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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LO QUE EL TIEMPO SE LLEVO

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“No es el amor quien muere
somos nosotros mismos.”
Luis Cernuda

El bachiller Fernando de Rojas, famoso como supuesto autor de la admirable ficción dramática de la Celestina, nos dejó de su paso muy borrosa huella; apenas un nombre y la afirmación de haber terminado la estupenda figuración tragicómica de Calixto y Melibea, a la que singularmente el personaje de Celestina hizo inmortal.

Hay algo en la lectura de la obra dramática atribuible a ese casi desconocido que nos parece como una réplica de afirmación o negación más fuerte que el amor y la muerte o que el tiempo y su fiel seguidora la costumbre; ya que los cuatro nos trazan el ámbito de esta rara experiencia poética: y ese otro algo, más fuerte que todo eso, ¿sigue siendo -nos preguntamos- aquel otro poder, superior a los dioses mismos, el del hado, fatalidad o destino?

Como la Divina Comedia esta humana, y aun demasiado humana, comedia o tragicomedia de Rojas, hace su aparición temporal al filo de dos siglos, en el cruce justo de la crisis renacentista; ofreciéndonos su diálogo entre los términos de humanismo y humanidad. En efecto, humana, demasiado humana, le parecerá un siglo después a Cervantes la inmortal Celestina.

El acierto genial, como suyo, de la afirmación crítica de Menéndez Pelayo, cuya intuición, como siempre certera, fue haber llamado a Celestina, Séneca con faldas. ¡Qué estupendísimo acierto de crítica definición!

La invención de la Celestina, como la invención del Quijote, según nos dijo Manuel Azaña , no es la invención de un solo personaje, ni siquiera de un personaje tan significativo, sino la invención de un mundo. Y este mundo, el de la tragicomedia de Rojas, enlaza en su ámbito una visible dualidad temporal; lo que se ha señalado, históricamente, como dos vertientes que se juntan, y miran, una hacia atrás, a lo pasado y otra hacia adelante, a lo venidero. Esa Edad Media que se supone por la crítica literaria o histórica que no acaba nunca en España es la que da su saber más profundo a esta obra poética. El hilado celestinesco juega el mismo papel trágico que el filtro amoroso en la época medieval: no cumple un destino, lo crea. A Calixto y Melibea no los mata trágicamente el amor: los mata el hechizo.

En la Celestina hay tres motivos o temas en que se apoya su fabuloso empeño de ilusionarnos, angustiándonos a la vez, con su ficción dramática: el tiempo, el amor y la muerte , unidos por la desventura de la pasión humana que se nos cuenta.

Celestina sabe muy bien, por experiencia propia, que el enemigo del amor no es la muerte: es el tiempo. El tiempo es quien separa para siempre a las parejas amorosas: la muerte quien las une, quien las junta, inseparablemente, para la eternidad. Es la muerte la que hace inmortal el amor de las parejas amorosas.

La realidad, la verdad, son cosa de ilusión poética; y nos parece lo que es: una ilusión de vida; el mayor milagro del arte poético: la creación de un mundo ilusorio. Una ilusión, un mundo, que, como nuestra propia vida enmascara una angustia de muerte.

De ilusiones se vive cundo no se vive de verdad, cuando se vive de verdad de ilusiones se muere. Pero hay que vivir de ilusión de verdad: vivir y morir de verdad ilusoriamente. Esa es la semilla senequista que hizo florecer y fructificar Rojas en su estupenda Celestina .

 


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