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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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VER PASAR EL TIEMPO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Los tiempos mudan las cosas
y perfeccionan las artes;
y añadir a lo inventado
no es dificultad notable.”
Miguel de Cervantes

 

“¿Quién oyó las pisadas de los días?” , se preguntaba Quevedo para decirnos que el andar del tiempo no se oye; el andar, el correr del tiempo, de los tiempos. Y menos, el volar. Porque parecería que el tiempo, cuyo paso no oímos, cuyos pasos no podemos oír, unas veces anda –a paso lento-, otras veces corre, otras vuela. Y si no lo oímos, ni cuando va despacio ni cuando va de prisa, ¿lo vemos pasar? “Corre el tiempo, vuela y va ligero”, escribía Cervantes; que este tiempo que corre, que vuela, ligerísimo, que se nos va y no vuelve, es el mismo tiempo o son los mismos tiempos que mudan las cosas y que perfeccionan las artes: “Los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes”. Será entonces que vemos pasar el tiempo, los tiempos, por esta mudanza de las cosas y perfeccionamiento de las artes; que lo veremos, de este modo, pasar con lentitud o con ligereza, con rapidez; con “pies de pluma” o con “pies de plomo”, que habría dicho Tirso de Molina. No oiremos sus pisadas y acaso tampoco veremos sus pies, pero sí veremos sus huellas. A estas huellas del tiempo pasajero, que por el mudarse, cambiarse de las cosas, se nos muestra, añadiremos, según Cervantes, el ver, el mirar, cómo las artes (y ¿qué artes?, ¿las que llamó Lope artes mágicas del vuelo?) se perfeccionan. ¿Pues era esta perfección de las artes y concretamente del arte de pintar, del arte de la pintura, en relación con la mudanza de los tiempos, por lo que dijo Goya que “el tiempo también pinta”.

Y para señalar la flexibilidad, la elasticidad prodigiosa del tiempo mismo, recordemos, en contraposición paradójica, la frase de aquel abogado y político español cuando decía: “hay años en que no está uno para nada”, con la de Alfredo de Muset, que escribió del siglo XIX, en sus Confesiones: “ese siglo es un mal momento” . El tiempo es distensión del alma, pensó San Agustín. Y toda la filosofía cristiana nos viene diciendo, hace siglos, que no hay tiempo sin alma, ni alma sin siempre. Los viejos relojes prodigaron, en breve escritura refranera que decoraba sus esferas, divisas como ésta: “Medido está tu tiempo y presuroso vuela, ¡ay de ti, eternamente, si lo pierdes!” Este perder el tiempo nos dice que lo que perdemos en él y con él o por él es una eternidad, una duración o perduración infinita, inacabable, del tiempo mismo, puesto que con él la perdemos. Por eso en ese tiempo vivo, que “cabe en la punta de una aguja”, como nos decía una Santa, podemos eternizarnos en un momento –“cuyo ser está a la puerta de la nada”., que escribió Tirso- podemos percibir o sentir la eternidad misma. Podemos de tal modo transformar, transfigurar un momento dado, un momento único, un momento histórico, en un instante eterno. Podemos instantaneizar de eternidad un momento, un solo momento pasajero. ¿Y cómo conseguimos este milagro? ¿Por la magia del arte volandero, como decía Lope? ¿Por la perfección o perfeccionamiento temporal de esas artes mágicas, como creyó Cervantes? “Nada hay eterno sino la mudanza”, cantaba paradójicamente Shelley. Por la mudanza de las cosas, percibimos, vemos el paso del tiempo, de los tiempos, según Cervantes. Pero este mismo paso, lento y volandero .a la vez, donde se nos guarde, por así decirlo, justamente, extasiado, es en la “obra de arte”, -de un arte mágico del pintar, de escribir...- que perfecciona o que se perfecciona con el tiempo mismo. Por lo que dijo Goya que el tiempo pinta. Y por lo que también puede decirse que el tiempo escribe.

Andando el tiempo, con el andar del tiempo, con ese correr de los tiempos, que a veces es vuelo, se van haciendo, perfeccionando esas “obras de arte”, esas ficciones imaginativas, que no por parecernos quietas, inmóviles, extasiadas de temporalidad, dejan de mudarse, como las cosas con el tiempo y por el tiempo mismo, o al mismo tiempo que ellas. “Los tiempos mudan las cosas y perfeccionan las artes”.

 


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