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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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CESAR VALLEJO: LA VOZ DE LA SOLIDARIDAD

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“¡Y si después de tantas palabras
no sobrevive la palabra!”
César Vallejo

 

Lo que impresiona de Vallejo es la densidad de su compromiso, la distorsión axiológica a que somete a la palabra, los resultados, siempre desgarradores de su batalla con el absurdo. Conducta que realmente no tiene antecedentes en nuestro idioma. Vallejo es el hechizado que se contempla en el hechizo. Ha llevado hasta sus últimas consecuencias el experimento romántico de atestiguar por su conciencia.

César Vallejo es, sin duda, uno de los más grandes poetas hispanoamericanos del siglo XX. Nace en Santiago de Chuco, ciudad del departamento de la Libertad, en la cordillera de los Andes del Perú, el 16 de marzo de 1892. Sus padres le transmiten sangre española mezclada con sangre indígena.

Concluidos sus estudios primarios. Vallejo deja Santiago para ir a Huamachuco, donde cursa cuatro años de enseñanza media. Es cuando descubre la literatura y empieza a borronear versos.

Su familia sufre dificultades económicas y Vallejo ha de emplearse en las minas y posteriormente en una hacienda azucarera de ayudante de cajero. En 1913, Vallejo puede cursar el primer año de Letras de la Universidad de Trujillo. A finales de 1917 marcha a Lima donde trabaja como maestro de primaria. En 1919 publica Los Heraldos Negros , que es recibido por la crítica con mezcla de asombro y admiración.

César Vallejo asume la carga del dolor ajeno al igual que la del dolor propio; pero no acepta someterse a ningún imperativo de la estrategia política. Madura el proyecto de huir más lejos, hasta “un sitio muy grande y muy lejano y otra vez grande” , “un sitio en el mundo que se llama París”. Vallejo es encerrado en la cárcel de Trujillo tres meses y medio. Después de que intervinieran en su favor las asociaciones estudiantiles y numeroso intelectuales, recobra su libertad. Su experiencia en la cárcel lo marca para siempre; “el momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel de Perú”, nos dice en Poemas Humanos. Entre las paredes de la celda escribe muchos de los versos que aparecerán en Trilce.

Vallejo llega a París en julio de 1923. Pasa unos meses de penuria que el invierno agrava. En 1925 empieza a escribir regularmente para el semanario limeño Mundial, luego para Variedades y El Comercio.

En 1927 renuncia a su puesto de los Grandes Periódicos Iberoamericanos, no contando en adelante con más dinero que el que le rinden sus crónicas. Va haciéndose a la idea de que la “suma miseria” es su “vía auténtica y única de existencia”. En 1928 cae gravemente enfermo. La miseria ajena y la miseria propia, dos caras de un mismo mal, le plantean el cruel interrogante de la justicia y de lo absurdo de ella.

En su primer viaje a Moscú, Vallejo queda indeleblemente marcado por su contacto con la realidad soviética. En los últimos días de 1930, Vallejo recibe orden de salir de Francia con motivo de su actividad política. Se traslada a Madrid donde vive de escasos artículos y de algunas traducciones. Dos años más tarde regresa a París.

Profundamente perturbado por la rebelión militar de julio de 1936, Vallejo no se limita a asistir a asambleas y mítines, sino que colabora denodadamente en la ayuda del pueblo español y a la causa republicana. Vallejo fue a Madrid y Barcelona durante la fatal guerra civil y volvió destrozado y casi sin esperanza.

El 13 de marzo de 1938, Vallejo se echa en la cama –dice- a “descansar”. En realidad no volverá a levantarse. El 13 de abril empieza a delirar: “Voy a España... Quiero ir a España”. Las enfermedades sufridas por Vallejo eran desconocidas en la medicina. Una de ella se llama España, y la otra una enfermedad muy vieja: el hambre. El 15 de abril de 1938, Viernes Santo, Vallejo murió de hambre.

En España, aparta de mi este cáliz, cantó con voz de hombre, lírica, dolida y solidaria, vencida y victoriosa, al mismo tiempo, entrándose en el alma del pueblo español. Vallejo disparó en España todo su amor por la humanidad. Después, guardó silencio.

 


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