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Festival Escena Contemporánea 2009.

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EXPOELEARNING 2009.

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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

LA TORTURA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Los tristes de la locura,
de la sangre y el espanto,
la tortura y la tortura.”
Rafael Alberti

La tortura existe de un modo terriblemente real y concreto en el mundo en que luchamos por vivir: se tortura en Africa, en América, en Europa... y en cualquier parte. Se tortura oficial y extraoficialmente; hay verdugos profesionales y verdugos amateurs, inquisidores en nómina gubernamental e inquisidores free lance. La bestialidad ética y la bestialidad política de unos y otros es idéntica, pero la indignación que suscitan en el ciudadano que conserva algo de salud cívica no puede ser igual: bien mirado, el torturador “revolucionario” es un particular que actúa de manera obcecada y criminal, pero por su cuenta, mientras que el inquisidor oficial es un funcionario público sostenido por las contribuciones de los ciudadanos al Estado y que abusa del poder que en nombre de los ciudadanos se le concede e invoca su seguridad como coartada.

Si no se puede evitar el fanatismo de ciertos elementos, los ciudadanos deben exigir que no se le imponga la complicidad con los atormentadores. Por lo demás, la tortura no desaparecerá porque nos limitemos a deplorarla: son precisas medidas de higiene política y de higiene moral para ir reduciendo al máximo su posibilidad efectiva. Respecto a las primeras, señalemos una legislación que acentúe la transparencia de los centros coactivos del Estado (cárceles, reformatorios, etc...) y que evite la ocultación, el secuestro del detenido, su incomunicación, su inasistencia legal en cualquier momento en que ésta sea requerida ... Las medidas de higiene moral son más complejas de precisar, pero en modo alguno menos necesarias: exigen el rechazo de todo tipo de pedagogía de la violencia, del eterno “para que aprendas” con que reparten sufrimiento y grandilocuencia los verdugos inquisidores.

Es preciso rechazar la retroalimentación de la brutalidad, que se nutre permanentemente de “ellos también lo hacen”; y por supuesto, condenar con toda energía el siniestro “cuanto peor, mejor “ de quien trata de detener las inundaciones volando las presas: no hay convicción más repugnantemente reaccionaria que del dogma de que el terror a los baños de sangre pueden regenerar a los individuos o a los pueblos. Pero también es preciso aprender a aceptar el mediador, a compartir la verdad, a dar al enemigo lecciones de enérgico respecto civilizado y no sólo mamporros o sustos.

La dificultad y el mérito ético está en respetar al adversario, no al amigo o al correligionario, al que estimamos sin esfuerzo, la tarea revolucionaria es profundizar en la transformación de las estructuras jerárquicas y económicas del mundo, pero por vías que excluyan el que ningún hombre se convierta para otro hombre en un adversario absoluto.

No es cierto que haya que esperar el amanecer de la sociedad digna y humana para comenzar a aplicar en las relaciones sociales y en la acción política dignidad y humanidad; por el contrario, jamás se humanizará la sociedad ni se logrará que aumente sus cotas de dignidad política sin la intervención decidida de quienes no se dejen enzarzar en la lógica infernal de los mutuos agravios. No creo que sea cierto que haya que elegir entre ser torturador o torturado, verdugo o víctima; pero aunque así fuera yo no elegiría ser verdugo, sin por ello dejar de negarme a ser víctima. Y si tal rechazo me convirtiese a mi pesar en víctima, seré una víctima sublevada, peleona, levantisca, clamaría sin cesar por un mediador entre el poder y yo hasta ser escuchado. Para evitar que nadie corra la suerte, a la que se refería el poeta: “Y al fin correréis la suerte / de los que matando llegan / a dar a su vida muerte”.

 


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