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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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ALFONSO X EL SABIO: LA VOZ DEL REY SABIO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“E por end Nos don Alfonso, por la gracia de Dios rey de Castiella
de Toledo, de León, de Gallizia, de Seuilla, de Cordoua,
de Murcia, de Jahen et dell Algarue, ffijo del muy noble rey
don Ffernando et de la reyna donna Beatriz, mandamos
ayuntar quantos libros pudimos auer de estorias en que
alguna cosa contassen de los fechos dEspanna....”
Alfonso X. Estoria de Espanna

 

 

 

La prosa castellana, salvo documentos, aparece con posterioridad a la poesía juglaresca y puede considerársela coetánea del mester de clerecía. Lo sorprendente no es su retraso natural, que se da también en otras literaturas, sino el rápido incremento que toma y su espléndido desarrollo gracias a la figura de Alfonso X que la convierte en un instrumento científico y literario. Frente a la temática novelesca, gestera o religiosa de la poesía, la prosa se alza como una herramienta para ahondar el mundo científico del conocimiento y de la historia, regida por unas directrices moralizantes. Cierto que la magna labor de Alfonso X no se produjo en el vacío ni salió de la nada; fue precedida y avalada por varios siglos de fusión entre las corrientes latino-eclesiásticas occidentales y las influencias orientales de árabes y hebreos.

 

El reinado de Alfonso el Sabio es el que puede con más justicia ser mirado como el primer siglo de la prosa castellana y a este rey se debe la elevación del castellano a la jerarquía de lengua oficial. Dice el padre Mariana que Alfonso el Sabio fue el primero de los reyes de España que mandó que las cartas de ventas y contratos  se celebrasen en lengua española, y que hizo que a ella se tradujesen los sagrados libros de la Biblia. Alfonso el Sabio fue el propulsor del idioma castellano, quien lo definió y otorgó categoría de lengua literaria. La labor de Alfonso X consistió en enriquecer la prosa dotándola de cláusulas y nexos oracionales, de vocabulario, de un orden que se impondrá a la constante fluctuación hasta entonces reinante en la fonética y la grafía. De 1252 a 1284 aparecen obras de gran envergadura redactadas totalmente en castellano. Para ello Alfonso X recogió varias herencias; de un lado, la Escuela de Traductores que databa de 1085, aunque fue en época de Fernando III  cuando comenzó a adquirir importancia; de otro lado, intentó coproducir  en su corte lo que Federico II de Suabia había conseguido en Sicilia y Nápoles, especialmente en cuanto se refiere al fomento del Derecho Romano –que pasó en gran parte a Las Siete Partidas- de la astronomía y de la astrología.

 

Alfonso X el Sabio nace en Toledo el 23 de noviembre de 1221 y muere en Sevilla el 4 de abril de 1284. Hijo  de Beatriz de Suabia y de Fernando III de Castilla y León, que heredó el reino en 1252 a los treinta y un años de edad. En el campo del gobierno; tras conquistar algunas plazas como Jerez (1253) y Cádiz (1262) sólo sufrió reveses. Históricamente tuvo dos pretensiones: proseguir la reconquista que su padre había dejado en Sevilla y alcanzar la corona del Sacro Imperio Romano –como representante de la casa de Suabia por vía materna- fracasó en ambas. Tras los ímpetus los primeros años, graves reveses financieros, políticos y sentimentales como la muerte de su primogénito don Fernando, le postraron en melancolía. En política interior acarició la idea de formar un nuevo estado romano: su tolerancia en materia religiosa quizás estuviera orientada a tal fin, a unificar un imperio porque él mismo gustaba llamarse “rey de las tres religiones”, la cristiana, la hebrea, y la mahometana. Sus últimos años estuvieron sembrados de amarguras familiares: primero la sublevación de su hijo Sancho y de sus nietos los infantes de la Cerda que iniciaron la guerra civil por la sucesión; además, las luchas civiles entre la nobleza. Una existencia preñada de melancolías, de amarguras desgarradoras, de amoríos cogidos por los dedos de la leyenda y arrastrados a los cuatro vientos. Sobre ese fondo bituminoso de ambiciones, rencillas y fracasos, estampa el rey una empresa científico-literaria que ensancha el saber de la España de su tiempo por todos los costados: astronomía, derecho, historia, poesía, vinculando la Península al movimiento expansionista del siglo XIII, el siglo de las catedrales góticas, el desarrollo de las universidades y las síntesis tomistas.

 

El Rey Sabio reunió a su lado hombres eminentes, lo mismo cristianos que musulmanes o judíos, y estableció en Murcia, Sevilla y especialmente en Toledo (segunda escuela toledana, 1252-1294), escuelas de investigadores y traductores. Con su colaboración, acometió la empresa de transmitir al mundo occidental la cultura oriental, heredera o deudora, en muchos sentidos, de la clásica. Por su iniciativa se tradujeron al castellano la Biblia, el Corán, el Talmud, la Cábala, Calila y Dimna, colección de fábulas indias, el Tesoro, de Brunetto Latini, etc. Las obras por él escritas o inspiradas se dividen en cinco grupos: poéticas, escritas en gallego, entre las que figuran las Cantigas de Santa María, creación personal suya, escritas en loor de la Virgen, y donde se detecta la influencia árabe por el empleo del zéjel; jurídicas, como el Fuero Real, Espéculo y el  Libro de las Leyes, o Fuero de las leyes, más conocido por Las Siete Partidas, que es el ensayo de sistematización legal más importante de toda la Edad Media europea, compuesto entre 1251 y 1265, basado en el Derecho romano y en Justiniano, con una acusada influencia de Aristóteles, Séneca y San Isidoro; históricas, como Estoria de España o Primera Crónica General, de la que sólo es obra de su época y dirección hasta la muerte de don Rodrigo, aunque su intervención personal parece más bien reducida, y la Grande e General Estoria, o historia universal que comienza con la creación del mundo y sólo llega, pese a su extensión, hasta el Nuevo Testamento;  científicas, como los Libros del saber de Astronomía, que recopilan las doctrinas de Ptolomeo y tratan de sistematizar los movimientos de los astros y las constelaciones, las Tablas Alfonsíes, resultado de las anotaciones hechas en el observatorio astronómico por él fundado en el castillo de San Servando de Toledo; el Lapidario, sobre las propiedades mágicas de las piedras preciosas,  y el Setenario, libro misceláneo que contiene temas jurídicos y didácticos; y recreativas, como los Libros de açedrez, dados et tablas, compuesto a partir de originales árabes. Con razón se ha dicho que “si los reyes predecesores de Alfonso el Sabio adquirieron la gloria de reconquistar el suelo de la Península y de reconstruir nuestra nacionalidad, él fue quien dio mayor avance en la reconquista de las obras del espíritu”.


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