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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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LA APARIENCIA DEL PODER


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Sentía los cuatro vientos,
en la encrucijada
de su pensamiento.”
Antonio Machado


Es una frase hecha la que el hombre está hoy en una encrucijada, pero es la pura verdad. Ello no es alarmante, porque estar en una encrucijada quiere decir tener aún la posibilidad de elegir. Lo peor sería estar en un callejón sin salida.

 

La encrucijada en que estamos, o vamos en camino de estar todos, es la última de una serie de encrucijadas. El curso histórico se ha convertido en proceso geológico; el poder no es, pues, más que la presión enorme que unas capas de la sociedad ejercen sobre las otras, y viceversa, sin que pueda saberse quién cabalga sobre quién, -quién manda-. Y de ahí, que la expresión “el poder por el poder” sea insuficiente para describir tal situación histórica. Pues cuando aparece el poder que pretende justificarse a sí mismo, el hombre que lo ejerce es capaz de mantenerse por lo menos en equilibrio, de tener bien firmes, en nombre de poder autojustificable, las riendas no sólo de la sociedad, sino también de su propia persona. Nada de eso sucede en la conmoción “geológica”. Algunos hombres, en vista de la situación “se deciden” por el poder. Bien. Desde el primer instante descubren que esta “decisión” no tiene de tal sino el nombre. Se ha dicho que en tales momentos el poder es usurpado. Esto sería sólo un modo de decir. Y sería mejor decir que el hombre mismo se deja arrebatar por el mando. El hombre que sobre él anda posee sólo la apariencia de la dominación y las fingidas riendas de la desbocada cabalgadura.

 

¿Por qué, sin embargo, se decide por ello? La raíz psicológica es casi siempre la misma: se trata de “medrar”, de “situarse”. Estos hombres parecen tenerlo todo menos escrúpulos. Si la vida lo pide, parecen decirse, démosle lo que pida. Dejémonos llevar por la corriente del tiempo si no queremos ser anegados por ella. Algunos hasta llegan a combinar la frivolidad y el mando; los ejemplos abundan desde Alcibíades. El poder se consigue también con el cinismo; no es muy seguro que así pueda conservarse. El frívolo pretende sólo vivir bien; el poderoso quiere vivir. En los momentos en que todo parece “inevitable”, el poder no se ejerce ni como un medio ni siquiera como un fin.

 

El “político” no es el inadaptado: es el perfectamente adaptado, el único que ha logrado verdaderamente “colocarse”. Corre el riesgo de despeñarse pero si tal sucede será porque no habrá sido lo bastante “político”, porque, conscientemente o no, habrá resistido a la gran ola que de continuo lo empuja, o se le habrá ocurrido reflexionar sobre ella y buscarle un “sentido”. En los momentos que nos ocupan, el sentido de los acontecimientos es que carecen de sentido. En esta situación no es extraño que algunos se digan: ya que no podemos tener el poder, tengamos por lo menos su apariencia.

 

¡La apariencia del poder! He aquí el “secreto” de esta época. Vista superficialmente , la política se hace en ella lo que es siempre de algún modo, pero jamás tan desvergonzadamente: “realista”. Se desentiende de toda “idea”, de todo “programa”, de toda “utópica palabrería”. Los “políticos” ya tienen bastante que hacer con mantenerse en el sillón. Es la época de los “políticos” hábiles, astutos; los tiempos, relativamente “felices”, de los “maquiavélicos”.

 

En ciertas épocas, la sociedad tiene un sólo problema, urgentísimo: subsistir. No se puede pensar en otra cosa; los “políticos”, los “poderosos” no hallan ante sí otra cuestión. Más a poco que reflexionen sobre su existencia y sobre la de los hombres en torno, advierten que el vacío es igual en todos y que la gran ola del tiempo los arrastra a unos y a otros, sin pausa y sin misericordia. Su ventaja -por supuesto, nada desdeñable- es que se hallan “encima”, y de ahí que se mantengan para ellos la motivación psicológica antes referida: el “situarse”. Para el hombre cuya existencia consista en escalar las inestables cimas del mando, no hay modo de desdoblar la realidad de la apariencia: lo que la sociedad parece ser, eso es lo que es. Y es que, como dijo el poeta: “Según se vea / puede ser que una cosa / sea lo que sea”.


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