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EDUARDO ZAMACOIS: LA VOZ DE LA NOVELA GALANTE


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“En pocos meses el film quedó terminado. En él aparecían:
Pérez Galdós, en el jardín de su casa; Ramón y Cajal,
en su laboratorio; Jacinto Benavente, dirigiendo un ensayo;
Valle-Inclán metido en la cama, escribiendo; los inseparables
Azorín y Baroja, en la calle, ante un puesto de libros viejos...”
Eduardo Zamacois


El auge de la novela erótica abarca desde los últimos años del siglo XIX hasta, bien adentrada en el XX, la década de los años 20, en que el género decae, a causa probablemente de la censura de la época dictatorial  y de la reacción política que conduciría a la novela social. Novela galante, como se le llamó en su tiempo,  por tratarse en general, y salvo excepciones,  de una novela amorosa de índole superficial, que muy lejos de ahondar en la problemática del erotismo tal como ha sido planteada en nuestros días.

 

En España los dos primeros nombres del género, Felipe Trigo y Eduardo Zamacois, sirven de nexo entre la novela naturalista del pasado y la novecentista. Si sus primeras obras caen dentro de la técnica y estética del siglo XIX, llegan a evolucionar lo suficiente para no desentonar entre los novelistas del siglo XX. Zamacois, es uno de los autores más leídos en los primeros años del pasado siglo, autor de una extensa obra y creador de El Cuento Semanal, primera colección de novela corta de la literatura española, donde colaboraron todas las grandes figuras de la literatura en castellano. Zamacois marcó en su evolución un notable progreso a lo largo de su prolongada vida literaria, continuada en el exilio a partir de 1939. Si la novela de su primera época mostraba la frivolidad y ligereza del llamado género sicalíptico, la de su segunda etapa dejó paso a un realismo de mayor enjundia dramática; sus personajes fueron algo más que muñecos manejados a capricho por el autor.

 

Eduardo Zamacois nace en Pinar del Río, Cuba, en 1876 y muere en el exilio, en Buenos Aires el 31 de diciembre de 1971, después de una dilatada actividad cultural; fundó y dirigió Vida Galante (semanario), El Cuento Semanal (1907) y Los Contemporáneos ( 1909), donde aparecían narraciones cortas. Tuvo una larga existencia, pintoresca o aventurera en nos pocas ocasiones, peregrinó por La Habana, Bruselas y París, y vivió en Sevilla desde 1885 a 1891,  luego de abandonar los estudios universitarios, iniciados en Madrid, se dedicó al periodismo y la literatura. Corresponsal en París de La Tribuna al estallar la I Guerra Mundial. Se encontraba en Madrid, cuando tuvo lugar la rebelión militar de julio de 1936,   conoce de cerca los acontecimientos ocurridos en la capital y, convertido en cronista, visita los frentes próximos a ella. Residiría después en Valencia, Barcelona, y a fines de enero de 1939,  marcha al exilio, primero en París, y luego en México y Estados Unidos, estableciéndose finalmente en Buenos Aires.

 

La precocidad de Zamacois le hizo publicar a los dieciocho años sus primeras novelas, Consuelo y La enferma (1896). Punto negro, su primer gran éxito, apareció un año más tarde, y más de sesenta ediciones en veinte años demostraron el favor del público, a la que seguirán muchas otras, como Incesto (1900), El seductor (1902), Memorias de una cortesana (1903) o Sobre el abismo (1905). En El otro (1910) y La opinión ajena (1913), consideradas sus obras maestras, apunta un sentido dramático y una hondura de los que carecían sus anteriores obras. Algunos de sus títulos posteriores: “Una vida extraordinaria (1925), Memorias de un vagón de ferrocarril (1929), Los muertos vivos (1932), El delito de todos (1933) y La antorcha apagada (1935), se caracterizan por una mayor sobriedad de los asuntos, pero no llegó a superar el mérito literario de El otro. En 1938, se publica en Barcelona su novela El asedio de Madrid, que por falta de papel no pudo salir en Valencia. En sus últimos años publicó sus memorias con el título Un hombre se va (1964) y la novela El misterio de un hombre pequeñito (1970). Zamacois fue un escritor galante más bien calavera, como puede comprobarse leyendo sus olvidadas y jugosas memorias, pero sobre todo fue un “bon vivant”. Y como dijo nuestro novelista: “El silencio es la elocuencia de los que han sufrido”.


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