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Festival Escena Contemporánea 2009.

Del 26 de enero al 22 de febrero de 2009
 

EXPOELEARNING 2009.

19 y 20 de marzo de 2009






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Platón y La República

Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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  Guías culturales

LA UNIVERSIDAD DE LA HONESTIDAD

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Por eso escribo para el niño
y para el adolescente
que pronto será el nuevo pueblo decente..”
Gloria Fuerte

 

Consiste la enormidad en salirse de madre, en desentenderse de la norma. Tal es lo que de enormidad –de “enormis”, privado de regla- puede decirnos cualquier diccionario al uso.

Hablamos, pues de lo que es excesivo, desmedido, exorbitante, Hablamos, en definitiva, de lo que no se puede someter a medida, a medición. De lo inmensurable.

La cosa es importante, pues resulta verdad que en este nuestro mundo ejercen su mandato largo y firme, las enormidades, las anormalidades. Y así es, ¿dónde queda la norma? ¿Y cuál es la nuestra, la española? ¿Y cuál la de los otros?

Convengo con quien dijo esto: “La norma castizamente española es la enormidad”. Con todo, dos son en rigor, nuestra forma de enormidad: la dicha y la otra. La buena y la mala. Pero castizamente hispánicas ambas. Porque, ¿acaso no es cierto que muestra tropelías o desmanes antes se dan en perjuicio de lo propio que de lo ajeno?

Creo, sin embargo, que nos redime de lo enorme malo, la norma de la enormidad a lo divino. Esa que está presente en el arte de una pintura del realismo más poderoso; el misticismo que elevó los espíritus a sublime altura, la historia –idealidad de la realidad- del caballero don Quijote, cuyo alcance filosófico no conoce límites; la obra toda que hizo posible el crecimiento de la sociedad occidental hasta convertirla en la gran sociedad.

La gran sociedad... La que están deshaciendo las enormidades –barbaridades ahora- cometidas o consentidas por los más prepotentes de los otros.

Guerras. Genocidios. Éxodos. Racismo. Hambres millonarias; y de pan y de paz y de libertad y de justicia. Tecnología al servicio de desmedidos intereses económicos.

Regresión en los ámbitos de la salud física, psíquica y mental, de la cultura y del bienestar del espíritu.

¿Hasta cuando? Tal vez hasta el día en que los nuevos grandes bárbaros se decidan a dejar de serlo, trocando la actual Organización de Naciones Unidas en escuela de moralidad universal, en universidad de la honestidad.

Somos muchos los que soñamos con el día, con ese día, en que una semejante fabulosa enormidad escuadre y talle un arco de paz que nos abrace a todos. A todos nosotros pobres víctimas, de la peor ralea de mercaderes que conocieron los tiempos. Y como dijo el poeta: “No hagas daño, compañero, / ni a los que daño te hicieren, / porque aquel que a hierro mata / casi siempre a hierro muere”.

 


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