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Una de las preocupaciones últimas de Platón, en La república o de lo justo, es la demostración de la inmortalidad del alma. No deduce de ello ningún premio ni castigo de ultratumba. Vicente Adelantado Soriano

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CARTAS DE AMOR


Francisco Arias Solís
aarias@arrakis.es

 

 

“Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme, paloma,
que yo te escribiré.”
Miguel Hernández


 

“Cuando un poeta te pinte en magníficos versos su amor, duda. Cuando te lo dé a conocer en prosa y, mala, cree”, pensaba Bécquer, el poeta que dijo “Poesía... eres tú”.

En este mes de febrero, mes de los enamorados, evocamos también la respuesta que da el poeta a una pregunta eterna: “¿Quieres saber lo que es el amor? Recógete dentro de ti misma, y si es verdad que lo abrigas en tu alma, siéntelo y lo comprenderás, pero no me lo preguntes”.

Dice la copla que a las palabras de amor se las lleva el viento. Pero yo creo que cuando un viento las trae y otro las lleva es cuando las palabras son verdaderas, pues eso significa que han anidado en nuestros corazones. Abren surcos inesperados se hacen consolación, estímulo y semillas. Muchas parejas se agostan y agonizan porque les faltan palabras de amor.

No es necesario tener dieciocho o veinte años para decir esa letanía de amor que brota del corazón y que cuando sale de nuestros labios enciende de rubor las mejillas. Esa letanía de amor que no cesa de repetir “te quiero”, “te necesito a todas horas”, “no dejo de pensar en ti”, “no puedo vivir sin ti”, ”no te olvidaré jamás”... El amor no puede darse de manera más elemental. ¿Cuántos millones de parejas, ayer, hoy, mañana no vivieron y vivirán lo mismo? Y no seamos estúpidos. Recordemos simplemente que el amor, no es nunca ni viejo ni ridículo.

En el mundo de la palabra escrita pocas cosas hay tan bellas y tan psicológicamente iluminadoras como las cartas de amor. Pero por razones de pudor, respeto a la intimidad, etc., muy pocas veces se publican epistolarios de enamorados. Algunas cartas de Dostoievsky a su esposa Ana Gorgorievna valen más que muchas de las novelas del célebre escritor para ayudarnos a valorar al hombre y a su obra: sus ternuras y sus decepciones, sus confidencias a su esposa. Son confidencias que tienen algo de confesiones dichas en voz baja en las que Dostoievsky se nos revela en cuerpo y alma. El epistolario amoroso de Franz Kafka, las largas y esperanzadas cartas de amor a Felice, nos muestran a un Kafka inédito, a un Kafka “romántico”, dudando entre su mundo imaginado y la realidad, entre la desesperanza y el amor a Felice.

Las cartas de Miguel Hernández a su esposa, Josefina Manresa, son radicalmente amorosas. Sólo enamorado puede escribirse unas cartas tan vehementes y cálidas. Las cartas de Miguel nos descubren su mundo, personal, escondido: el mundo que en el poema, aparece encubierto con el antifaz del arte.

En este mundo mortal en que vivimos muriendo, pues todos morimos de amor, queriéndolo o sin quererlo, la carta de amor es la carta de la suerte, esa carta que siempre se espera: “Entre la vida y la muerte / la carta de la suerte”. No en vano, cuando Federico, el poeta de Granada, pide a su amor, en un maravilloso soneto, que le escriba, exclama: “Llena, pues, de palabras mi locura, / o déjame vivir en mi serena / noche del alma para siempre oscura”.

 

 


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