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JOSE SOMOZA: LA VOZ DEL LIBREPENSADOR DE PIEDRAHITA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Si al hombre fuera dado
hundir su vista en la caverna oscura
que tragó su pasado
desde allí, por ventura
logrará ver la eternidad futura.”
José Somoza


Fue en su tiempo un poeta estimado “volterianos impenitente” como le llama Menéndez Pelayo en su Historia de los heteredoxos españoles, que creía a pie juntillas en el progreso indefinido. Juan Ramón Jiménez escribía: “el maravilloso Somoza que admiro cada vez más”. El propio Somoza nos recuerda que Jovellanos se moría de risa oyéndole cantar canciones picarescas acompañándose a la guitarra, y que Goya elogiaba las caricaturas que hacía de amigos y conocidos.

En los versos de Somoza hay huellas del anacreontismo de su maestreo Meléndez y también de la poesía filosófica . Entre sus poesías amorosas cabe destacar A una desdeñosa, La sed de agua y El beso , todas ellas en redondillas. La composición titulada A una novia en el día de su boda parece anticipación de las doloras campoamorianas. El remoto influjo del gran maestro de la escuela salmantina parece visible en tres odas: A fray Luis de León, Al río Tormes y El sepulcro de mi hermano. Dos bellas composiciones A la cascada de Pesqueruela y A la laguna de Gredos acusan una importante presencia romántica. Es autor de una novela de tema histórico El capón y de numerosos artículos o cuadros de costumbres recogidos en los volúmenes Memorias de Piedrahita y Recuerdos e impresiones Sus Obras ( Artículos en prosa ) se publicaron en 1842.

José ´Somoza y Muñoz nació en Piedrahita, provincia de Avila, el 24 de octubre de 178. En sus años mozos se distinguió por sus travesuras y nunca consiguieron sus padres que hiciera nada de provecho, aunque se trasladaron adrede a Salamanca para vigilar sus estudios. El “librepensador de Piedrahita” fue en su juventud, mientras cursaba estudios en la Universidad “un estudiante perdulario y dado al trato de toreros y gente del bronce”. El mismo se reconoce en su Noticia autobiográfica, donde nos cuenta que “era desaplicado y aun vicioso... y había abandonado varias veces la casa paterna y aun corrido algunas ciudades de España en compañía de los estudiantes de la Tuna”. A la muerte de su padre, en 1797, cambió radicalmente su vida y sus costumbres. Abandonó la Universidad y se reintegró a la casa paterna y se encerró en las sierras y soledades de Piedrahita. Allí entregado a sus musas y a sus libros, amigo y querido de todos –salvo de los absolutistas y el Arcipreste-, vivió dichoso gran parte de su vida, sin más zozobras y contratiempos graves que las persecuciones de las que fue víctima por su condición de liberal y su fama de heteredoxo. A los veinte años marchó a Madrid, en donde la amistad con la duquesa de Alba, que tenía un palacio en Piedrahita, y con Quintana, que lo había conocido en Salamanca, le permitió relacionarse con los más famosos personajes, como Jovellanos y Goya. No se avino a cursar estudios regulares, ni a casarse, ni a permanecer por mucho tiempo en Madrid; regresó a Piedrahita , ante el asombro de sus amigos que no comprendían su actitud. Durante la Guerra de la Independencia luchó contra los franceses, pero no salió de su región por no abandonar a su hermano enfermo, ni a su hermana viuda.

Cuando en mayo de 1814 lanzó Fernando VII los decretos que suprimían la Constitución y fueron a la cárcel los políticos y los escritores liberales que habían luchado contra los franceses. Somoza se hallaba en Piedrahita, preocupado por la suerte de sus amigos. Muchos años después recordará en su artículo, El risco de la Pesqueruela, aquellos días malos para la libertad en que su casa fue registrada y él llevado preso a Madrid, no sin antes enterrar junto al risco de la Pesqueruela un ejemplar dela Constitución de Cádiz, como símbolo de la libertad perseguida.

En 1823, logró un acta de diputado. La vuelta del absolutismo representó de nuevo para Somoza la prisión. En la cárcel distrajo sus ocios traduciendo la Hecyra de Terencio. En 1834 publicó el primer tomo de sus Obras. El Gobierno de Martínez de la Rosa le nombró Presidente de la Diputación de Avila en 1834 y 1836 año que fue por última vez diputado a Cortes. Abandonó la carrera política y volvió a su aldea natal, donde permaneció hasta su muerte.

En 1851 –tenia ya Somoza setenta años- el arcediano de Piedrahita que no le perdonaba su liberalismo, denunció sus Obras al obispo de Avila quien publicó un decreto prohibiéndolas.

Somoza es una personalidad de primer orden. En su retiro se mantenía muy al corriente de las novedades literarias. Vivió como un estoico ejemplar, riéndoos del mundo pero con tolerancia de filósofo y zumba de castellano socarrón que está al cabo de todo. No le importaba el dinero y dejó que sus hermanos administraran su hacienda, pera entregarse libremente al goce de lo que le apetecía; “la poesía, música y pintura me han tenido en el paraíso –escribe en uno de sus artículos-. El campo ha sido y es mi amigo íntimo, y así no hay una sombra, un soplo de aire, un ruido de hojas o aguas que yo no sepa entender y apreciar”. Más abajo se jacta de ser feliz en su dorada medianía al modo horaciano y de fray Luis, y escribe: “El que para vivir y para colocarse tiene que empujar a otros y arrojarlos de sus puestos o arrostrar los peligros y los precipicios por donde se camina a la fortuna, ha de padecer muchas adversidades... “ Somoza vivía como un patriarca laico y filantrópico entre las gentes de su pueblo, que le defendieron en más de una ocasión cuando los agentes del absolutismo fueron a prenderlo.

Tan asombrosa personalidad humana se refleja inmediatamente en su estilo. La prosa de Somoza produce la misma sorpresa que la de Moratín; como la de éste, hace pensar en Larra, alerta ante lo inauténtico, lo podrido y lo injusto e igualmente abierto a los vientos renovadores y europeos. Algunos de sus apuntes críticos, cuadros de costumbres, retratos de tipo ni fueren superados en los días mejores de la novela realista. Entre ellos destacan: La justicia en el siglo pasado, La duquesa de Alba y fray Basilio, La vida de un diputado a Cortes, El retrato de Pedro Romero y El árbol de la Charanga .

Las zozobras de Somoza por las persecuciones de que fue víctima no iban a terminar ni siquiera muerto. Estaba visto que hasta la paz del sepulcro iba a serle negada. Había expresado más de una vez su deseo de ser enterrado en el campo de la Pesqueruela, la finca de su familia. Pero este deseo no llegó a cumplirse, cuando el 4 de octubre de 1852 dio su último suspiro. La lápida que cubría su nicho, en el cementerio de Piedrahita, desapareció no se sabe cuando, siendo sustituida por otra que mandó instalar a su costa un admirador de Somoza, italiano, profesor de la Universidad de Madrid. Pero esta segunda lápida corrió la misma suerte que la primera. Al parecer nunca se le perdonó su liberalismo, su independencia de espíritu, su heterodoxia. No en vano, dijo el poeta: “No pondrán losa, ni nombre, / ni flores en mi recuerdo. / Solo una cruz y su nombre / en la desnudez del suelo”.

 


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