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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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JOSE MARIA VALVERDE PACHECO: LA VOZ DE LA AUTENTICIDAD


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“No me libertaré con el olvido
de mi eterno infeliz de cada día.”
José María Valverde


Todos los augurios y bendiciones se concitaron para mimar aquella voz poética de un alto muchacho cetrino, llegado a Madrid de Extremadura y para quien estuvieron en seguida todas las manos, todas las revistas, todos los brazos abiertos. “¿A dónde -preguntaba Dámaso Alonso-, hasta dónde subirá esta voz tuya, Valverde, ya tan clara y tan alta?”. “Poeta de la emanación”, le llamaría Juan Ramón Jiménez.

 

La voz del poeta José María Valverde, lucero de aquella mañana, o “estrella miguera”, como le diría Pedro de Lorenzo, subía, ciertamente, hasta las estrellas, tan clara; pero también hacía descender la mítica poética, el estelar lenguaje, al nivel de lo cotidiano, de la realidad más usada del hombre.

 

Es Valverde el primero y acaso el mejor fruto del florecer machadiano en la posguerra española. Por eso la poesía de Valverde, aunque tan tempranamente entendida, exaltada, querida por todos, no tiene brillo especiales, señales estrepitosas, sonoridades ni estridencias. Como Antonio Machado cree que la poesía “se ahoga entre superlativos”.

 

José María Valverde Pacheco nació en Valencia de Alcántara, provincia de Cáceres, el 26 de enero de 1926. Hasta su primera juventud vivió en Madrid. En la Universidad de Madrid se doctoró en Filosofía y Letras. Lector de español en la Universidad de Roma, a su regreso a España, en 1963, ganó la cátedra de Estética de la Universidad de Barcelona, a la que renunció en 1965, solidarizándose con sus compañeros represaliados, Tierno Galván, José Luis López Aranguren y Agustín García Calvo, mediante un conocido gesto que unía humor a su autenticidad. A partir de entonces inició un largo periplo en varias universidades de Canadá y de Estados Unidos -Trent, Virginia, McMaster-, para regresar a España tras doce años de exilio, en 1977, y reincorporarse a su cátedra. El poeta extremeño murió en Barcelona el 6 de junio de 1996

 

Valverde es uno de los poetas más importantes y uno de los intelectuales más completos e independientes de su generación , la generación de los años 50, en lo que se refiere a la poesía. Valverde se definía como “un cristiano marxista” y simpatizaba con la teología de la liberación.

 

Sus primeras obras (Hombre de Dios, La espera) muestran poesía intimista y religiosa, en la línea poética de Vivanco, Panero y Rosales. Posteriormente aparecieron Versos del domingo, Voces y acompañamientos para San Mateo, La conquista de este mundo, Enseñanzas de la edad, Ser de palabra. Colabora en las revistas Garcilaso y Proel, entre otras. Es también autor de ensayos y estudios de Literatura: Estudios sobre la palabra poética, Cartas a un cura escéptico en materia de arte moderno, Joyce y su obra, Vida y muerte de las ideas, etc.; además de una Historia de la Literatura universal, en colaboración con Martín de Riquer. Ha realizado también espléndidas traducciones de Rilke, Melville, Hölderlin, Bellow, Walt Vhitman, Goethe, Shakespeare, etc., y la admirable de Ulises, de Joyce.

 

Sus poemas, sus artículos, sus libros, se han producido con independencia y seguridad. Igual que ha sabido mostrarnos el valor de la palabra poética en los grandes líricos -él ha contribuido como pocos al entendimiento de la inocencia expresiva de César Vallejo-, nos ha dado la suya, blanca y como sacramental, como el pan que migan los pastores a la pura luz de la estrella del alba.

 

Es Valverde capaz de ironía, a ejemplo de su maestro de enseñar, Eugenio d’Ors, para la corrección de los excesos y el descubrimiento de las constantes estéticas y morales del arte, del pensamiento y la palabra. No en vano dijo el poeta: Acaso ya no sé hacer versos / sin el viejo, amargo placer / de compasión y sorna de mí mismo / que he llegado a saber usar tan bien”.



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