal, y se cifraban en cuatro pellicos blancos guarnecidos de guadamecí dorado, y en cuatro barbas y cabelleras y cuatro cayados, poco más o menos. Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora.... El adorno del teatro era una manta vieja, tirada con dos cordeles  de una parte a otra, que hacía lo que llaman vestuario, detrás de la cual estaban los músicos cantando sin guitarra algún romance antiguo”.

 

Rueda fue el primero que llevó el tablado a la plaza pública; que sustituyó por muchachas los muchachos que representaban los papeles de éstas; que dio al teatro el carácter verdaderamente popular. Por algo le llamaba Cervantes el gran Lope de Rueda y Gracián le calificaba de “prodigioso”  en su Agudeza y Arte de ingenio.

 

Lope de Rueda,  nacido en Sevilla, hacia 1510,  de humilde familia, ejerció el oficio de batihoja o batidor de panes de oro, que abandonó por el teatro, uniéndose a una compañía italiana (1537), de la que separó en 1545. En 1551 tenía ya, seguramente, formada compañía propia, y se estableció en Valladolid. Con su compañía cumple contratos con diversos organismos oficiales y familias como la casa de Benavente, que en 1554 lo contrató para organizar las fiestas que, con motivo del paso de Felipe II por sus tierras, preparaban. Se sabe de su estancia en Segovia, Valencia, Toledo, Madrid y Sevilla. Casado en dos ocasiones, la primera,  con una bailarina Mariana, que trabajó al servicio del Duque de Medinaceli, y la segunda , con  Rafaela Angela, con la que tuvo una hija. En Valencia trabó amistad con el dramaturgo Juan de Timoneda, que editaría póstumamente sus obras y que se llama a sí mismo en un soneto laudatorio “embajador humilde” del “en todo universal Lope de Rueda”. El padre de teatro español muere en Córdoba en 1565.

 

Pese a la escasa simpatía oficial de que gozaban los cómicos (se les obligaba a vestir de modo distinto para ser fácilmente reconocidos, según algunas pragmáticas), la fama de Rueda y su compañía fue inmensa. Cervantes le llama “varón insigne en la representación y en el entendimiento”. Hoy se tienen por obras de Lope de Rueda, cinco comedias: Eufemia , Armelina, Engañados, Medora, y, en verso, Discordia y cuestión de amor; tres coloquios pastoriles, un  Diálogo sobre la invención de las calzas, un Auto de Naval y Abigail y veinticuatro pasos, catorce de ellos intercalados en las comedias.

 

Este dramaturgo de comedias largas sobrevive precisamente por piezas de relleno. A Rueda lo que menos le importa son los temas y la cohesión argumental, pretexto para intercalar escenas sueltas, “pasos” que podían aislarse y en un momento dado prescindir de la comedia en que se insertaban. Son, en realidad, cuadros costumbristas en forma dialogada, que constituyen el precedente inmediato del entremés, tan afortunadamente cultivado por Cervantes y otros dramaturgos del Siglo de Oro.

 

Dejando a un lado su formación italiana, Rueda da rienda suelta en los pasos a su sagacidad para la observación, a su sentido realista desnudo de retóricas, a su vitalidad burlona, a la rudeza sencilla del pueblo a que se hallaba vinculado. Estas piezas recogen una leve anécdota y, con ella, se construye un trozo de vida, lleno de fuerza y de expresividad. La figura del bobo anuncia lo que será el gracioso o figura de donaire en el teatro de Lope de Vega. Muchas de estas obritas se han popularizado en la escena española; seguramente las más conocidas son La tierra de Jauja, donde el campesino es engañado mientras se le encandila con las maravillas que se comen en Jauja, pueblecito cordobés;  El convidado, en la que se representan los apuros de un licenciado y un bachiller para no cumplir su obligación de invitar a un huésped; por último, el paso Las aceitunas, recoge la famosa “fábula de la lechera”, aunque con una versión argumental propia; el precio a que han de venderse unas aceitunas que aún tardarán más de veinte años en ser recogidas porque serán las procedentes de unos olivos que acaban de plantarse. Pasos también célebres son Pagar y no pagar, Cornudo y contento, La carátula, El rufián cobarde, La generosa paliza y Los lacayos ladrones.

 

Con los pasos, Rueda rompe la ñoñería del teatro italianizante, lo sagrado de la escena, a la que desenvara de su rigidez; introduce la grosería, la risa , lo grotesco, con lo cual los esquemas quedan desmitificados. En vez de construir utópicamente personajes, héroes, caracteres, consigue por medio de la gracia popular llegar a lo cotidiano. El padre del teatro español, como afirma Cervantes  “vistió de gala y apariencia lo que hasta él anduvo pobre y en mantillas”.

 

 


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