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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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DIEGO DE SAAVEDRA FAJARDO: LA VOZ DE UN GRAN PROSISTA BARROCO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“... escribiendo en las posadas lo que había discurrido
entre mí en el camino, cuando la correspondencia
ordinaria de despachos con el rey nuestro señor
y con sus ministros, y los demás negocios públicos
que estaban a mi cargo, daban algún espacio de tiempo”
Diego Saavedra Fajardo

 

Las primeras noticias que se poseen del diplomático murciano pertenecen al campo de la poesía, aunque no era en ésta donde estaba llamado a destacar. Las obras literarias de Saavedra Fajardo son el resultado de su vocación política y diplomática; pese a lo cual, su primer libro es la República Literaria , escrita como un entretenimiento de juventud, aunque no fue publicada en vida del autor.

La pléyade de prosistas de barrocos, capitaneada por Quevedo y Gracián, se completa con otra notable figura: la del diplomático murciano don Diego de Saavedra Fajardo.

De familia ilustre y acaudalada, nació Saavedra Fajardo en la hacienda familiar próxima a Algezares, provincia de Murcia, y fue bautizado el 6 de mayo de 1584. Cursó Jurisprudencia y Cánones en la Universidad de Salamanca y se graduó de Bachiller en abril de 1606; en diferentes documentos se le da el título de Licenciado.

A los veintidós años –1606- fue Saavedra a Roma en calidad de familiar y notario de la curia del cardenal don Gaspar de Borja, embajador de España en la corte pontificia, cargo que le permitió conocer a importantes personajes y penetrar tempranamente en los secretos de la diplomacia. En julio de 1617 fue nombrado Saavedra canónigo de Santiago. Hasta 1623 estuvo ocupado en los negocios de la embajada de Roma, y temporalmente en los del virreinato de Nápoles y Sicilia. En 1621 y 1623 asistió a los cónclaves en que fueron elegidos papas Gregorio XV y Urbano VIII; y a fines de este último año fue nombrado procurador y solicitador de Su Majestad en la corte romana. En 1633 se le ordenó trasladarse a Milán para recoger sus credenciales de enviado a la corte de Alemania; dos años después se le otorgó el título de Consejero de Indias. En junio de 1643 fue designado para el puesto de mayor relieve y trascendencia de su carrera diplomática, al ser escogido como uno de los plenipotenciarios que debían tratar en Münster de la paz general que pusiera término a la guerra llamada de los Treinta Años. Tres permaneció Saavedra en el Imperio ocupado en estas negociaciones, hasta que, cansado de tan largas y enojosas tareas y disgustado por la lentitud de los negocios y los recelos provocados contra él por sus émulos en la corte española, se retiró del Congreso y regresó a su patria en 1646. Fijó su residencia en Madrid, donde murió el 13 de agosto de 1648, a los sesenta y cuatro de su edad.

La obra de mayor interés en la producción de Saavedra Fajardo, a la que debió su fama aun en su vida y que contiene lo más sustancial de su pensamiento, es la Idea de un príncipe político cristiano representada en cien empresas. Para aprovechar las largas horas que le dejaba a Saavedra la lentitud en las gestiones para la paz, emprendió la tarea de escribir una historia que llamó Corona gótica, castellana y austriaca. También compuso un breve tratado bajo el título de Introducción a la política y razón de estado del Rey Católico don Fernando. Mientras estaba en Münster escribió Saavedra un folleto titulado Locuras de Europa.

La obra de Saavedra, acorde con el pensamiento dominante en la España de su tiempo, es decididamente antimaquiavélico. Saavedra se expresa en todos los tonos contra los defensores de la política oportunista, siempre dispuesta al engaño provechoso y a sacrificar los principios a la inmediata utilidad.

En toda la obra de Saavedra hay un tono de moderación y de equilibrio muy adecuado a su actividad de diplomático, a la compresiva visión de quien había tenido que plegarse a gentes y costumbres muy diversas y a discutir y considerar los más opuestos pareceres. Esto puede justificar la postura ecléctica del diplomático murciano frente a muchas doctrinas. Y como dijo el prosista murciano: “No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir”.

 


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