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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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WENCESLAO FERNÁNDEZ FLOREZ: LA VOZ DE UN EXCELENTE HUMORISTA

Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

“El humor es, sencillamente,
una posición frente a la vida”.
Wenceslao Fernández Flórez

 


La labor periodística de Fernández Flórez se llevó en él la parte del león, y su facilidad para pergeñar el artículo diario se filtró en sus novelas en grado suficiente como para disminuir su dimensión literaria. De raigambre realista dominada por el humorismo, con resabios de diversas escuelas, pero sin casarse con ninguna, pertenece a esos tipos aislados de escritor que resisten con independencia los intentos de la crítica por definirlos. Pese a lo que esto supone en el olvidadizo y poco sistematizado mundo de las valoraciones críticas, Fernández Flórez tiene que ser considerado como una importante figura de nuestra narrativa, en la cual le corresponde un plano muy superior al de otros provisionalmente más encumbrados.

Fernández Flórez fue un escritor y ciudadano compactamente conservador, tributó a Antonio Maura un fidelidad ejemplar y aceptó las dictaduras de Primo de Rivera y de Francisco Franco. Pero tales actitudes no se dieron sin matices ni reservas. En 1932, el comentarista político que era Fernández Flórez aseguraba hallarse ante la mejor Constitución que el país había tenido y no regateaba elogios a las reformas cívicas de Manuel Azaña.

Wenceslao Fernández Flórez nace en La Coruña el 12 de febrero de 1885 y muere en Madrid el 29 de abril de 1964. Hijo de un médico con aficiones literarias, quedó huérfano de padre muy tempranamente, y desde muy pronto hubo de ganarse la vida en actividades periodísticas. Ingresó en la Real Academia Española el 1945. Su fama se ha cimentado en la novela y en la crónica periodística. Logra el premio Mariano de Cavia en 1922.

El humorismo de Fernández Flórez está entreverado de ironía, a veces de sarcasmo, mitigado por un aliento lírico que dulcifica su pesimismo, en ocasiones lindante con el nihilismo. El atractivo que Fernández Flórez sintió por los personajes de humilde condición, víctimas resignadas del fracaso y de su propia bondad, suele ir más lejos del ejercicio de un “ternurismo” trivial. El tema de la relación amorosa tiene también un significativo tratamiento, donde no siempre es muy evidente el deseo de despojarlo de la rigidez, la doblez y el hispánico sentido del pecado.

En 1910 publica La tristeza de la paz y cuatro años más tarde La procesión de los días. Posteriormente publicó Volvoreta (1917) y Ha entrado un ladrón (1920), obra predilecta del autor, que supusieron el final de su etapa neonaturalista, a la que pertenece también su novela Los que nos fuimos a la guerra, frágil en sus aspecto literario, aunque divertida en lo anecdótico.

Volvoreta apareció en marzo de 1917. Al poco de su aparición, obtuvo el premio del Círculo de Bellas Artes madrileño y alcanzó una considerable popularidad que testimonia en forma indirecta, el que el famoso “coplero” Luis de Tapia escogiera su título - Volvoreta en gallego quiere decir mariposa y es el apodo que la protagonista- como emblema de aquel año político que se convirtió en una de las fechas claves de nuestro siglo XX.

En una segunda etapa, Fernández Flórez acomete un proceso de desrealización al situar sus acciones narrativas en lugares imaginarios. Crítica de los prejuicios de carácter sexual, del chauvinismo, del jactancioso y falso heroísmo... Actitud ésta que, al carecer de un verdadero espíritu reformador, desemboca en el escepticismo. De esta etapa destacan: El secreto de Barba Azul (1923) , Las siete columnas (1926), Relato inmoral (1928), El malvado Carabel (1930) y El bosque animado (1944).

No debe silenciarse, por agrupar en su seno algunas de las más logradas creaciones del autor, su producción de novelas cortas, en la que se incluyen pequeñas obras maestras del género, como La familia Gomar (1915), Unos pasos de mujer (1924), Huella de luz (1924), La casa de la lluvia (1925), El ladrón de glándulas (1929) y Fantasmas (1930).

Aunque no insistió en su actividad poética inicial, se advierte un trasfondo de lírico galaico en su producción, que le salva de quedarse en protesta o desprecio y descreimiento en la bondad humana. El escritor gallego reconocía con cínico desencanto que cualquier tipo de ética reposa su quicio en el egoísmo humano elevado a norma.

Fernández Flórez fue amigo personal de Castelao y aceptó figurar en el primer consejo de dirección de la revista Nós, la más importante publicación gallega. Y como dijo la poetisa gallega Rosalía de Castro: “Unos con la calumnia le mancharon, / otros falsos amores le han mentido / y aunque dudo si algunos le han querido / de cierto sé que todos le olvidaron”.

 


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