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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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JUAN LUIS VIVES: LA VOZ DEL MAESTRO SAPIENTISIMO


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“Yo no estaré contento hasta saber que hay
en España una docena de imprentas que editen
y propaguen los mejores autores; sólo así
los demás países se van limpiando de la barbarie"

 

Este “maestro sapientísimo” según decía Feijoo, representa en España, además de un puro valor filosófico, el primer intento logrado de una actitud intelectual , llena de sentido experimental. Una de las cabezas liberales y nobles que España ha dado a la Humanidad y una de las figuras más interesantes del Renacimiento europeo.

Este pensador y trotamundos polemista rebelde en la Sorbona, educador de príncipes y pulidor de princesas, amigo fervoroso de Erasmo, soñador de una patria universal, nostálgico perpetuo de su Valencia, siente un intenso amor por las cosas pequeñas. Juan Luis Vives ha sentido, acaso mejor que nadie, la eterna poesía de lo pequeño y cotidiano.

Nace Juan Luis Vives en Valencia el 6 de marzo de 1492 y muere en Brujas el 6 de mayo de 1540. Hijo de judíos conversos –la efigie de sus padres fue quemada en Valencia por la Inquisición-, él mismo tuvo que sufrir frecuentes recelos por su espíritu reformista. Su vida fue silenciosa y modesta: trazó libros considerables; profesó en las cátedras de París, Oxford, Brujas y Lovaina, vivió una temporada en la corte de Inglaterra siendo confidente de los reyes; Enrique VIII y de doña Catalina de Aragón, y preceptor de su hija, María Tudor , la que más tarde reinaría en España. Trató en París al padre Vitoria y a Ignacio de Loyola.

Tenía diecisiete años el filósofo valenciano cuando llegó a Parìs. Su alma se rebelaba contra la rigidez de los maestros españoles y contra su falta de sentido de la realidad. La Sorbona le aburrió. Pero de París partían los caminos que conducían a todas las venturas del pensamiento.

Tenía Vives treinta años, cuando al morir Nebrija, el andaluz , que convertía la fragancia universal del Renacimiento en puro espíritu español, le ofrecieron la gloriosa cátedra vacante. Tras mucha meditación, decidió quedarse en Brujas, acaso con la conciencia de que era ya para siempre. No, no iría a la cátedra solemne. Prefería la vida errante y sin trabas del emigrado.

Vivió el gran valenciano diecisiete años de matrimonio con Margarita Valdaura, hasta la muerte de él . Margarita fue la compañera de su vida de emigrado.

Vives alcanzó prestigio en toda Europa. Es autor de numerosas obras, escritas en latín, de carácter filosófico, religioso, moral y pedagógico. De entre ellas destacan las siguientes: De prima philosophia, De anima et vita, De veritate fidei christianae, De institutione feminae Christianae, De causis corruptarum artium, Exercitatio linguae latinae, etc. De todos sus libros hay uno que alcanzó fama singular. Se llama De institutione feminae Christianae ( Institución de la Mujer Cristiana ). La primera edición apareció en Basilea, el año 1538, dos años antes de la muerte de su autor. En este libro hace el maestro de Valencia un retrato de la mujer perfecta, de la perfecta casada, menos atrayente, más severo que el que trazara cuarenta y cinco años después fray Luis de León. Margarita Valdaura es el modelo de la mujer perfecta que escribió Vives.

Cuando Vives escribe sus Diálogos, estaba ya muy enfermo, próximo a morir ya de gota y del mal de piedra. Acaso no haya libro en nuestra literatura tan íntimo y gustoso.

Cuando ya tenía cuarenta dos y años, y acaso presiente su próximo fin, le dijo amargamente, en una de sus cartas a Erasmo: “Pasamos tiempo difíciles, en los que no se puede hablar ni callarse sin peligrar”. Las persecuciones a las ideas, en todas partes redoblaban. En España gemían en el calabozo sus amigos Vergara y Tovar.

A veces a Juan Luis Vives le asaltaba la tentación de hacer el último, el supremo viaje hacia el Sur; de reposar sus últimos días bajo el sol de la costa luminosa de Levante. Como diría el poeta: “Avido de reposar / en ese lugar último, / tibio y amplio hacia el Sur...”

 


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