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FELIPE TRIGO: LA VOZ DE UN EXTRAORDINARIO NOVELISTA


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

Y yo monárquico como usted (Melquiades Alvarez),
porque creo que la autoridad y el orden de una monarquía democrática,
con sus prestigios tradicionales, pueden ser el mejor puente
de lo actual al porvenir (Letamendi afirmó: “El progreso no es
un tren que corre, sino un árbol que crece”); yo, que sin embargo,
voto a Pablo Iglesias; yo, individualista, socialista, monárquico...,
un poco de todo..., tan dolorosamente aficionado a los toros como a Wagner...”
Felipe Trigo


El silencio crítico y editorial sobre la obra de Trigo es una de las injusticias más flagrantes de nuestra historia cultural reciente. Una más, desde luego, y no hay por qué insistir en ello.

 

Felipe Trigo nació en Villanueva de la Serena, provincia de Badajoz, el 13 de febrero de 1865. Publicó su primera novela Las ingenuas, en 1901, antes había estudiado medicina en Madrid y ejercido algunos años en el campo, en Trujillana, de donde sacó la experiencia que luego le serviría para escribir esas dos novelas autobiográficas -en parte-, En la carrera y El médico rural, sobre sus años de estudiante y sobre los de ejercicio profesional. Después logró entrar en Sanidad Militar, fue destinado a la fábrica de Trubia, y por último marchó voluntario, como médico militar, a Filipinas.

 

Allí se distinguió por su heroico comportamiento, y en una acción bélica los rebeldes le machetearon, mutilándole una mano y dejándole por muerto. De regreso a España, alcanzó la categoría de teniente coronel retirado, y vivió entre Madrid y Extremadura, dedicándose a la literatura, con un éxito de público tan inmediato como excepcional, si dejamos aparte La campaña filipina, en 1897. En pleno éxito y olor de multitudes, el escritor se suicidó en su chalet madrileño, de un pistoletazo, el 2 de septiembre de  1916. Enrique Díez-Canedo le dedicó en aquella ocasión un conmovedor artículo.

 

Nuestro escritor publicó veinticinco libros -dejando aparte el primero sobre Filipinas, ya citado-, y diecisiete de ellos son novelas, dos de ellas póstumas: Murió de un beso y En camisa rosa. Entre los títulos más notables de su copiosa producción se cuentan La altísima, La bruta, Sor Demonio, La clave, Las posadas del amor y Los abismos. El médico rural (1912) puede estimarse, con Jarrapellejos (1914), lo mejor de su producción. En esta última novela, escrita dos años antes de su muerte, enfoca con acierto e interés dramático los problemas sociales engendrados por el caciquismo en el medio rural español. Entre sus ensayos destacan Socialismo e individualismo, El amor en la vida y los libros y Crisis de civilización.

 

Al ver este panorama acuñado en tres lustros, la obra de Felipe Trigo se nos aparece como la de un meteoro, como un relámpago que cruzó en pocos años nuestra literatura con una fuerza implacable, desbordada, descomunal; como un auténtico torrente narrativo.

 

Fue Felipe Trigo en su tiempo tal vez el más leído de todos los novelistas españoles. Desde su primera novela importante, Las ingenuas, hasta la última, a la que entonces se calificó de testamento literario, Si sé por qué, su éxito de público, por la cantidad de sus lectores, y de crítica, por la gran estimación literaria que ésta le hizo, no disminuyó nunca. Pero sobre este éxito pesaba como una oscura sombra la sospecha de que se debiera a su decidida y expresa voluntad de predilección por el tema erótico, por lo que después se llamaría, y aún sigue llamándose con equívoca y torpe calificación inadecuada, “sexualismo”. Es más que probable que muchísimos lectores suyos juveniles acudieran a sus novelas buscando, en efecto, ese interés malsano, al amparo de sus excelencias novelísticas y literarias. Pronto quedaban defraudados, porque esas excelencias solamente sirvieron de cebo, esquivándolas, a esa que decimos mala reputación que se les hizo, equívoca y equivocadamente. La fórmula perfecta de este equívoco la dio Leopoldo Alas, el famoso polemista Clarín (casi siempre desafinado o destemplado), “equivocándose con exactitud”, que diría Valery, al decir que Felipe Trigo era “un corruptor de menores y un corruptor del idioma español”: fórmula que al propio Felipe Trigo le divertía citar por su certera inexactitud misma. Porque es justamente esa fórmula la que más exactamente le define como moralista excesivo y como extraordinario escritor. El tema erótico, con el que, a nuestro parecer, perjudicó su obra novelesca, por utilizarlo como argumento preferente de una propaganda moral, afirmativa de la vida y de su expresión por la pureza y hermosura de su realización total en la pareja humana, le apartó con demasiada frecuencia de su visión entera de la realidad que le rodeaba, desviando sus admirables dotes de novelista para reflejarla -como entonces se decía-, y hoy diríamos que para inventarla o recrearla poéticamente. La mejor prueba de este aserto es que sus obras maestras -Jarrapellejos y El médico rural-, sin eludir el tema erótico, lo posponen, para integrarlo, en cambio, mucho mejor en la realidad total a la que pertenece. Sin proponérselo moralmente con exclusividad, como en otras novelas suyas, logra en éstas mucho mayor alcance ese propósito moralizador, por el acierto extraordinario de su ficción novelesca y del lenguaje poético que la expresa. Extraordinario novelista Trigo, y extraordinario escritor.

 

Me atrevería a decir que Trigo, el gran maestro del género naturalista erótico, cayó en la misma trampa diabólica en que cayeron los moralistas de su tiempo. Su buenísima o sus buenísimas intenciones morales y sociales o educativas, que sólo en parte estropearon su invención novelesca, empedraron el camino infernal que le llevó voluntariamente a la muerte por el suicidio. También se diría que suicidaba sin saberlo, algunas de sus creaciones imaginativas.

 

A pesar de eso, Trigo nos ha dejado un legado novelístico excepcional, cuya importancia crece a nuestros ojos ahora al revivirlo, al releerle, y que tendrá que ser revalorizado de nuevo, pues su riqueza de creación novelesca por el lenguaje imaginativo que la expresa, le coloca, Galdós aparte, a la cabeza de los novelistas españoles de su tiempo.

 

 


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